Después de la muerte, el Juicio [Hoja parroquial del 4 de noviembre]

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

Dt 6, 2-6; Sal 17; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28b-34

HP del 4 de Noviembre de 2018

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De hecho, él se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de  la historia, para destruir el pecado con el  sacrificio de  sí  mismo.  El destino de los hombres es morir una sola  vez. Y después de la muerte,  el  juicio” (Heb 9, 26-27).

La teología clásica al hablar de las postrimerías,  presentaba  los  “novísimos”  como el acontecer último de la existencia humana: muerte, juicio, infierno y gloria. Hoy se habla muy poco de la dimensión escatológica de la vida del hombre. Es esta una de las dimensiones más silenciadas en la transmisión catequética de la Iglesia en las últimas décadas, y, sin embargo, forma parte también del contenido central de la evangelización tal y como resaltaba el Papa Pablo VI en Evangeli nuntiandi, nº 28: “La evangelización no puede por menos de incluir  el  anuncio profético  de  un más  allá, vocación profunda y  definitiva  del  hombre,  en conformidad y  discontinuidad  a  la  vez  con la situación presente”.

De este silenciamiento del contenido escatológico de la fe”, han hablado en varias ocasiones nuestros obispos: “Se observa una importante laguna en lo que  se refiere a las cuestiones escatológicas: muerte, juicio, infierno y gloria. Prácticamente ausentes en la mayoría de los instrumentos catequéticos; cuando  se tratan, o bien se presentan sin la necesaria actualización teológica o bien se  proponen de una manera desvaída o imprecisa” (Cf. COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE,  Nota sobre la enseñanza de la Moral, 1997). Este “déficit escatológico” en la conciencia de nuestros católicos,  provocó la  publicación     de  unas “orientaciones”  por parte  de  dicha  Comisión  que lleva  por título: “Esperamos  la resurrección  y la vida eterna”  (1995). En  ella,  nuestros  obispos levantan  “acta” de cómo “no  pocos de los  que se declaran  católicos,  al tiempo  que confiesan  creer en Dios, afirma que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte” (nº 2); de ahí que sostengan que “la predicación, la catequesis y la enseñanza de la religión católica, si quiere ser alimento sano de una fe íntegra y viva, han de proponer con toda su riqueza la esperanza cristiana en la vida eterna (…) Si no se habla de ella,  o si  se  habla de  un modo inapropiado, el corazón mismo de la fe en Jesucristo resultará negativamente afectado” (nº 3).

A la luz de la Palabra de Dios, percibimos la verdad sobre nosotros mismos, sobre nuestra vida y nuestro destino final. ¿Qué dice la Iglesia sobre el Juicio particular? He aquí las palabras del Catecismo, en relación con “El juicio particular”: “La muerte pone fin a la vida  del  hombre  como tiempo  abierto  a  la  aceptación  o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en  la  perspectiva  a  del  encuentro  final  con Cristo  en  su segunda  venida;  pero  también  asegura  reiteradamente  la existencia   de  la  retribución   inmediata   después  de   la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro  y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento  hablan de un último destino del alma  que puede ser diferente para unos y para otros. Cada hombre,  después de  morir, recibe  en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien  para  condenarse  inmediatamente para siempre. A la tarde te examinarán en el amor (San Juan de la Cruz, dichos 64)”. Cf. nn. 1021-1022.

DESDE  EL   CAMPANARIO

El Juicio final

La resurrección de todos  los  muertos,  “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos  los  que  estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien  resucitarán  para la vida, y los  que  hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras.  Pondrá las  ovejas  a su  derecha,  y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna” (Mt 25, 31. 46).

Frente  a Cristo,  que  es  la Verdad,  será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El  Juicio final  revelará  hasta  sus  últimas consecuencias  lo que cada uno haya hecho  de bien  o haya dejado  de  hacer  durante  su  vida terrena: Todo el mal que hacen los malos se registra -y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3) … Se  volverá  hacia  los  malos:  “Yo había colocado  sobre la tierra,  dirá El, a mis  pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba  en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría  subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas  obras  a  mi tesoro:  como no habéis depositado nada en sus manos,  no poseéis nada en Mí” (San Agustín, serm. 18, 4, 4).

El  Juicio  final  sucederá  cuando vuelva Cristo  glorioso.  Sólo  el  Padre conoce  el  día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio  final  revelará  que  la  justicia  de  Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

El mensaje del Juicio final llama a  la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10)”. Cf. 1038-1041.

NOTICIAS  DE  LA     PARROQUIA

+ TALLER DE MAYORES: El Martes día 9, Doña Araceli dinamizará un taller sobre La estimulación del lenguaje.

+ PENITENCIAL CON LOS GRUPOS DE LA POSTCONFIRMACIÓN: El Viernes día 9 a las 21 tendremos una Celebración de la Penitencia y la Reconciliación.

+ ENCUENTRO CAPELLANES-MÉDICOS: El Sábado día 10 en la Casa de la Iglesia tendrá lugar el primer Encuentro entres los Capellanes del Clínico/Virgen Vega/Los Montalvos con Médicos de hospitales y de centros sanitarios para abordar la atención integral de los enfermos.

COMPENDIO DEL CATECISMO

  1. ¿Qué es el purgatorio?  Es el  estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza.
  2. ¿En qué consiste el infierno? Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en  pecado  mortal.  La    pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras “Alejaos de mí, malditos al fuego eterno” (Mt 25, 41).
  3. ¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios? Dios quiere que “todos lleguen a la conversión” (2ª Pe 3,9), pero habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta  sus  decisiones.  Por  tanto,  es  el  hombre mismo  quien,  con plena  autonomía, se  excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el  momento  de la propia  muerte,  persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios.

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