¡Cómo no dar gracias a Dios¡

Experiencia de Carlos  (padre de sor Matilde de Jesucristo)

 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales en la persona de Cristo” (Ef 1.3). 

         Bendito sea el Señor porque nos hace gustar de las mieles de su salvación. Esto es lo que estamos viviendo en estos momentos en el seno de mi familia: saber que nuestros hijos están en la Iglesia haciendo la volunta de Dios. 

         Como mi hija Matilde que, desde su toma de hábito, se llama sor Matilde de Jesucristo. El nombre de “Matilde” es germánico y quiere decir soldado, por lo que estamos orgullosos, usamos el doble sentido, tenemos una SOLDADO DE JESUCRISTO. El Señor la ha llamado a la vida contemplativa, a desposarse con Él, y ella no lo ha dudado y ha dicho que sí abrazándose a sus hermanas Clarisas Franciscas Descalzas, una a una, para vivir con ellas, en esta pequeña comunidad, esta Gracia de Dios. 

         No he perdido a una hija, ahora tengo quince más. La alegría que uno siente con ellas es inmensa. Rebosan alegría y paz porque en su corazón hay paz, no en vano, se han enamorado del mejor hombre: JESUCRISTO, el que nunca falla, y el que mejor corresponde a ese amor. ¡Éste sí que llena el corazón!. 

         Ha sido un alegría ver a Matilde, nuestra hija, desde pequeña, con sus padres y hermanos, siempre dentro de la Iglesia, madurando la experiencia de la fe en una comunidad neocatecumenal. Pronto sintió la llamada a escuchar las catequesis con las que  inició el Camino Neocatecumenal, dentro de la Parroquia de Cristo Rey, muy acompañada  por el celo apostólico de su párroco, Don Sebastián Peña, que recientemente ha sido llamado por el Señor a vivir eternamente con Él en el Cielo. 

         Matilde, nuestra hija,  a la que tanto le gusta jugar al fútbol, comienza a vivir de la Palabra, de la Eucaristía y de la Comunidad. Muy pronto comenzó a dar muestras de su “gallardía”: supo poner a Dios en primer lugar, antes que unos exámenes, considerados muy importantes por su profesora. Ella no vaciló y puso su tiempo, primero, al servicio de la evangelización, saliendo con otra hermana de su Comunidad a anunciar el Evangelio por las casas del barrio; después, dedicó otro tiempo a estudiar. 

         Entró en el ejército y siempre estuvo alegre y contenta, incluso cuando le tocó formar parte de la expedición que estuvo en Kósovo. En esta misión, anunció a Jesucristo y todos los mandos y compañeros sabían de sus “encuentros” con Juan Pablo II y Benedicto XVI, con motivo de las  Jornadas Mundiales de la Juventud. Me decía un sargento, compañero de mi hija, que no le había sorprendido nada la decisión que había tomado de ingresar en un convento. El capitán, en la despedida, la aleccionó diciéndole: “no dudo que serás tan buena soldado de Cristo como lo has sido  del ejército”. Y, su coronel, orgulloso y emocionado el día de la toma de hábito, quiso agradecer su decisión con un beso. 

         Con todo esto, ¿qué queréis que os diga? ¿cómo no vamos a estar orgullosos con lo que Dios nos ha regalado?. 

         Mi hija ya viste de monja clarisa francisca descalza. En la celebración de su toma de hábito, se desprendió del uniforme militar que tanto había anhelado, para tomar el de la vida consagrada, con una alegría que se transmitía a los que estábamos allí presentes. Verdaderamente, hija mía, ¡estás preciosa!. 

         Para alabanza de la gloria de su Gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef. 1,6). Así es: un momento con ellas en el locutorio se te hace muy corto, el tiempo paso muy rápido. Se está bien con ellas porque están enamoradas, sus ojos les brillan, y la voz delicada, acostumbradas a tratar con dulzura a quien tanto aman. Todo les parece bien, sólo el Señor les vasta. Desprendidas de todo, sólo se preocupan de la conversión de los demás. Viven  para el Amado, dice mi hija: “me voy con mi Amado”. Viven de la Palabra, la hacen vida en su vida; de la Eucaristía, haciéndose Cristo; y de la Comunidad,  amando  a  cada una de las hermanas como si fuera al mismo Jesucristo, compartiendo todas sus alegrías. 

         Y, por todo esto, mi familia y yo, alabamos y bendecimos a Dios por habernos permitido escoger lo mejor: “ESTAR DENTRO DE LA IGLESIA”. ¡Viva la Virgen María!. Santa María Madre del Amor Hermoso, ruega por nosotros.

 Carlos (Padre de sor Matilde de Jesucristo)