Teología de la Vigilia Pascual | Juanjo Calles

Con la finalidad de ayudar a nuestras comunidades cristianas a preparar, celebrar y vivir en plenitud la Solemnidad de las Solemnidades que es la Vigilia Pascual de este año 2022, os ofrezco esta reflexión teológica, litúrgica, espiritual y pastoral en torno a la Noche Pascual. Me detengo en explorar el alcance teológico de la Noche como fuente de la luz, de la revelación, de la filiación y, de la comunión. Esta reflexión, la hago de manera esquemática, ateniéndome a la presentación que hace la Carta circular del año 1988, de cada una de las partes de la Vigilia Pascual. Me detengo, expresamente, en el signo de la Noche como lugar teológico y, por ello, la velada nocturna de la Vigilia Pascual -las liturgias que jalonan esta Noche- como una autentica veta teológica que, en expresión de José Antonio Goenaga, “reclama la atención del teólogo porque en una primera lectura de la celebración, aparecen afectadas por ella distintas asignaturas teológicas: la cristología, y desde ésta el tratado sobre la Stma. Trinidad, la protología y la escatología, la eclesiología, la sacramentología, la gracia de Cristo, la espiritualidad y el proceder moral del bautizado, etc.,” (Cf.  El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, p. 189).

a)  Noche de la Luz: Bendición del fuego. El lucernario. La iluminación del cirio pascual y el Exultet

El primer signo sacramental de la celebración de la Vigilia Pascual es la Noche. El  símbolo de la Noche es un elemento constitutivo y esencial de la estructura celebrativa de la solemne Vigilia Pascual. La Noche tiene una dimensión cósmica, evoca la Noche primordial de los tiempos, en la que Dios pronunciará su primera palabra cuando “en el principio la tierra era caos y confusión y oscuridad” y “dijo Dios: Haya luz, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz día, y a la oscuridad la llamó noche” (Gn 1, 1-2. 3-5). Al empezar se bendice el fuego nuevo, y con él, se enciende el cirio pascual que es llevado en procesión hacia el altar. El cirio entra y avanza primero en la oscuridad, hasta el momento en que después de cantar el tercer Lumen Christi, se ilumina toda la asamblea. Para el liturgista Aldazabal, “el rito de entrada de esta Noche, es particularmente festivo y lleno de sentido. Si cada tarde, en Vísperas, cantamos a Cristo como  Luz,  como  Sol  que  no  conoce el  ocaso,  en esta  noche  de Pascua,  desde  la oscuridad total, entonamos nuestra alabanza entrañable a Cristo bajo el símbolo del Cirio y la Luz. Él nos ha dicho: Yo soy la Luz del mundo: quien me sigue, no andará en tinieblas. Esta Noche, más que nunca, le podemos gritar nosotros nuestra alabanza: Luz de Cristo. Demos gracias a Dios, oh luz gozosa…” (Cf. “Sugerencias para la celebración”, en Art. cit., p. 71).

La solemne Vigilia Pascual -nos dice el documento romano- comienza con “el lucernario y el Pregón Pascual (que forman la primera parte de la Vigilia)” (nº 81). Sabemos de la importancia, en las culturas antiguas, de la luz. Resulta casi imposible para nosotros, acostumbrados a la electricidad, imaginarnos todas las resonancias que despertaba el tema de la luz. Así un momento especial es aquel en que se enciende la luz  por  la  noche.  Un  momento  especial,  lleno  de  evocaciones.  Las  tinieblas  que empiezan a invadir y que, en alguna medida, amenazan la vida del hombre, son sofocadas por la protección de esa luz. Por ello constituye un momento de gozo. Entre los judíos marca el inicio del nuevo día y el viernes por la tarde solemnemente comienza la celebración del sábado.  La Liturgia cristiana se ha enriquecido por hermosos himnos de los cristianos que ven, en este fuego nuevo, la luz de Cristo. Esto se potencia más aún en la celebración pascual.

Ese fuego está rodeado de un rico simbolismo: “La primera parte consiste en una serie de acciones y gestos simbólicos que conviene realizar con tal dignidad y expresividad, que su significado propio, sugerido por las moniciones y las oraciones, pueda ser realmente percibido por los fieles. En un lugar adecuado y fuera de la iglesia, en cuanto sea posible, se preparará la hoguera, destinada a la bendición del fuego nuevo,  cuyo  resplandor debe ser  tal  que  disipe  las  tinieblas  e  ilumine  la  noche. Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada año, único, relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo” (nº 82). Se enciende el cirio, signo del Señor resucitado, que guiará a la comunidad en procesión ingresando al lugar de la celebración. La procesión de la Luz evoca el éxodo del Pueblo de Dios guiado por la columna de fuego: “La procesión en la que el pueblo entra en la iglesia se ilumina únicamente por la llama del cirio pascual. Del mismo modo que los hijos de Israel, durante la noche, eran guiados por una columna de fuego, así los cristianos siguen a Cristo resucitado. La llama del cirio pascual pasará poco a poco a las velas que los fieles tienen en sus manos, permaneciendo  aún  apagadas  las  lámparas  eléctricas”  (nº  83).  Para  el  teólogo  D. Borobio, “el sentido pascual y escatológico de esta procesión aparece con evidencia: somos el nuevo pueblo de Dios, nacido de la Pascua; peregrinos seguimos a Cristo resucitado -nuestra cabeza y luz del mundo-, a través del desierto de la vida presente hacia la patria celestial”. El cirio es celebrado por la poética y gozosa acción de gracias cantada por el diácono o el cantor: “El diácono proclama el Pregón Pascual, magnífico poema lírico que presenta el Misterio Pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor. Las Conferencias de Obispos pueden  adaptar  convenientemente  este  pregón,  introduciendo  en  él  algunas aclamaciones de la asamblea” (nº 84). Un gran promotor y apóstol de la Vigilia Pascual como el Beato Charly afirmaba que “el pregón pascual debe ensayarse de rodillas” (cf. No echemos a perder la Vigilia Pascual (1958).

