Con Dios, en familia | Hoja parroquial del 7 de junio

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD: Ex 34,4b-6.8-9; Dn 3; 2ª Cor 13, 11-13; Jn 3, 16-18.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que  no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será condenado… “

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El Dios de los cristianos es un Dios muy familiar y quiere que todos los hombres nos sentemos a la mesa de la comunión de las Tres Personas Divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo para que gocemos y participemos de su vida y amor eternos. Este es el deseo de Dios-Trinidad: que vivimos y seamos felices reconociendo a Dios como nuestro Padre, origen y fundamento de todo lo creado; creyendo en Jesús el Hijo único del Padre y Redentor de toda la humanidad que “por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo y se hizo hombre” para “aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2, 14-15) convirtiéndose así en guía de nuestra salvación, de ahí que San Juan nos recuerde hoy, que quien cree en Él no será condenado “porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17); y, dejándonos conducir en el camino de la vida por medio del Espíritu Santo, “que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe la misma gloria”, Él tiene la misión de desvelarnos nuestra vocación divina: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gál 4, 6-7) y de testificar a nuestro espíritu quienes somos: hijos de Dios gracias al Espíritu:  “Todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rom 8, 14.17).

            Ahora bien, en esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, hemos de preguntarnos cómo son nuestras relaciones familiares con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Con cada una de las Personas Divinas estamos llamados a mantener una relación íntima, personal y familiar. Hagámonos las siguientes preguntas y contestémoslas con sinceridad:

             ¿Qué relación tengo yo con Dios como Padre? ¿Me considero, de verdad, hijo de Dios? ¿Si soy realmente hijo de Dios, vivo como tal? ¿Cómo es el trato familiar que tengo yo con mi Padre del cielo?

            ¿Cómo es mi relación con Jesús? ¿Creo sinceramente en Él y le confieso como mi Señor mi Maestro, mi Guía en la vida? ¿Dialogo y me dirijo a Él como a un amigo que se que me ama? ¿Estoy en comunión con Él viviendo en y de su Cuerpo que es la Iglesia por medio de los sacramentos de su Presencia? ¿Conozco sus Palabras como Evangelio, es decir, Buena Noticia para mi vida y existencia?

            ¿El Espíritu Santo habita, mora en mí y santifica con su Presencia mi mente, mi corazón y mi voluntad? ¿Rezo bajo la inspiración del Espíritu y dejo que Él guíe mis pensamientos, acciones y proyectos? ¿Invoco al Espíritu en las encrucijadas de mi vida y me dejo modelar y conducir por sus inspiraciones? ¿Conozco al Espíritu Santo?

EL CAMPANARIO

LA RESURRECCIÓN ES EL ANUNCIO DE QUE LAS COSAS PUEDEN CAMBIAR

 Con fecha del 31 de Mayo de 2020, el Papa Francisco ha escrito a sus sacerdotes de la Diócesis de Roma una preciosa Carta en la que hace una lectura creyente del momento que estamos viviendo como Iglesia, como sacerdotes, pero también como Pueblo de Dios. Francisco les dice, nos dice a todos que nos escribe “porque quiero estar más cerca de ustedes para acompañar, compartir y confirmar vuestro camino. Les escribo mirando a la primera comunidad apostólica que también vivió momentos de confinamiento, aislamiento, miedo e incertidumbre”.

El Papa hace presente la experiencia del sufrimiento vivido durante estos meses: “Todos hemos oído los números y porcentajes que día a día nos asaltaban y palpamos el dolor de nuestro pueblo. Lo que llegaba no eran datos lejanos: las estadísticas tenían nombres, rostros, historias compartidas. Sufrimos la pérdida repentina de familiares, vecinos, amigos, parroquianos, confesores, referentes de nuestra fe. Pudimos mirar el rostro desconsolado de quienes no pudieron acompañar y despedirse de los suyos en sus últimas horas. Vimos el sufrimiento y la impotencia de los trabajadores de la salud que, extenuados, se desgastaban en interminables jornadas de trabajo preocupados por atender tantas demandas. Todos sentimos la inseguridad y el miedo de trabajadores y voluntarios que se expusieron diariamente para que los servicios esenciales fueran mantenidos; y también para acompañar y cuidar a quienes, por su exclusión y vulnerabilidad, sufrían aún más las consecuencias de esta pandemia. Escuchamos y vimos las dificultades y aprietos del confinamiento social: la soledad y el aislamiento principalmente de los ancianos; la ansiedad, la angustia y la sensación de desprotección ante la incertidumbre laboral y habitacional; la violencia y el desgaste en las relaciones. El miedo ancestral a contaminarse volvía a golpear con fuerza. Compartimos también las angustiantes preocupaciones de familias enteras que no saben cómo enfrentarán “la olla” la próxima semana.

Estuvimos en contacto con nuestra propia vulnerabilidad e impotencia. Como el horno pone a prueba los vasos del alfarero, así fuimos probados (cf. Si 27,5). Zarandeados por todo lo que sucede, palpamos de forma exponencial la precariedad de nuestras vidas y compromisos apostólicos. Lo imprevisible de la situación dejó al descubierto nuestra incapacidad para convivir y confrontarnos con lo desconocido, con lo que no podemos gobernar ni controlar y, como todos, nos sentimos confundidos, asustados, desprotegidos”. La narrativa de una sociedad profiláctica, imperturbable y siempre dispuesta al consumo indefinido fue puesta en cuestión develando la falta de inmunidad cultural y espiritual ante los conflictos”; pero también nos advierte de las tentaciones que nos pueden asaltar en este momento: “Son varias las tentaciones, propias de este tiempo, que pueden enceguecernos y hacernos cultivar ciertos sentimientos y actitudes que no dejan que la esperanza impulse nuestra creatividad, nuestro ingenio y nuestra capacidad de respuesta. Expuestos y afectados personal y comunitariamente en nuestra vulnerabilidad y fragilidad y en nuestras limitaciones corremos el grave riesgo de replegarnos y quedar “mordisqueando” la desolación que la pandemia nos presenta, así como exacerbarnos en un optimismo ilimitado incapaz de asumir la magnitud de los acontecimientos.  (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226-228)”.

El Papa Francisco nos invita a mirar a Jesús Resucitado: “Presentándose en el cenáculo con las puertas cerradas, en medio del confinamiento, el miedo y la inseguridad que vivían, el Señor fue capaz de alterar toda lógica y regalarles un nuevo sentido a la historia y a los acontecimientos. Todo tiempo vale para el anuncio de la paz, ninguna circunstancia está privada de su gracia. Su presencia en medio del confinamiento y de forzadas ausencias anuncia, para los discípulos de ayer como para nosotros hoy, un nuevo día capaz de cuestionar la inamovilidad y la resignación, y de movilizar todos los dones al servicio de la comunidad. Con su presencia, el confinamiento se volvía fecundo gestando la nueva comunidad apostólica. La Resurrección es el anuncio de que las cosas pueden cambiar. Dejemos que sea la Pascua, que no conoce fronteras, la que nos lleve creativamente a esos lugares donde la esperanza y la vida están en lucha, donde el sufrimiento y el dolor se vuelven espacio propicio para la corrupción y la especulación, donde la agresión y la violencia parecen ser la única salida”.

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