Libertad y tentación | Hoja parroquial del 1 de marzo

DOMINGO Iº DE CUARESMA: Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50; Rom 5, 12-19; Mt 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes…”.

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El tiempo de Cuaresmanos viene a poner delante lo que es nuestra realidad más profunda y real: que somos criaturas libres con capacidad de elección, es decir podemos elegir entre hacer el bien y somos felices y hacer el mal y convertimos en “des-graciados”. Sólo al hombre le ha sido concedida esta capacidad de elección y esto nos distingue fundamentalmente de los animales que están sujetos a las leyes del determinismo físico o biológico. A la luz de la Revelación, descubrimos que nuestra libertad ha quedado herida y dañada como consecuencia de un engaño primordial al que el hombre y la mujer fueron sometidos por el Tentador, el “padre de la mentira”, el Demonio o Satanás, el seductor del mundo entero. Y, como consecuencia, del primer “pecado de origen”, todos los seres humanos experimentamos en nuestra propia vida los engaños del Tentador, sus “tentaciones seductoras” y las consecuencias de consentirlas: el pecado, el dolor y la muerte óntica, de nuestro ser más profundo que queda prisionero de sí mismo y convertido en un idólatra que se busca en todo lo que hace, dice o emprende.

 «No nos dejes caer en la tentación» es una de las peticiones de la Oración del Señor (el Padrenuestro) que estamos invitados a pronunciar con más confianza a lo largo de este tiempo litúrgico.Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos “deje caer” en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa “no permitas entrar en” (cf Mt 26, 41), “no nos dejes sucumbir a la tentación”. “Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie” (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate “entre la carne y el Espíritu”. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.

                El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior, y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf St 1, 14-15). También debemos distinguir entre “ser tentado” y “consentir” en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es “bueno, seductor a la vista, deseable” (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

                 “No entrar en la tentación” implica una decisión del corazón: “Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón […] Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 21-24). “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Ga 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este “dejarnos conducir” por el Espíritu Santo. “No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito” (1 Co 10, 13).

Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 2846-2848). Unidos a Él… ¡podemos vencer la tentación!

EL CAMPANARIO

MENSAJE DEL PARA FRANCISCO PARA LA CUARESMA  2020

Urgencia de conversión: Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible solo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene.

De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.

Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.

La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos: El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia –a veces dramática– del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta «poner a Dios contra Dios», como dijo el papa Benedicto XVI (Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).

El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación (Continuará…)

UNA CUARESMA ORANTE, PENITENCIAL Y SOLIDARIA

            ¿Cómo hemos de vivir esta Cuaresma? Con un espíritu personal y eclesial de oración, conversión y comunión, especialmente con los que más sufren. La Iglesia nos recuerda que “el tiempo de Cuaresma conserva su carácter penitencial. Exhórtese a los fieles, sobre todo, para que, según la ley y las tradiciones de la Iglesia, se acerquen en este tiempo al sacramento de la Penitencia, y puedan así participar con el alma purificada en los misterios pascuales” (Cf. Preparación y celebración…, nn. 14-15).

CUARESMA EN LA PARROQUIA

         + ORACIÓN DE LAUDES: De Lunes a Viernes, a las 6, 30h, de la mañana en el Catecumenium.

        + ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO: Todos los Jueves de 19h a 20h, en la Liturgia de Vísperas.

        + ORACIÓN DEL VIA CRUCIS: Todos los Viernes a las 12h, en la Iglesia.

        + AYUNO, ORACIÓN Y LIMOSNA: Son las tres “armas” con las que la Iglesia nos equipa para entablar el combate contra los “enemigos del alma”: carne, demonio y mundo. Cada fiel cristiano debe plantearse seriamente como ejercitar estas tres “prácticas cristianas” que nos favorecen vivir en espíritu de conversión.

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