El signo del Lucernario, pasar de la oscuridad a la luz, permite a la asamblea vivir su primera experiencia pascual de la Noche, percibir que siguiendo a Cristo-Luz, la  vida  de  los  bautizados  queda  plenamente  iluminada  tal  y  como  Jesús  había profetizado de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo y quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

La teología cantada de esta primera parte de la Vigilia Pascual la encontramos concentrada de modo eminente en uno de los textos más vibrantes y profundos de la Liturgia católica, el Exultet [Para un acceso a la teología cantada del Pregón, ver Juan José Calles, “Pregón Pascual (Exultet)”, en Resucitó. Fundamentos de una Teología cantada, pp. 663-673. Para una Bibliografía abundante sobre el Pregón, ver Antonio Alcalde, “El canto del Pregón Pascual”: Pastoral Litúrgica, nº 237 (1997), pp. 59-60].

El Pregón Pascual, es esa obra maestra sin igual de la lírica  cristiana,  que  representa  para  el  creyente  el  descubrimiento  del  Misterio  de Pascua, la proclamación del triunfo universal de Cristo y del absoluto de la Redención. El Pregón es una auténtica catequesis mistagógica sobre la Pascua, en clave lírica. Efectivamente, parte de los ritos y signos concretos – la Noche, la Vigilia, el encendido del cirio – desvelan su significado profundo, a la luz de las figuras del Antiguo Testamento y de las realidades del Nuevo. José Aldazabal propone que “para que este pregón sea en verdad una introducción emotiva y dinámica de la Vigilia, lo más conveniente es que sea cantado. No hace falta que sea el presidente, ni un ministro ordenado, el que lo cante: pero sí hace falta que el cantor (o la cantora), además de ensayárselo bien, sienta de veras su contenido y lo diga con vibración y sentido” (Cf. “Sugerencias para la celebración”, en Art. cit., p. 72).

En la celebración de la Vigilia Pascual, en su lex orandi, nos encontramos con la fuente y el núcleo de la teología cantada. En efecto, la celebración del Misterio Pascual es el centro del Año Litúrgico: “La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra de la salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados  a  lo  largo  del  año.  Cada  semana,  en  el  día  que  llamó  del  Señor, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua” (SC, nº 102). El Pregón canta a la Pascua, cumplimiento de toda la Historia de la Salvación a través del acto redentor de Cristo en la Cruz y, también, la Pascua como renovación del mundo. Esta Noche es la Madre de todas las Vigilias. Esta Noche, según una antiquísima tradición, es Noche de vela ante el Señor (Ex 12, 42), de tal modo que, teniendo presente la recomendación del evangelio (Lc 12, 35ss), las lámparas estén encendidas en las manos de los fieles, para que se asemejen a los hombres que esperan que retorne el Señor, y así, cuando venga, los encuentre vigilantes y los haga sentar a su mesa.

La importancia del signo de la Noche ha sido muy resaltada por los obispos españoles: “Uno de los signos, y no ciertamente de los menos importantes, es el carácter esencialmente nocturno de esta celebración. De él depende en cierta manera la expresividad de los demás signos y la veracidad misma de la Vigilia (es decir, velada) Pascual. Por este motivo, toda la celebración de la Vigilia Pascual debe hacerse durante la Noche”. Reconocen que “en algunos lugares se va prescindiendo del simbolismo de la Noche y se hace caso omiso de la clara normativa del Misal. En no pocos lugares, en efecto, la Vigilia pascual se adelanta tanto y se celebra tan abreviadamente que pierde el carácter de velada de espera y de celebración extraordinaria”. Sin embargo, el criterio es muy claro: “La celebración de la Vigilia pascual deberá comenzar siempre y en todas las comunidades una vez entrada la Noche”. Cf. “Nota de la Comisión Permanente de la CEE, “El horario y otros aspectos de la Vigilia Pascual”, en Preparación y celebración de las fiestas pascuales, pp. 59-61. Contando con que ha habido una mayor conciencia en las parroquias de la importancia de la Vigilia Pascual a nivel litúrgico-pastoral, hemos de reconocer que aún es una tarea pendiente el descubrimiento de la centralidad de esta celebración para la vida de las comunidades cristianas. Dentro del Triduo Pascual, la celebración de la Vigilia Pascual es la que menos feligreses convoca, y su celebración no pasa de ser una Misa un poco más larga. Esta Noche es Memorial del Éxodo del pueblo de la Antigua Alianza, de la Muerte y Resurrección del Señor, presencia de Cristo resucitado en la asamblea del pueblo de la Nueva Alianza por medio de los sacramentos de la Iniciación Cristiana, espera de su retorno que según una tradición venerable de la Iglesia, tendrá lugar precisamente en la noche de la Pascua (“Esta Vigilia es también espera de la segunda venida del Señor”. Ibid., nº 79), tales son los contenidos de la Vigilia Santa. El Exultet evoca sucesivamente todos estos aspectos y es la partitura nuclear de la teología pascual. Kiko Argüello ha puesto música a este impresionante himno teológico y quien haya escuchado o participado de alguna Vigilia Pascual con los neocatecumenales percibe la hondura y profundidad de esta pieza litúrgica al ser cantada.

b) Noche de la Revelación: La gran Liturgia de la Palabra

Del eterno silencio de Dios Padre, brotó el Verbo. En el silencio de la Noche es cuando mejor se graba en la memoria la Palabra. Los grandes relatos de sentido de la Humanidad siempre se han narrado y relatado de noche, al oído, al calor de una hoguera encendida en medio de un ambiente de familia y confidencial. Este ambiente es el que reclama  la  monición  introductoria  de  la  gran  Liturgia  de  la  Palabra  en  la  Vigilia Pascual:

“Hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la Noche Santa de la Resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio meditativo, la Palabra de Dios. Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para salvar al primer Israel, y cómo en el avance continuo de la Historia de la Salvación, al llegar los últimos tiempos, envió al mundo a su Hijo,  para  que,  con  su  muerte  y  resurrección,  salvara  a  todos  los  hombres.  Mientras contemplamos la gran trayectoria de esta Historia Santa, oremos intensamente, para que el designio de salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud y alcance a toda la humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo” .

