TESTIMONIO: LOS CONTEMPLATIVOS, LENGUAJE DE DIOS

  

Hace ya unos días celebrábamos la Santísima Trinidad y en la celebración litúrgica de Vísperas, Mercedes Marcos, contaba este precioso testimonio que ahora queremos compartir con todos vosotros: 

Buenas tardes. Me llamo Mercedes y soy lingüista. Esta profesión no es la que justifica mi presencia en esta celebración litúrgica en favor de los contemplativos y las contemplativas, pero sí la que “ tiene la culpa ” de que haya podido conocer de cerca a varias comunidades de contemplativas y de que haya podido enriquecer mi vida personal con su contacto.

Como saben, el trabajo de un lingüista consiste en estudiar el lenguaje, en desentrañar el significado y el uso de las palabras. Hace diez años, en 1997, yo estaba embarcada en un proyecto de investigación que llevaba por título “El lenguaje de la clausura”. El objetivo del proyecto era recoger todo el vocabulario específico del ámbito monástico, el vocabulario concerniente a los espacios físicos – por poner un ejemplo: locutorio, refectorio, etc. -y a las actividades propias de la cotidianeidad de un convento. No quería basar mi estudio sobre textos literarios sino sobre la lengua viva de las monjas, lo que me obligó a llamar a las puertas –al torno, en muchos casos- de diferentes conventos. Y yo no conocía a nadie en el interior de ninguno. En esto estaba como casi todo el mundo en las ciudades en que hay conventos. Veía a diario las tapias, las espadañas, las puertas... y se me antojaba que era imposible penetrar en ellos. En el fondo, como para muchos, el simple hecho de traspasar una cancela y acercarme al torno era como traspasar la puerta del misterio, una aventura emocionante. Pero había que buscar las palabras, así que - ¡todo sea por la ciencia!- como he dicho, me acerqué a los conventos con los cuestionarios léxicos en la mano. Después de este tiempo, me veo como una más de esas personas que ahora se interesan por los monasterios como depósitos de arte, de arquitectura, de documentos, en definitiva de un patrimonio cultural que, sin duda, es interesante en sí mismo y muy digno de estudio, pero que deja al margen de su interés a las personas de carne y hueso que los habitan. Y eso fue lo que encontré, personas. Unas mujeres que hablaban conmigo a través de una reja, que contestaban a mis cuestionarios con mucha paciencia, pero que, sobre todo, transmitían paz, sencillez y una alegría como no había visto nunca en ningún otro lado. Esa alegría me fascinaba. Los ratos de locutorio se me hacían muy cortos, y, después, ya en casa, recordaba alguna de sus frases, anécdotas, comentarios, palabras que no tenían nada que ver con mi trabajo, pero que iban encendiendo mi corazón y descubriendo una realidad nueva.

Como los discípulos del Evangelio, como muchos en muchos momentos de la vida, yo había hecho más de una vez esta pregunta: “Maestro, ¿dónde vives?” y era como si en ese momento me contestara: “Ven y lo verás, acércate a la reja, observa cómo son y cómo viven estas mujeres y lo verás”. Las conversaciones en el locutorio cada vez tenían menos carácter lingüístico. Para abreviar diré que yo había venido a buscar palabras y acabé encontrando la Palabra, con mayúsculas. Porque, sí, tiene razón el lema de este año: los contemplativos son lenguaje de Dios. No son el único lenguaje de Dios, eso lo sabemos bien, pero sí una parte importante dado que ellos dedican toda su vida a la escucha atenta de Dios en el silencio de sus claustros, y en el silencio más profundo de su corazón. Del silencio que a nosotros- los que vivimos extramuros de todo castillo interior- nos abruma y acongoja, ellos y ellas –los contemplativos- extraen la música callada que acompasa sus vidas y las sosiega, extraen los tesoros de la sabiduría de Dios, los saborean, los hacen suyos y –como de la abundancia del corazón habla la boca- los interpretan generosamente, después, para nosotros. Sus vidas son para quien las observa, materialización de las palabras divinas. La vida oculta en Dios no puede permanecer oculta, ni el silencio puede permanecer callado. Su silencio es elocuente. En el contacto con las contemplativas – por encima de la diferencia de carismas y de las características personales de cada monja con nombre y apellidos con las que trato- yo me he enriquecido con todo un diccionario vivo, experimentado. Estas palabras vivas y experimentadas han supuesto un cambio en mi vida: de ellas he aprendido que también en el día a día de la familia y del trabajo uno puede irse construyendo un espacio interior de intimidad con Dios. De alguna manera, pues, fuera del claustro, todos podemos tener nuestra parcela de contemplación.

Algunas de las palabras de este diccionario son:

» Acogida: la menciono en primer lugar no sólo porque es la primera por orden alfabético, sino porque sin ella no hubiera podido acceder a toda la riqueza que encierra la vida contemplativa. Las monjas me acogen y acogen al que se acerca a ellas con una atención y una delicadeza que sólo puede venir del Padre. Gracias a esta acogida compartimos su:

» Adoración                                                                        » Hospitalidad

» Alabanza                                                                          » Humildad

» Alegría                                                                              » Limosna

» Amor de Dios                                                                    » Liturgia de las Horas

» Bondad                                                                            » Llama (de amor viva)

» Consejo                                                                           » ORACIÓN

» Consuelo                                                                           » Paciencia

» CONTEMPLACIÓN                                                       » Penitencia

» Devoción                                                                           » Sacrificio

» Espiritualidad                                                                     » Serenidad

» Fidelidad                                                                          » Silencio

» Fraternidad                                                                        » Soledad

» Generosidad                                                                      » Vísperas.

» Gozo

De todas ellas – todas, en realidad, relacionadas entre sí-, ORACION Y CONTEMPLACIÓN, no hace falta que me extienda en ello, son las más importantes, las que dan sentido a estas vidas entregadas al servicio de Dios, por las que ahora, en estas Vísperas solemnes pido una oración. Acompáñenme en ella:

Trinidad Santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te damos gracias de todo corazón por el don inestimable de la vida contemplativa. Te damos gracias por los hombres y mujeres que, en medio del mundo pero ocultos del mundo, se hacen mediadores entre Tú y nosotros, alcanzando, mediante su intercesión, las gracias que necesitamos. Pedimos para ellos abundancia de vocaciones, fidelidad y perseverancia. Que por el misterio del cuerpo místico nos hagamos, con ellos, merecedores de poder cantar tus alabanzas eternamente. Así sea.