Salamanca 9 de Enero de 2009 

PEPE HA MUERTO EN EL AMBÓN

  

“He proclamado tu salvación ante la gran asamblea, no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes” (Sal 39, 10)

 Cuadro de texto:         Así morías tú, durante la celebración de las Laudes del viernes de la última semana de Navidad, antes del Domingo del Bautismo del Señor, proclamando la salvación, anunciando la VIDA ETERNA a casi cien hermanos, muchos de ellos jóvenes de Salamanca y de Segovia, que estaban presentes en la convivencia de Villagarcía. 

        Me comentó el padre Juanjo tus últimas palabras: “EXISTE LA VIDA ETERNA”. Te soltaste del ambón, te diste la media vuelta y susurraste: “Me he quedado en blanco, me mareo”. Y tu corazón se partió. Durante muchos años habías predicado con el corazón enfermo y ante el anuncio, con energía, de la Buena Nueva, no aguantó más y te fuiste con el Padre al Banquete Eterno.

         ¡Qué envidia, de la sana, nos has dado a todos!, al padre Juanjo, al equipo de catequistas, a mi comunidad!, ¡Quién pudiera morir anunciando a Nuestro Señor Jesucristo!

         Muchos hemos disfrutado con tu predicación. Matilde, mi hija, siempre decía: “éste muere en el ambón”. No solo prestaste la voz al Señor, también le diste todo tu cuerpo, alma y corazón. Ha sido todo un orgullo para nosotros, que fueras todo para Él.

         Ahora todo son recuerdos tuyos y me vienen a la memoria muchas anécdotas y momentos compartidos en común. Siempre entrabas en la tienda diciendo “Carlines, ¡qué grande es el Señor!, ¿Qué tal estás? ¿Qué tal sor Mati? Toda enamorada del Señor, ¡qué felicidad, qué grande es el Señor!”.

         Recuerdo en una convivencia en el seminario de Ávila, me quedé dormido y a la voz de “Carlos, Carlos, Carlines”, me despertaste y con tu sonrisa me hiciste ver que lo que allí se decía era tan importante que en ello me iba la vida, que el chupar banco era mejor dejarlo para otro momento. Solamente con la escucha de la Palabra y abriendo el corazón, puede entrar y hacerse vida en nosotros .

         Tu celo apostólico también te hacía sufrir. En un encuentro con los catequistas, dijiste: “Estoy triste por Carlos”; un hermano de comunidad dijo: “pues yo todo lo contrario, porque Carlos está aquí”, este solo vio la presencia, la razón; tú ibas más allá, tú querías que yo viera el encuentro con Cristo, que el amor de Dios en mi vida era lo que realmente merecía la pena, tú observabas que yo no estaba siendo fiel, y el que yo no disfrutara del amor de Dios, a ti te hacía sufrir. También te veía incómodo cuando catequizabas y, otro delante de tu predicación, se entretenía haciendo palomitas o pajaritas de papel.

         También te he visto radiante en la Eucaristía, en los Bautizos (en el bautizo de mi hijo Jesús, tu mujer Dora y Guadalupe fueron a mi casa a darnos la catequesis bautismales), en la entrada de Matilde en el convento...

         Bueno Pepe, échanos una mano, mi hija mayor va a formar una familia y los dos quieren que sea “santa”. Termino diciéndote que estamos orgullosos de la Iglesia y de nuestros catequistas y la mejor manera de agradecerte tu paso por nuestras vidas será que seamos perseverantes.

         Porque nos enseñáis a querer a la Iglesia, también observamos vuestra humanidad. ¿Sabes lo que digo? Ya he conocido a tres Santos: San José María, San Juan Pablo II y mi querido Pepe, “el día 1 de Noviembre también será San José Villar”.

         Siempre te recordaremos en casa: 

Carlos  De Luis

(El “de la tienda”)