(Cf. Misal Romano, nº 22)

La Noche Pascual es la Noche de la Haggadá, cuando los padres hebreos transmiten a las siguientes generaciones la fe en el Dios de Abrahám, de Isaac y de Jacob, que es un Dios no de muertos sino de vivos. Es la Noche Pascual, el momento en el que se narran todas las maravillas que Dios ha hecho a favor de su pueblo. Como canta un himno de la Liturgia de las Horas, la Noche es tiempo de salvación:

“La noche no interrumpe tu historia con el hombre. La Noche es tiempo de salvación. De noche descendía tu escala misteriosa hasta la misma piedra donde Jacob dormía. La Noche es tiempo de salvación. De noche celebrabas la Pascua con tu pueblo, mientras en las tinieblas volaba el exterminio. La Noche es tiempo de salvación. Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche; de noche prolongabas la voz de la promesa. La Noche es tiempo de salvación. De noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre; de noche eran los sueños tu lengua más profunda. La Noche es tiempo de salvación. De noche, en un pesebre, nacía tu palabra; de noche lo anunciaron el ángel y la estrella. La Noche es tiempo de salvación. La noche fue testigo de Cristo en el sepulcro; la noche vio la gloria de su resurrección. La Noche es tiempo de salvación. De noche esperaremos tu vuelta repentina, y encontrarás a punto la luz de nuestra lámpara. La Noche es tiempo de salvación.  Amén”

(Cf. “Himno de las Vísperas del Martes de la Segunda Semana”: OGLH (tº IV), p. 702-702).

En la segunda parte de la Vigilia, “las lecturas de la Sagrada Escritura describen momentos culminantes  de  la  Historia  de  la  Salvación,  cuya  plácida  meditación  se facilita a los fieles con el canto del salmo responsorial, el silencio y la oración del sacerdote celebrante” (nº 85). En efecto, la gran Liturgia de la Palabra, con todas sus lecturas, es esencialmente constitutiva de la Vigilia Pascual, no se puede realizar con prisas  y de  cualquier manera,  se  precisa  del  ministerio  de  lectores y salmistas,  se necesita  del  silencio,  para  acoger  y beber,  con  alma  de  niño,  la  Palabra  de Dios,  “primeramente has de beber el Antiguo Testamento, para poder beber también el nuevo. Si no bebes el primero, no podrás tampoco beber el segundo. Bebe el primero, para hallar algún alivio en tu sed; hallarás un sentimiento de compunción; en el nuevo, la verdadera alegría. Bebe esta palabra, pero bébela en el debido orden. Bébela en el Antiguo Testamento y apresúrate a beberla en el Nuevo. Bebe, pues, pronto, para que brille para ti una luz grande, no la luz de todos los días, ni la del día, ni la del sol, ni la de la luna; sino la que ahuyenta las sombras de la muerte” (San Ambrosio). Esta unidad de fuente de vida de la Palabra divina fue, expresamente, resaltada en la Constitución Dei Verbum al afirmar que “Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera al Nuevo, y el Nuevo descubriera el Antiguo. Pues, aunque Cristo estableció con su sangre la nueva alianza (Lc 22, 20; 1ª Cor 11, 25), los libros íntegros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento (Mt 5, 17; Lc 24, 27; Rom 16, 25-26; 2ª Cor 3, 14-16) y a su vez lo iluminan y lo explican” (nº 16). A la luz de ambos textos, percibimos cómo la mutilación o los recortes de lecturas dentro de la Liturgia de la Palabra en la Noche Santa, repercute, necesariamente, en la calidad y verdad de la misma celebración. De ahí, que en el documento romano se diga: “En la medida en que sea posible, léanse todas las lecturas indicadas para conservar intacta la índole propia de la Vigilia Pascual, que exige una cierta duración” (nº 85b).

La Noche es tiempo de salvación y de narración orante de la Palabra de Dios. Cada vez que se proclaman las Escrituras en medio de la asamblea, Dios mismo pasa salvando con su Palabra creadora, vivificadora, consoladora y profética como tan bellamente nos recordó el texto conciliar: “En los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV, nº 21).  Es toda la revelación divina la que se presenta a la asamblea a la adoración y a la acogida contemplativa de los oyentes. El Padre del cielo que se ha comprometido de generación en generación a estar en vela con su pueblo, nos sale al encuentro para dialogar amorosamente con sus hijos y, nosotros los bautizados, ¿vamos a tener prisa por acabar este dulce encuentro? ¿No es un síntoma de la debilidad de nuestra vida espiritual el trato que damos a la Palabra de Dios? ¿No toca las fibras de nuestro espíritu escuchar a través de las oraciones colectas cómo la Palabra se sigue encarnando y actualizando en la vida de hijos del nuevo pueblo de Dios? El Papa emérito Benedicto XVI, en su Exhortación Apostólica Verbum Domini hace un especial hincapié en este diálogo que Dios establece con sus hijos. Afirma que “el hombre ha sido creado en la Palabra y vive en ella; no se entiende a sí mismo si no se abre a este diálogo” (nº 22) y, por ello, insiste  en que “es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana” (nº 23). La estructura celebrativa de la Vigilia Pascual ofrece un marco adecuado para la comprensión de la interrelación entre Liturgia y Palabra de Dios (Ver, en este sentido, las reflexiones de Pere Tena, “La Vigilia pascual paradigma del encuentro entre Biblia y Liturgia”, en COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA, Formación bíblica y litúrgica. Ponencias de las Jornadas Nacionales de Liturgia, Edice, Madrid 2000, pp. 143-162).

La Liturgia de la Palabra es una parte constitutiva, esencial, con profundas resonancias en las comunidades cristianas de los primeros siglos, de ahí, que todo lo que afecte a esta parte de la Vigilia Pascual, bien porque se recortan las lecturas, bien porque no hay cantos adecuados, bien porque no se respeta el ritmo (monición- proclamación-salmo cantado-silencio meditativo-oración colecta), afecte seriamente a la verdad misma de la Vigilia Pascual. No podemos olvidar que el mismo Jesús resucitado ha empleado las Escrituras como lugar hermenéutico para interpretar el mismo acontecimiento de su Resurrección: “Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24, 25-27). Más adelante, añadió: “Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (24, 44-48). Benedicto XVI hablará de la contemporaneidad de Cristo en la vida de la Iglesia que se realiza, de un modo muy significativo,  en  la  Liturgia  sacramental:  “En  la  Palabra  de  Dios  proclamada  y escuchada, y en los sacramentos, Jesús dice hoy, aquí y ahora a cada uno: Yo soy tuyo, me entrego a ti, para que el hombre pueda recibir y responder, y decir a su vez: Yo soy tuyo. La Iglesia aparece así en ese ámbito en que, por gracia, podemos experimentar lo que dice el Prólogo de Juan: Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios (Jn 1, 12)” (VD, nº 51). Este ámbito privilegiado de escucha, sin interferencias, en medio de la Noche, es la Vigilia Pascual. Desde esta perspectiva, la Noche Pascual aparece ante nosotros como la Noche del diálogo amoroso entre Dios-Esposo  y la Iglesia-Esposa, como el útero maternal de la santa Iglesia que nos engendra como hijos de Dios por “el Espíritu, el agua y la sangre” (1ª Jn 5, 8).

