Los mártires, testigos del amor de Cristo

  

            Os anuncio mi alegría de participar, si Dios quiere, junto con un grupo de fieles de nuestra diócesis, en la ceremonia de beatificación de los 498 mártires del siglo XX en España, el domingo 28 de octubre, en la plaza de San Pedro, en Roma. Doce de estos mártires son naturales de la Diócesis de Salamanca. 

            De los varios miles de hermanos en la fe que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX, 479 han sido ya beatificados en varias ceremonias a partir del año 1987; y once de ellos ya han sido canonizados como santos. 

            Para la celebración del 28 de octubre se han reunido 498 causas de beatificación, tramitadas durante años, de mártires que dieron su vida en diversos lugares de España en 1934, 1936 y 1937. Entre ellos hay obispos, sacerdotes diocesanos, numerosos religiosos y religiosas, seminaristas y seglares: jóvenes y casados, hombres y mujeres. Todos ellos tienen en común haber sido personas de fe y de oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; apóstoles valientes para confesar su condición de católicos; con fortaleza para rechazar las propuestas de salvar su vida a costa de su identidad cristiana y para soportar los malos tratos y torturas. A la hora de consumar el sacrificio perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos,  y proclamaron a Cristo como el único Señor. 

            Por este testimonio de fe y de amor, la Iglesia va a declarar solemnemente con su beatificación que murieron como testigos heroicos del amor de Cristo y han sido glorificados con Él (cf Ro 8, 17). 

            Los mártires están por encima de las trágicas circunstancias que los llevaron a la muerte. A lo largo del siglo XX España y Europa se vieron arrastradas por ideologías totalitarias, que fueron causa de terribles violencias e hicieron de nuevo de la Iglesia una Iglesia de mártires. Pero el testimonio de los mártires ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los perseguidores de la religión. Al morir perdonando por amor, a semejanza de Jesús (cf Lc 22, 51.81), fueron testigos de la victoria de la fe sobre el mundo (cf 1 Jn 5, 4) y discípulos capaces de anteponer a su propia vida el amor a Cristo y la obediencia a la ley evangélica, que garantiza la dignidad de la persona y es fuente de donde brota su auténtica libertad. Los mártires aparecen así como testigos de Cristo,  que nos hace libres para entregar la vida por amor (cf Gal 5,1.6), y son también causa y modelo de reconciliación y de paz. De esta manera, son un signo de esperanza en la capacidad del Evangelio  para iluminar las oscuridades de la historia humana y sanar el corazón del hombre. 

            Al beatificar a los mártires, la Iglesia no acusa a nadie, ni menos exige reparación histórica alguna; sólo pretende glorificar a Dios en aquellos que han vencido en la lucha contra el mal del mundo “por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, sin que el amor a su vida les hiciera temer la muerte” (Ap 12, 11). De esta forma, la Iglesia propone la vida y la muerte de los mártires como luz que brilla para todos los hombres en medio de las tinieblas del mundo y, en particular, nos sigue diciendo a sus hijos: “Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (cf Mt 5, 14-16). 

            Los mártires han corrido la suerte de su Maestro (cf Jn 15, 20; 16,1-4) y en ellos se hace actual siempre de nuevo la persecución y el martirio de Jesús (cf Hch 9, 4-5; Col 1,24). Para ellos, creer en Cristo y padecer por Él la muerte es una ganancia (cf Flp 1, 28-29), motivo de bienaventuranza (cf Mt 5, 10-11) y de alegría (cf 1 Pe 4, 13), y garantía de glorificación con Él (Ro 8, 17). 

            Los mártires son el signo más auténtico de la Iglesia, que vive en el mundo y en la historia de la humanidad, en fidelidad a su único Señor. Los mártires han podido ser cristianos más o menos frágiles y pecadores; pero en el momento decisivo han recibido la luz y la fortaleza del Espíritu Santo para aceptar con libertad y alegría ser perseguidos por ser discípulos de Cristo. Han dado testimonio vigoroso de su fe y de su amor incondicional a Jesucristo, anteponiéndolo incluso a su propia vida. Han sufrido y han muerto renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los maltrataron. Así son testigos de una humanidad nueva, que ha superado la fragilidad de la natural condición humana y nos invita a reconocer la fuerza transformadora de la gracia de Dios actuando en la debilidad de la historia humana. Por ello, los mártires son un canto a la gloria de Dios, como está llamada a serlo la vida de todos los miembros de la Iglesia. 

            La beatificación de los mártires nos invita a reavivar nuestro ideal de seguimiento de Cristo hasta llegar a alegrarnos porque compartimos sus padecimientos (cf 1 Pe 4, 13) y cuidando cada día, en comunión con Él, la disponibilidad para una fidelidad heroica. Perdiendo cada día nuestra vida por el Señor (cf Mt 16, 25), en fidelidad a su Evangelio, somos semilla de verdad en el amor, para la reconciliación, la libertad y la paz en nuestra sociedad.