Acompañar la soledad de una sociedad viuda

En el marco de esta semana de la <<Pascua del Enfermo>> que hemos celebrado el Domingo 17 de Mayo y que tiene por lema “Acompañar en la soledad” os propongo hacer una lectura contextualizada a luz de la resurrección del hijo de la viuda de Naím. He aquí el texto:

Del Evangelio según Lucas 7,11-17

“A continuación se fue a una ciudad llamada Naím. Iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; la acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: «No llores.» Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.» El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de él se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina”. 

         Releo este texto a luz de la Pascua que estamos viviendo marcada por la luctuosa pandemia del coronavirus que ha sembrado nuestras ciudades de cortejos fúnebres hacia nuestros cementerios, un día sí y otro también. En esta escena el evangelista Lucas, como un gran pintor, nos pone frente al  encuentro de  dos procesiones. “A continuación se fue a una ciudad llamada Naín. Iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; la acompañaba mucha gente de la ciudad” (7, 11-12)Lucas, con pocas palabras consigue pintar el cuadro tan bonito del encuentro de las dos procesiones: la procesión de la muerte que sale de la ciudad y acompaña a la viuda que lleva a su único hijo hacia el cementerio (v. 12) y la procesión de la vida que entra en la ciudad y acompaña a Jesús (v. 11). Las dos procesiones se encuentran en la pequeña ciudad, junto a la puerta de la ciudad de Naín. También en esta Pascua estamos asistiendo a este providencial encuentro: la procesión de la muerte, representada en la viuda, paradigma de nuestra sociedad y la procesión de la Vida encabezada por Jesús cuyo sacramento visible es la Iglesia.

         La viuda de Naím es un paradigma de la sociedad actual. Ser viuda en el tiempo de Jesús era una desgracia y una fatalidad, la mujer quedaba desprotegida y desemparada, de ahí que las viudas junto con los huérfanos y los pobres sean los preferidos de Dios y de Jesús (Is 1, 17; Sant 1, 27; 1ª Tim 5,3). En el caso de la escena que contemplamos, el dramatismo de la situación viene resaltado por el hecho de que el joven difunto al que iban a enterrar era “hijo único de su madre” (v. 12), con lo cual nos da a entender que el dolor de esta madre era desgarrador. Esta madre iba a enterrar a su hijo único, que representaba su presente y su futuro, su afectividad y su seguridad, su alegría y su esperanza y…. ¡de improviso, la muerte se lo había arrebatado!

Sí, también nuestra sociedad es como la viuda de Naím, tenía, teníamos, puesta la seguridad en un estado del bienestar del que presumíamos por las prestaciones sociales y sanitarias de las que disponíamos y nos beneficiabamos y habíamos llegado a pensar que autónomamente, ¡sin necesidad de Dios! Podíamos solventar los problemas y los interrogantes que la vida nos fuera planteando y… ¡de pronto, de improviso apareció el COVID19 como una “tormenta” como un “tsunami vírico”! que ha paralizado, ¡por primera vez en la historia de forma tan global” las poblaciones del mundo entero.

Sí, como el Papa Francisco nos recordaba en su Meditación  del 27 de Marzo: “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia  común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”. De pronto, las calles y plazas de nuestras ciudades se quedaron vacías, nuestras casas se llenaron de soledades y los hospitales se colapsaron de enfermos contagiados, de agonizantes que se despedían de esta vida solos y de muertos sin duelos… ¡Qué dolor! ¡Cuántas familias rotas! ¡Cuántas viudas desconsoladas! ¡Cuántos huérfanos que siguen llorando! ¡Cuánta tristeza!

         Durante estos meses, se nos han ido comunicando, día a día, las cifras de los fallecidos por el contagio del coronavirus, son datos estadísticos fríos, sin rostro, sin comitivas fúnebres, sin imágenes y sin llanto de las familias rotas, desoladas y desamparadas por haberse visto obligadas a despedirse de sus difuntos sin el consuelo de la oración y la fortaleza de los sacramentos… ¡a los finados se les ha hurtado el derecho a una despedida con duelo, calor y celebración!

Pues bien, al paso de esta “procesión de la muerte”, sale Jesús Resucitado para devolver la vida del hijo a la viuda de Naím y para devolver la esperanza a esta sociedad que hoy camina “en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 79). Jesús, durante los tres años que duró su ministerio público resucitó de la muerte a tres difuntos: la hija de Jairo (Mc 5, 21-43), su amigo Lázaro (Jn 11, 38-44)  y el joven de Naím que estamos comentando. En los dos primeros casos, Jesús fue llamado por las respectivas familias para que les ayudase, en el caso de la viuda de Naím es Jesús el que va a tomar la iniciativa, son elocuentes sus gestos y sus palabras: “tuvo compasión de ella” y la consoló con sus palabras:  “No llores” (v. 13), se “acercó y tocó el féretro” y le habló al muerto: “Joven, a ti te digo: Levántate” (v. 14)… ¡todo un programa de actuación pastoral para la Iglesia de hoy en la tarea de com-padecer, acompañar y visitar a las familias desoladas por la pérdida de sus seres queridos y también para visitar y rezar los cementerios donde reposan los que se nos han ido sin decir adiós.

De la actuación de Jesús nos podemos quedar con estos dos gestos Acercarse y “tocar”. Jesús se detuvo ante el cortejo fúnebre. Se acercó, se hizo prójimo. La cercanía nos empuja más allá y se hace gesto valiente para que el otro viva. Gesto profético. Es el toque de Jesús, el Viviente, que comunica la vida. Un toque que infunde el Espíritu Santo en el cuerpo muerto del muchacho y reaviva de nuevo sus funciones vitales. Ese toque penetra en la realidad del desánimo y de la desesperación. Es el toque de la divinidad, que pasa también a través del auténtico amor humano y abre espacios impensables de libertad, dignidad, esperanza, vida nueva y plena. La eficacia de este gesto de Jesús es incalculable. Esto nos recuerda que también un signo de cercanía, sencillo pero concreto, puede suscitar fuerzas de resurrección. ¡He aquí como acompañar tantas soledades que nos topamos en el camino de la vida!

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