Sí, en la Noche Santa de la Vigilia Pascual el Espíritu Santo concede a su Iglesia una  nueva  luz,  y nos  ofrece  una  clave  hermenéutica  para  comprender  el  Misterio Pascual: “Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas` (Lc 24,27), interpreta el Misterio Pascual de Cristo” (Ib., nº 85). En Verbum Domini, el Papa Benedicto XVI ha desarrollado, también, la dimensión pneumatológica para la comprensión correcta de las  Escrituras  al  llamar  la  atención  sobre  “la  relación  entre  vida  espiritual  y hermenéutica de la Escritura. Efectivamente, con el crecimiento de la vida en el Espíritu crece también, en el lector, la comprensión de las realidades de las que habla el texto bíblico” (Ib., nº 31). Afirma que “la Iglesia siempre ha sido consciente de que, en el acto litúrgico, la Palabra de Dios va acompañada por la íntima acción del Espíritu Santo, que la hace operante en el corazón de los fieles” (Ib., nº 52).

A la luz de la praxis celebrativa de la Pascua Judía y, también, teniendo presente la  praxis  de  más  de  sesenta  años  de  celebraciones  de  Vigilia  Pascual  en  las Comunidades Neocatecumenales, percibimos la gran importancia que tiene, dentro de la Noche Santa, el narrar la Haggadá (Pascua Hebrea) y el transmitir la fe a los hijos por parte de sus padres con los relatos de sus historias personales iluminadas, salvadas y transformadas por Jesucristo. Esto se hace en el contexto de la gran Liturgia de la Palabra, sin prisas. Los protagonistas en ese momento son los niños que participan activamente de la Vigilia Pascual, y no como mudos espectadores, sino preguntando, escuchando y cantando el hermoso canto Por qué esta noche es diferente. Es importante, para reafirmar la relevancia de esta transmisión de la fe de padres a hijos, tener en cuenta lo que nos dice el Papa Benedicto XVI en Verbum Domini al hablar de la relación entre Palabra y testimonio: “La Palabra de Dios llega a los hombres por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva. De modo particular, las nuevas generaciones necesitan ser introducidas a la Palabra de Dios a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial” (nº 97). Y, en esta misma dirección, insiste el Papa Francisco, en su primera Encíclica sobre la Fe, al  afirmar que “en efecto, la fe necesita un ámbito en el que se pueda testimoniar y comunicar, un ámbito adecuado y proporcionado a lo que se comunica. Para transmitir un contenido meramente doctrinal, una idea, quizás sería suficiente un libro, o la reproducción de un mensaje oral. Pero lo que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva, es la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo, una luz que toca la persona en su centro, en el corazón, implicando su mente, su voluntad y su afectividad, abriéndola a relaciones vivas en la comunión con Dios y con los otros. Para transmitir esta riqueza hay un medio particular, que pone en juego a toda la persona, cuerpo, espíritu, interioridad y relaciones. Este medio son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se comunica una memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida, asociada a todos los sentidos; implican a la persona, como miembro de un sujeto vivo, de un tejido de relaciones comunitarias. Por eso, si bien, por una parte, los sacramentos son sacramentos de la fe, también se debe decir que la fe tiene una estructura sacramental. El despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno” (nº 40).

Es la celebración de la solemne Vigilia Pascual, como fiesta familiar y comunitaria que es, el ámbito privilegiado para este acto de traditio fidei. Como la praxis neocatecumenal nos ha permitido verificar, son grandes los frutos espirituales si nos atenemos al testimonio de varias generaciones de hermanos que habiendo sido bautizados  en  la  Noche  Pascual,  han  crecido  y  cuentan  los  años  por  las  vigilias pascuales  celebradas.  En  todos  ellos  aparece  un  mismo  fondo  testimonial,  la importancia que tuvo y tiene para sus vidas la transmisión de la fe que sus padres y madres les hicieron de un modo tan existencial, vital y original (¡la Noche como tiempo para la transmisión de la fe!).

El ritmo de la Liturgia de la Palabra va in crescendo a lo largo de la Noche. Tras el canto de los niños, y “terminada la lectura del Antiguo Testamento, se canta el himno Gloria a Dios, se hacen sonar las campanas, se dice la oración colecta, y de esto modo se pasa a las lecturas del Nuevo Testamento. Se lee la exhortación del Apóstol sobre el Bautismo, entendido como inserción en el Misterio Pascual de Cristo” (nº 87). Llegados a este momento de la Vigilia, la expectación es máxima. La Palabra de Dios, ha sido, previamente, preparada por todos los asistentes, verificada en la experiencia personal de cada uno de ellos, presentada en la asamblea con unas breves moniciones que ponen de manifiesto cómo “el significado tipológico de los textos del Antiguo Testamento tiene sus raíces en el Nuevo” (nº 86), proclamada con unción, escuchada con devoción, acogida con silencio reverente y hecha oración al ser respondida “con el canto del responsorial” (nº 85) y otros cánticos inspirados (Col 3, 16). La Liturgia de la Palabra se transforma, así, en un espacio para el diálogo amoroso entre Dios que habla a su Pueblo (lecturas) y el Pueblo que le responde (Salmos y oraciones). Por la Palabra hemos sido seducidos y nos hemos dejado seducir. La Palabra encarnada en la persona del Hijo, resuena como Buena Noticia al proclamarse el acontecimiento de la Resurrección  y transformarse el anuncio del Kerigma en el verdadero esperma del Espíritu Santo con poder para “reengendrarnos de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de  la  palabra  de  Dios  viva  y  permanente”  (1ª  Pe  1,  23)  ya  que  como  afirma  el evangelista Juan, “a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

