La siembra del diablo | Hoja parroquial del 19 de julio

DOMINGO XVº: Sb 12, 13.16-19; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-43

El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el Diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles” (Mt 11, 37-40).

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La siembra del diablo

La parábola de la cizaña contiene grandes enseñanzas de utilidad para comprender cómo hay que actuar tanto en la vida personal como en las faenas del trabajo pastoral. Jesús, en su predicación, como vimos ya el domingo pasado, emplea, para sus parábolas, imágenes sacadas de las tareas del campo (siembra, recolección, vendimia, etc.) como de las labores domésticas (hacer el pan). De la pedagogía de los labradores hay que aprender la asignatura de la paciencia, y, a través, de la parábola de hoy, también, la tolerancia. En nuestra vida personal y en la vida de la Iglesia, nos mata con frecuencia la precipitación. A ningún agricultor sensato se le ocurre meter la hoz a la mies verde; pero a cualquier educador cristiano se le ocurre exigir compromisos de fe a cristianos endebles y descalificar a los que no dan la talla. No se puede ignorar que cualquier empresa eclesial se inicia como un pequeñísimo grano de mostaza, y que hay que esperar tiempo hasta que los pájaros –las gentes- puedan anidar en sus ramas.

Nos mata la prisa y nos mata el puritanismo. Hay quienes abandonaron toda aventura de madurar su fe, porque se aburrieron de constatar cada día la imperfección encarnada en sus vidas. Los hay que no acaban de acomodarse porque no dan con el grupo eclesial, orden religiosa, comunidad cristiana, parroquia, obispo o papa, en quienes no encuentren defectos. Repiten obsesivamente lo de no es eso, no es eso, soñando con imposibles proyectos personales o eclesiales. Porque el Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró trigo en un campo que era suyo, pero detrás vino el Diablo sembrando cizaña. Cuando aquello comenzó a crecer, se vio que el mal y el bien andaban revueltos. Además de algunos ingenuos que afirmaban que sólo Dios es sembrador y que por tanto todo era bueno, aparecieron también los puritanos que intentaban arrancar todo lo que a ellos les parecía malo. Y les dijo el Señor: ¡Ojo! No vayáis también a arrancarme el trigo; ya tengo yo previsto el momento de la siega para discernir el trigo de la cizaña.

La moraleja la dio el propio Jesús: El Hijo del Hombre siembra la semilla del Reino. Pero hay otro poder maligno –el Diablo- que actúa en la humanidad sembrando gérmenes de pecado y de muerte. Todo anda por aquí revuelto y no es siempre fácil hacer una vivisección. Habrá un Juicio Final en que la Historia quedará definitivamente iluminada; pero entre tanto, vamos a ser prudentes; no vaya a ser que, por limpiar el Reino, lo vayamos destruyendo. La parábola de la cizaña nos ayuda a interpretar, tanto nuestra historia personal, como familiar y eclesial; nos permite comprender que, al margen de nuestra voluntad, hay una siembra que realiza un ser personal que es muy inteligente y se llama Diablo. Este nombre, que quiere decir Acusador, Calumniador, ha traducido a veces el hebreo Satán (= Adversario). Es un ser hostil a Dios y al hombre, su misión consiste en hacer caer a los hombres en el pecado y su consecuencia, la esclavitud y la muerte. Detrás, en la raíz, de tanta cizaña sembrada hoy en la sociedad (crímenes, abortos, violaciones, guerras, corrupción, etc.) como en nuestros corazones (egoísmos, violencias, mentiras, etc.) hay un sembrador: el enemigo que la sembró es el Diablo.

EL CAMPANARIO

¿EXISTE EL DIABLO?

Decía el Papa Pio XII que la mayor mentira del Diablo es habernos hecho creer que él no existe. Si no existe el Diablo, tampoco existe la tentación y, si la tentación no existe, no se puede hablar de pecado, todo es bueno y que cada uno actúe como le dé la gana, ¡ancha es Castilla! Del Diablo, apenas hoy se habla, incluso en ámbitos eclesiales, sin embargo, cada vez, son más las sectas satánicas y cada día percibimos con mayor claridad el efecto de sus obras (abortos, crímenes, adulterios, matrimonios rotos, narcotráfico y drogadicción, guerras, etc.).

Pero, en verdad ¿existe el Diablo? ¿Qué dice la Iglesia de él? ¿Quién es y cómo actúa? He aquí lo que la Iglesia Católica afirma en el Catecismo: “La caída de los ángeles: Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. “Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali” (“El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos”) (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).

La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: “Seréis como dioses” (Gn 3,5). El diablo es “pecador desde el principio” (1 Jn 3,8), “padre de la mentira” (Jn 8,44).

Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. “No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte” (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG 94, 877C). La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11). “El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física – en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28)” [nnº 391-394].

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

57. Si Dios es todopoderoso y providente ¿por qué entonces existe el mal?

Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del mal solamente se puede dar una respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del mal. Él ilumina el misterio del mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males.

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