Ciegos de nacimiento | Hoja parroquial del 22 de marzo

DOMINGO IVº DE CUARESMA: 1ª Sa 16,1-13; Sal  22; Ef 5,8-14; Jn 9, 1-41

“Mientras en de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo. dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó a los ojos del ciego, y le dijo: ´Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavo, y volvió con vista

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Elcuarto Domingo de Cuaresma nos pone delante una preciosa catequesis bautismal de la Iglesia primitiva que el evangelista Juan nos ofrece en el capítulo noveno: la curación de un ciego de nacimiento con el que Jesús va a realizar un signo en forma de sanación para mostrar que Él es el Profeta anunciado que devolvería la vista a los ciegos y el Mesías enviado para ser el Salvador de los hombres. Jesús, se acercará a este ciego de nacimiento que está pidiendo limosna, le ensuciará la cara con barro mojado con su saliva, lo enviará a lavarse a la piscina de Siloé, el ciego quedará curado, recuperará la vista y lo que es más importante, tras un diálogo con Jesús,  lo confesará como su Señor y lo adorará: “Creo, Señor. Y se postró ante él” (Jn 9, 38).

En el proceso de curación de este ciego de nacimiento aparece diseñado todo el proceso pedagógico de la iniciación cristiana porque como nos recordaba el Papa emérito Benedicto XVI “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un horizonte a la vida y, con ello, una orientación nueva” (Deus caritas est, nº 1). En efecto, en el  nacimiento a la fe y al discipulado de este ciego de Jerusalén, vemos que la iniciativa la toma Jesús, es Él el que se acerca, toca, envía y cura, el ciego no hace nada, solo se deja ensuciar y obedece a la palabra de Jesús: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)” (Jn 9, 7) y lavándose ha recuperado la vista.        También, cada uno de nosotros, hemos de sentirnos, hoy ciegos, y a poco que miremos dentro de nuestro corazón, descubriremos ¡tantas cegueras! ¡cuántas zonas oscuras! ¡cuántos agujeros negros! ¿Quién nos iluminará? ¿Quién nos devolverá la vista para ver con rectitud lo que debemos hacer en cada momento y frente a cada acontecimiento? Dice el salmista: “Señor, tu luz nos hace ver la luz”. Jesucristo se presenta ante nosotros, hoy, como “la luz del mundo” (9, 5), más aún Él afirma de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo: el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (8, 12).  Jesucristo ha venido al mundo, como nos recuerda el Prefacio de la Eucaristía de este cuarto Domingo “para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en tus hijos adoptivos”.  El Bautismo es presentado en el NT en los Padres como una Iluminación y a los que iban a ser bautizados se les llamaba iluminati (iluminados) porque habían hecho la experiencia de ser profundamente transformados ya que “en otro tiempo fuisteis tinieblas; más ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz” (Ef 5, 8) y trasplantados “del poder de las tinieblas al Reino del Hijo de su amor” (Col 1, 13)  para caminar ya, definitivamente en la luz porque “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros” (1ª Jn 1, 5-7).

En la solemne Vigilia Pascual aclamaremos a Jesucristo como nuestra Luz y seremos sumergidos en el agua del bautismo para renovar nuestra condición de hijos de Dios, rescatados de las tinieblas del pecado para vivir en gracia, en la luz de la resurrección.

EL CAMPANARIO

PAPA FRANCISCO: “LA LUZ DE LA FE = LUMEN FIDEI

“La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas» (Jn 12,46). Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios.

Mediante el bautismo nos convertimos en criaturas nuevas y en hijos adoptivos de Dios. El Apóstol afirma después que el cristiano ha sido entregado a un « modelo de doctrina » (typos didachés), al que obedece de corazón (cf. Rm 6,17). En el bautismo el hombre recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien. Es transferido a un ámbito nuevo, colocado en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia.¿Cuáles son los elementos del bautismo que nos introducen en este nuevo « modelo de doctrina »? Sobre el catecúmeno se invoca, en primer lugar, el nombre de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se le presenta así desde el principio un resumen del camino de la fe. El Dios que ha llamado a Abrahán y ha querido llamarse su Dios, el Dios que ha revelado su nombre a Moisés, el Dios que, al entregarnos a su Hijo, nos ha revelado plenamente el misterio de su Nombre, da al bautizado una nueva condición filial. Así se ve claro el sentido de la acción que se realiza en el bautismo, la inmersión en el agua: el agua es símbolo de muerte, que nos invita a pasar por la conversión del « yo », para que pueda abrirse a un « Yo » más grande; y a la vez es símbolo de vida, del seno del que renacemos para seguir a Cristo en su nueva existencia. De este modo, mediante la inmersión en el agua, el bautismo nos habla de la estructura encarnada de la fe. La acción de Cristo nos toca en nuestra realidad personal, transformándonos radicalmente, haciéndonos hijos adoptivos de Dios, partícipes de su naturaleza divina; modifica así todas nuestras relaciones, nuestra forma de estar en el mundo y en el cosmos, abriéndolas a su misma vida de comunión. Este dinamismo de transformación propio del bautismo nos ayuda a comprender la importancia que tiene hoy el catecumenado para la nueva evangelización, también en las sociedades de antiguas raíces cristianas, en las cuales cada vez más adultos se acercan al sacramento del bautismo. El catecumenado es camino de preparación para el bautismo, para la transformación de toda la existencia en Cristo” (Lumen fidei, 1.4. 41-42).

Oración del Papa Francisco para rezar por los afectados por el coronavirus

Oh María,
tu resplandeces siempre en nuestro camino
como signo de salvación y de esperanza
Confiamos en ti, Salud de los enfermos,
que junto a la cruz
te asociaste al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe
Tú, salvación del pueblo romano 
sabes lo que necesitamos 
y estamos seguros de que proveerás
para que, como en Caná de Galilea
pueda volver la alegría y la fiesta
después de este momento de prueba
Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos a la voluntad del Padre
y hacer lo que nos diga Jesús
que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos
y se ha cargado con nuestros dolores
para llevarnos, a través de la cruz
a la alegría de la resurrección. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
¡Amén!

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