En efecto, con la proclamación del Evangelio pascual entramos en el “hoy” de la actualización de la Palabra y del acontecimiento salvífico en la Noche Pascual. La palabra de Jesús, pronunciada en la Sinagoga de Nazaret: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lc 4, 21), alcanza su momento de realización plena en la Vigilia Pascual, en el momento de la proclamación del Evangelio. Como afirma José Aldazabal “un hoy que tomamos en serio y que tiene consecuencias interesantes en la espiritualidad del pueblo de Dios. Pascua es algo más que una conmemoración anual – en tal primavera como ésta, Cristo murió y resucitó– sino que algo sucede de nuevo en nuestra celebración de la Pascua de este año. Es gracia nueva cada vez. Fue un hecho histórico, pero en él participamos hoy y aquí nosotros. El in illo tempore (en aquel tiempo) se hace hodie (hoy) e hic et nunc (aquí y ahora). El semel (una vez) se convierte en quotiescumque feceritis (cuantas veces lo hiciereis). Su entrega pascual en la cruz fue la culminación de un acontecimiento que no le pasaba a él, sino que era él; igual que dijo el ego eimi tantas veces (yo soy luz, pan, pastor, puerta, camino, verdad, vida), ahora como Resucitado, sigue siendo todo eso (es la Palabra, el Maestro, la Vida) y también sigue siendo la entrega pascual, la Pascua. La Pascua es él mismo, como la Palabra es él mismo: Jesús no es un señor que dijo palabras, sino que es la Palabra personificada que Dios ha dirigido de una vez por todas a la humanidad. Por eso, el Señor Resucitado, el Kyrios, al hacérsenos presente, él mismo nos comunica su Pascua, nos hace entrar en ella, nos hace participar en su paso a la nueva existencia. No se repite la Pascua, porque está viva en él: y él, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8), está  presente  y  nos  comunica  su  acontecimiento  pascual  como  gracia  nueva  cada año”(Cf. “El Triduo Pascual: Teología y espiritualidad”, pp. 83-85). El Catecismo de la Iglesia Católica dedica un hermoso número a esta presencia viva de la Pascua, acontecimiento que sigue vivo en el hoy de la Iglesia:

En  la  liturgia  de  la  Iglesia,  Cristo  significa  y  realiza  principalmente  su  Misterio Pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el Misterio Pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El Misterio Pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad  divina  y domina  así  todos  los  tiempos  y en  ellos  se  mantiene  permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida” (nº 1085).

La celebración litúrgica se vive entre la memoria y la profecía, entre el ayer de los hechos histórico de la Pascua de Jerusalén y la Pascua del mañana, la escatología: ambas presentes en la realización sacramental de cada año. Siempre a partir de que el Misterio Pascual sigue vivo en él mismo. En el discurso del 28 de Julio de 2013 que el Papa Francisco dirigió a los responsables del CELAM durante su viaje a Brasil con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, insistió en la dimensión histórico-salvífica del hoy, con las siguientes palabras: “Dios es real y se manifiesta en el hoy. Hacia el pasado su presencia se nos da como memoria de la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como promesa y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa…y no está en los mil y un futuribles. El hoy es lo más parecido a la eternidad; más aún: el hoy es chispa de eternidad. En el hoy se juega la vida eterna” (Cf. “La revolución de la ternura”: L´Osservatore Romano, nº 31, viernes 2 de agosto de 2013, p. 8.).

           La fe pascual tiene su fundamento en un encuentro único y originario de los discípulos con Jesús vivo, resucitado. En consecuencia, la Resurrección de Jesús no se deduce de la Escritura; más aún, es la fe de Pascua la que postula el recurso a la Escritura. Este proceso se percibe con toda claridad en la celebración prolongada de la Vigilia Pascual. El teólogo Agustín del Agua, en su estudio sobre “El testimonio narrativo de la Resurrección de Cristo”, termina afirmando que “si alguien llega a ser discípulo de Jesús con amor de fe, hablará de un encuentro único, fundante, que define para siempre su existencia, cuando dejó de buscar y se encontró con Jesús. Lo esencial de este encuentro es ser acto originario y fundante” (Cf. El Misterio Pascual en la liturgia, p. 106.). Esta fue la experiencia de San Pablo y esta es la experiencia pascual de todo bautizado que se ha encontrado con el Señor resucitado. El Papa emérito Benedicto XVI nos recordó que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Cf. Carta Encíclica Deus caritas est, San Pablo, Madrid 2005, nº 1.).

El encuentro entre Dios y el hombre se ha realizado en el corazón de la Historia a través de la iniciativa divina como afirma el autor de la Carta a los Hebreos en su Prólogo: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (1, 1-2). Esta iniciativa para el diálogo ha sido subrayada por la Constitución Dei Verbum al decir que “el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual. Por eso se aplican a la Escritura de modo especial aquellas palabras: La palabra de Dios es viva y enérgica (Hb 4,12)”, puede edificar y dar la herencia a todos los consagrados (Hch 20, 32; 1ª Tes 2, 13) [DV, nº 21]. Este texto conciliar es el mejor comentario teológico para explicar lo que acontece en la Liturgia de la Palabra de la Velada Pascual: un encuentro amoroso entre Dios, que es nuestro Padre y nos ama y sus hijos que le escuchamos, acogemos, y adoramos.

c)  Noche de la Filiación: El comienzo de la existencia cristiana

La solemne Vigilia del Domingo de Pascua, toda ella, es una Noche sacramental, donde el Misterio Pascual, la victoria de Jesucristo sobre la Muerte se hace acontecimiento y realidad a través de la Liturgia y la celebración de los sacramentos de la Iniciación Cristiana (Bautismo-Confirmación-Eucaristía). El liturgista José Aldazabal afirma que “la Noche de Pascua es el momento en que más sentido tiene celebrar los sacramentos de la Iniciación Cristiana. Después de un camino catecumenal (personal, si se trata con adultos, y de familia, para párvulos: y siempre, en lo que cabe, de la comunidad cristiana entera), el signo del agua -la inmersión, el baño- quiere ser la expresión sacramental de cómo una persona se incorpora a Cristo en su paso de la muerte a la vida” (Cf. “Sugerencias para la celebración”, en Art. cit., p. 75.).

La  Vigilia  Pascual  es  la  Noche  Bautismal  por  antonomasia  de  la  Iglesia Católica. Los sacramentos de la Iniciación Cristiana son la meta de todo Catecumenado. El conjunto del camino catecumenal y de la preparación cuaresmal llega a su cumbre y a su plena realización con la celebración de los sacramentos de Iniciación, afirma el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, de ordinario en la Noche de la Vigilia Pascual (nn.  208-209). Con la Liturgia Bautismal se da comienzo a la tercera parte de la Vigilia. Ahora, afirma la Carta circular, “la Pascua de Cristo y nuestra se celebra en el sacramento.  Esto  se manifiesta  más plenamente  en aquellas iglesias que  poseen  la fuente bautismal, y más aún cuando tiene lugar la iniciación cristiana de adultos, o al menos el bautizo de los niños” (nº 88). En efecto, “el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son la última etapa, una vez cumplida la cual, obtenida la remisión de los pecados, los elegidos son agregados al pueblo de Dios, reciben la adopción de hijos de Dios, son introducidos por el Espíritu Santo en el templo del pleno cumplimiento de las promesas y saborean por anticipado el Reino de Dios, mediante el sacrificio y el banquete eucarístico” (RICA, nº 27). El contexto que da significado a la celebración entera de la economía de la salvación, que permite recordar las grandes obras llevadas a cabo por Dios a favor de los hombres (las Marabilia Dei), desde la creación del mundo a la creación escatológica inaugurada por la Encarnación-Misterio Pascual de Cristo, y, por el don de su Espíritu a la Iglesia, se hace presente en la nueva regeneración que se comunica a los elegidos con los sacramentos de la Iniciación Cristiana (nn. 210-234). Un contexto felizmente recordado, expresado por las lecturas bíblicas previstas, por el canto del Exultet,  por los símbolos del fuego, de la luz y sobre todo por la oración de bendición de la fuente bautismal, que cuando es cantada adquiere realza toda su belleza y profundidad teológica.

La Vigilia Pascual alcanzó su naturaleza y plenitud bautismal en los siglos III al VI con la floración de la praxis catecumenal y la administración de los sacramentos de la Iniciación Cristiana durante su celebración. En el RICA, el rito bautismal aparece conjuntamente con las letanías de los santos, la bendición del agua y la profesión de la fe. Tiene su momento culminante en el rito de la ablución, unido a la invocación de la Trinidad (RICA, nº 28), el signo más pleno es cuando se recibe el Bautismo por inmersión (nº 261), es decir, el catecúmeno es sumergido en la muerte de Cristo para ser co-sepultado con Cristo y resucitar con Él a una vida nueva, la de ser hijo de Dios: “Porque si nos hemos injertado en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda libre del pecado” (Rom 6, 5-7). Con la bendición del agua se recuerda la continuación de las maravillas de la salvación, que tiene su pleno cumplimiento en el Misterio Pascual, en el que es sumergido el candidato, mediante el poder del Espíritu operante en el Bautismo (nn. 29 y 210). Con los  ritos  de  la  renuncia  y  de  la  profesión  de  fe  “los  bautizados  expresan  con  fe consciente el Misterio Pascual, que ha sido vuelto a evocar en la bendición del agua y que después será brevemente proclamado por el celebrante con las palabras del Bautismo. Los adultos, de hecho, no se salvan si no quieren acoger el don de Dios con fe, acercándose libremente a éste. La fe, de la que reciben el sacramento, no es sólo de la Iglesia sino también suya personal y ellos están destinados a hacerla rica en frutos” (nn. 30 y 211). El rito del Bautismo, tanto si es por inmersión como por infusión, expresa realizándola la participación en el Misterio Pascual de Cristo, el nuevo nacimiento y la incorporación del candidato al pueblo de Dios (nn. 31-32). Los ritos postbautismales  significan  la  nueva  condición  de  los  bautizados  y  su  vocación  a caminar como hijos de la Luz (nº 33; nn. 213-226 para cada una de las partes de dicho rito).

El hecho de que se celebren bautismos es tan importante para que la Vigilia Pascual alcance toda su verdad y plenitud teológica, que el documento romano pide que “donde no haya bautizos ni se deba bendecir el agua pascual, hágase la bendición del agua para la aspersión de la asamblea, a fin de recordar el Bautismo” (nº 88). En efecto, ya hemos apuntado cómo en la reforma de los ritos de la Vigilia Pascual una de las innovaciones que aparecían en aquel momento, como muy significativa fue, justamente el rito de la renovación de las promesas bautismales. Y la misma Carta de la Congregación describe con cierto detalle la realización de este rito: “A continuación tiene lugar la renovación de las promesas bautismales, introducida por la monición que hace el sacerdote celebrante. Los fieles, de pie y con las velas encendidas en sus manos, responden a las interrogaciones. Después tiene lugar la aspersión: de esta manera los gestos y las palabras que los acompañan recuerdan a los fieles el Bautismo que un día recibieron. El sacerdote celebrante haga la aspersión pasando por toda la nave de la Iglesia,  mientras la asamblea canta la antífona Vidi aquam  u  otro  canto  de índole bautismal”  (nº  89).  La  monición  que  introduce  la  renovación  de  las  promesas bautismales  es  bien  elocuente,  tiene  reminiscencias  paulinas  y  rememora  lo  que significa  este rito: “Hermanos: Por  el Misterio  Pascual  hemos sido  sepultados con Cristo en el Bautismo, para que vivamos una Vida Nueva. Por tanto, terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del Santo Bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras y prometimos servir fielmente a Dios en la Santa Iglesia católica” (Cf. Misal Romano, nº 46.).

Nadie podía sospechar, en el momento de la restauración de los ritos de la Vigilia Pascual (1951), que este rito -el de la renovación de las promesas bautismales– iba a ser tan decisivo en la pedagogía de maduración en la fe de los procesos catecumenales. Nuestros  obispos  al  plantear  el  tema  de  la  catequesis  vivida  en  el  seno  de  una comunidad, hablarán de que el proceso catequético encuentra su meta en la profesión de fe y que este proceso “podrá concluirse o expresarse en la Vigilia Pascual de las comunidades cristianas con la profesión de fe y la renovación de los compromisos bautismales”. Una confirmación del realce que este rito tiene hoy para la Iglesia está en contemplar cómo la meta final del Camino Neocatecumenal es conducir a los neocatecúmenos a “renovar solemnemente las promesas bautismales en la Vigilia Pascual, presidida por el Obispo. En esta Liturgia visten túnicas blancas en recuerdo de su Bautismo” (SCN, Art. 21&2). Cada año, en las vigilias pascuales que se celebran en las catedrales de diócesis de todo el mundo, son muchos los neocatecúmenos que están viviendo, gozosamente, esta inolvidable experiencia; es el colofón al descubrimiento de la Vigilia Pascual como “el axis del Neocatecumenado, en cuanto redescubrimiento de la Iniciación Cristiana” (SCN, Art. 12&1).

En la antigüedad patrística todos estos ritos formaban una única acción ritual llamada Bautismo, que contaba con el don del Espíritu y abría la puerta al Banquete Eucarístico. En la Carta circular de la Congregación, sorprendentemente, al presentar la tercera parte de la Vigilia Pascual se centra sólo en el sacramento del Bautismo y no dice nada del sacramento de la Confirmación. En el RICA, en cambio, aparece claramente articulada la acción litúrgica en los tres sacramentos bien distinguidos – aunque complementarios-, pero juntos formando una unidad mayor, el gran Sacramento de la Iniciación Cristiana o, lo que es lo es lo mismo, el único Bautismo en Cristo que se desarrolla en el agua, en el Espíritu y en la Mesa de Comunión. No hubiera estado de más una alusión al sacramento de la Confirmación como plenitud del Bautismo ya que la celebración de éste está íntimamente ligada a la celebración del Bautismo como nos recuerda el RICA: “Este lazo significa la unidad del Misterio Pascual, la estrecha relación entre la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo y la unidad de los sacramentos con que el Hijo y el Espíritu vienen junto con el Padre a habitar en los bautizados” (nº 34). Por ello, inmediatamente después de los ritos complementarios del Bautismo, eliminando la unción postbautismal, se confiere la Confirmación  (nn. 35 y 227-231).

Como consecuencia lógica de cuanto venimos afirmando en relación con la centralidad bautismal de la Noche Pascual, no podía faltar la acción de gracias por el misterio bautismal que se ha renovado en la Pascua.  Los recién bautizados en la Vigilia Pascual han participado por primera vez y todos los demás cristianos han actualizado sacramentalmente su inserción en la nueva Vida de Cristo Resucitado. Por eso en el Prefacio II de Pascua se afirma cómo por el Bautismo “los hijos de la luz amanecen a la Vida Eterna y los creyentes atraviesan los umbrales del Reino de los cielos. Es la mejor ocasión para desarrollar la espiritualidad bautismal, basada en la Pascua, con todo su dinamismo renovador y la energía de la vida nueva que Cristo comunica a los creyentes.

d) Noche de la Comunión: La Eucaristía culmen y fuente

Una vez renacidos del agua y del Espíritu los neófitos y los bautizados que acaban de renovar las promesas bautismales son conducidos a la celebración de la Eucaristía, que “es la cuarta parte de la Vigilia y su punto culminante, porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la Pascua eterna” (Carta circular, nº 90). En este número, el documento romano define el significado que tiene la celebración de la Eucaristía como culmen de la Iniciación Cristiana (RICA, nº 36) dentro de la Noche Pascual y fuente de todas Eucaristías del Año Litúrgico, con seis notas o definiciones teológicas:

1ª)  La  celebración  de  la  Eucaristía  es  el  punto  culminante  de  la  Vigilia Pascual. Para esto se ha estado preparando la asamblea celebrante desde el inicio de la Cuaresma y, muy especialmente, dentro de la Semana Santa, con el Triduo Pascual con el que “la Iglesia celebra cada año los grandes misterios de la redención de los hombres desde la Misa vespertina del jueves en la Cena del Señor hasta las Vísperas del Domingo de Resurrección. Este período de tiempo se denomina justamente el triduo del crucificado, sepultado y resucitado; se llama también Triduo Pascual porque con su celebración se hace presente y se realiza el Misterio de la Pascua, es decir, el tránsito del Señor de este mundo al Padre. En esta celebración del Misterio, por medio de los signos litúrgicos y sacramentales, la Iglesia se une en íntima comunión con Cristo su Esposo” (nº 38). La Vigilia Pascual recapitula y contiene en síntesis todo el Misterio de Cristo. Por eso la antigüedad cristiana en los primeros siglos concentraba en esta celebración todo el Misterio Pascual del Señor. Para Jesús Castellano, “el Triduo Pascual en la actualidad, sin perder la unidad del Misterio, desglosa los tres acontecimientos que dan sentido pleno a la memoria de los sacramentos pascuales: la Pascua de la Cena, la Pascua de la Pasión, la Pascua de la Resurrección. Una concentración que finalmente tiene como punto de referencia a Aquél al que Pablo llama nuestra Pascua. Porque para los cristianos es Alguien y no algo, una persona y no sólo un acontecimiento. Por eso Gregorio Nacianceno decía en una de sus homilías: Pascua, yo me dirijo a ti como a una Persona viva”.

2ª) La Eucaristía es el sacramento pascual por excelencia. San Juan Pablo II afirma que “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial”. En efecto, con la actualización del memorial de la Pascua que Jesús nos mandó perpetuar en la Historia, cada vez que celebramos la Eucaristía. Él mismo nos da a gustar su vida celeste, divina e inmortal. La comunión con Jesucristo conduce a celebrar su presencia salvífica en los sacramentos y, particularmente, en la Eucaristía. Este sacramento, nos ha recordado el Catecismo de la Iglesia Católica, “es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la Liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. El memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos  del  pasado  sino  la  proclamación  de  las  maravillas  que  Dios  ha realizado a favor de los hombres.  En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen,  en  cierta  forma,  presentes  y  actuales.  De  esta  manera  Israel  entiende  su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos. El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en la que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención (LG, nº 3)” (nº 1362-1364). Tan importante es el rito de la comunión con el Cuerpo y la Sangre sacramental del Señor que la Carta circular de 1988 recomienda, encarecidamente, que en la Eucaristía de la Vigilia Pascual se comulgue, a ser posible, bajo las dos especies sacramentales del Cuerpo y de la Sangre del Señor (nº 92).

3ª) La Eucaristía, es el memorial del sacrificio de la Cruz. Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. En el Catecismo de la Iglesia Católica se explica con suficiente claridad el alcance de esta definición al decir que “el carácter  sacrificial  de  la  Eucaristía  se  manifiesta  en  las  palabras  mismas  de  la Institución: Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros y esta copa es la nueva Alianza  en  mi  sangre,  que  será  derramada  por  vosotros  (Lc  22,  19-20).  En  la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz y la sangre misma  que  derramó  por  muchos  para  remisión  de  los  pecados  (Mt  26,  28).  La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la Cruz, porque es su memorial y aplica su fruto. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio” (nn. 1365-1366). Pero, nadie mejor que San Juan Pablo II nos ha descrito el significado profundamente teológico y espiritual de la hora de nuestra Redención en la Cruz: “La agonía de Getsemaní ha sido la introducción a la agonía de la Cruz del Viernes Santo. La hora santa, la hora de la redención del mundo. Cuando se celebra la Eucaristía ante la tumba de Jesús, en Jerusalén, se retorna de modo casi tangible a su hora, la hora de la cruz y de la glorificación. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella” (EdE, nº 4).

4º) La Eucaristía es Presencia de Cristo resucitado. De nuevo, encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, la mejor explicación para comprender la Presencia Real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía: “El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos. En el santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero. Esta presencia se denomina real, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen reales, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (nº 1374).

5º) La Eucaristía es consumación de la Iniciación Cristiana. En efecto, la comunión plena con Jesucristo Resucitado se consuma en la celebración del sacramento de la Eucaristía. El lugar eclesial donde la profesión de fe -estrechamente vinculada al Bautismo y al Catecumenado bautismal- alcanza su expresión más alta en la celebración de la Eucaristía (Sacramentum Fidei). El RICA nos dice que la celebración completa de la iniciación concluye con la celebración de la Eucaristía, “en la cual los neófitos participan por primera vez con pleno derecho, y con la que culmina su iniciación. En ella, de hecho, los neófitos, promovidos a la dignidad del sacerdocio real, toman parte de las ofrendas al altar; se hacen partícipes de la acción del sacrificio, con toda la comunidad y devuelven el Padrenuestro, oración con la que manifiestan el espíritu de hijos de adopción, recibido con el Bautismo. Por fin, con la comunión en el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada, confirman los dones recibidos y saborean por anticipado los dones eternos” (nº 36).

6ª) La Eucaristía es la pregustación de la Pascua Eterna. Con la celebración del Banquete Eucarístico, en la Noche pascual, se llega al climax más alto de la expectación escatológica. Toda la asamblea, en cada Vigilia, nos dice la Carta circular  “espera la segunda Venida del Señor” (nº 80b), y, si no se consuma, como omega, como Parusía, es  decir,  como  lo  que  esperamos  anhelantes,  se  realiza,  se  hace  presente,  llega  a nosotros, en su forma sacramental real, tal y como se dice en el Catecismo de la Iglesia Católica: “En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura! Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de gracia y bendición, la Cena del Señor, es, también, la anticipación de la gloria celestial. La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la eucaristía mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo, pidiendo entrar en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor nuestro” (nn. 1402-1404). La Iglesia canta, en el segundo de los Prefacios Pascuales la vida nueva en Cristo, la condición escatológica que se ha realizado ya en la inmersión pascual con Cristo: “Por él, los hijos de la luz amanecen a la vida eterna, los creyentes atraviesan los umbrales del reino de los cielos; porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”. José Aldazabal afirma que “hasta la Reforma Litúrgica teníamos un prefacio de Pascua, uno de los más felices en su contenido y en su expresiva concisión. En el Misal Romano se han incluido ahora cuatro más, que amplían el tema de la victoria pascual de Cristo y pueden expresar válidamente las actitudes de los cristianos en la cincuentena pascual”.

La Eucaristía es Pascua perenne y escatológica en el encuentro sacramental con la Vida Nueva del Resucitado. A esta experiencia vital, pascual, espiritual y existencial, conduce la celebración eucarística de la Vigilia Pascual. Este es el motivo del gozo y la alegría desbordante que canta el Prefacio Pascual I en el que se actualiza, en el hoy de la celebración, el paso de la muerte a la vida nueva, no solamente de Él sino de todos los  miembros  de  su  Cuerpo  místico,  sacramental,  eclesial,  de  ahí  el  motivo  de  la alabanza pascual: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre Señor; pero más que nunca en esta noche en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Porque él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida”.

Son tan importantes cada una de las dimensiones que contiene el Mysterium Fidei, que la Carta circular pide al respecto lo siguiente: “Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que los acompañan alcancen toda su fuerza expresiva: la oración universal, en la que los neófitos participan por primera vez como fieles, ejercitando su sacerdocio real; la procesión de las ofrendas, en la que conviene que participen los neófitos, si los hay; la plegaria eucarística primera, segunda o tercera, a ser posible cantada, con sus embolismos propios; la comunión eucarística, que es el momento de la plena participación en el Misterio que se celebra” (nº 91). La celebración se cierra con la invitación pascual al final de la Eucaristía para llevar a todos el anuncio del Cristo Resucitado que ha vencido la muerte. Este es en verdad el día del Señor. El fundamento de nuestra fe. La experiencia decisiva que  la Iglesia, como Esposa unida al Esposo, recuerda y vive cada año, renovando su comunión con Él, en la Palabra y en los sacramentos de esta Noche. El nacimiento de Cristo a la Vida Nueva quiere producir el renacimiento de su comunidad y de cada uno de nosotros a esa  misma Vida Nueva que se nos da gratuitamente en la Pascua semanal al celebrar la Eucaristía “en el Domingo, día en que Cristo ha vencido la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal” (Memento de la Plegaria eucarística en el Día del Señor).

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