CARMEN PEÑA TAPIA

(Experiencia de una vida entregada al Sacerdocio)

A la hora de poner por escrito las vivencias y experiencias de una   vida compartida durante 46 años al lado de mi hermano Sebastián Peña (Sacerdote), tengo que confesar que no me resulta nada fácil. Pero con todo y con eso, quiero compartir con todos/as los lectores de nuestra Revista lo que el Señor me ha permitido descubrir a lo largo de toda una vida entregada al Sacerdocio, acompañando y sirviendo, desde nuestra vocación eclesial, en el ejercicio del ministerio pastoral y sacerdotal de mi hermano Sebastián. 

1.     Mi vocación brota en el seno de una familia rural piadosa y sencilla 

            Nací en una familia piadosa en San Martín del Castañar, en la Sierra de Francia, en la provincia de Salamanca, soy la tercera de cuatro hermanos, la única mujer y ya, desde pequeña, recuerdo que en casa, mi abuelo y familiares me repetían constantemente: “tú, Carmen vivirás con tu hermano cuando sea sacerdote”. A mí, aquellas palabras, no me gustaban mucho escucharlas, yo  tenía otros planes, y, además, no veía la importancia de irme a   vivir con él. Sin embargo, todo iba a cambiar cuando cayó en mis manos un Boletín de nuestro Instituto en el que aparecía un artículo titulado Siguiendo al Maestro. Cuando acabé de leerlo, me dije a mí misma: “esto es lo mío, puedo estar consagrada y colaborar en la misión pastoral con mi hermano sacerdote”. A partir de aquel día, ya no he vuelto a dudar de la vocación y de la misión que el Padre del Cielo tenía preparada para mi desde toda la eternidad. 

            A los 20 años salí de mi casa paterna y me fui a vivir con  Sebas, mi hermano, con el  que he permanecido 46 años hasta el momento de su muerte, que tuvo lugar el pasado 28 de Agosto de 2006. ¡Cuántos recuerdos se me vienen ahora a la memoria! ¡Cuánta gracia derramada por el Señor en mi corazón! ¡Cuántas noches oscuras, también, y cuántas veces, deseos de arrojar la toalla! Pero en estos momentos, lo que de mi corazón brota es un canto, un magnificat al Dios de la llamada por todos los dones y gracias que he podido compartir y vivir junto a mi hermano Sebastián en el servicio ministerial de su sacerdocio: ha sido una vida entregada al servicio de todos, y esto me alegra, niños, jóvenes y mayores, a todos he intentado servir desde la oración, la acogida, el trato cercano y la casa siempre abierta. Puedo decir, mirando hacia atrás, que me he sentido muy contenta y a gusto en cada una de las parroquias en donde mi hermano ha ejercido su tarea pastoral. El carisma de nuestro Instituto “Todo por los elegidos, para que ellos sean santificados” me ha sostenido y mantenido en los momentos de prueba y oscuridad. Unida al Señor, junto a la cruz, he podido orar por los sacerdotes y también vivir la corrección fraterna con ellos y juntos a ellos, encontrando siempre en la Eucaristía la fuerza para el servicio en la misión y la gracia permanente para vivir con un espíritu de comunión. En la Eucaristía y en la Palabra, he encontrado siempre la fuente viva para refrescar mi espíritu y, la luz necesaria, para vivir una espiritualidad de entrega y servicio en las parroquias a favor de los hermanos que Dios ha ido poniendo en mi camino.  

2.     Una vida itinerante por las parroquias de la Diócesis de Salamanca 

El primer pueblo y la primera parroquia donde viví se llama Cerezal de Puertas, era un pueblo muy pequeño pero con unos feligreses muy grandes en gratuidad y generosidad. La casa parroquial era el centro de la vida social y eclesial de la localidad: allí nos reuníamos con los niños/as para la catequesis, con los jóvenes para las meriendas y ensayos de las obras de teatro y con los adultos para jugar a las cartas; vivíamos como una gran familia, fueron unos años muy felices, entonces no había agua corriente en las casas y todo era muy precario, sin embargo la humanidad y la anchura de los corazones era muy grande. Todavía hoy mantengo muy buenas relaciones con aquellos feligreses que no han olvidado la experiencia de aquellos años felices.

 En el siguiente pueblo y parroquia, Las Veguillas, viví nuevas experiencias, también muy ricas y entrañables, destaco en este momento, lo que supuso por aquellos años, el contacto con otros sacerdotes y algún que otro profesor que venían a casa donde las tertulias eran muy frecuentes y en las que se abordaban siempre temas muy candentes: la recepción del Concilio, las secularizaciones de algunos sacerdotes, que se empezaban a producir. En esta parroquia, también, me inicié en las tareas de la catequesis con niños, trabajé junto a las mujeres del pueblo en la limpieza de la Iglesia y , con ellas, dedicaba también algún tiempo al ensayo de cantos.

 De Las Veguillas a Armenteros. Es este un pueblo pequeño pero que cuenta con un colegio muy grande que alberga a cerca de mil alumnos. Allí entramos en contacto con la pastoral juvenil. Mi hermano servía en la parroquia y, al mismo tiempo, ayudaba en las tareas educativas con los muchachos/as en el colegio. En esta parroquia empezamos a trabajar la pastoral del tiempo libre, los campamentos que en los años sucesivos iba a ser tan importante en el ejercicio ministerial y pastoral de mi hermano Sebas.

 De Armenteros nos fuimos a Guijuelo, un pueblo de mayor entidad y con más retos pastorales por la cantidad de niños y jóvenes con los que nos encontramos. Mi hermano fue nombrado director de la residencia del Instituto, recién inaugurado en Guijuelo. Será aquí donde empecé a trabajar en los campamentos de verano con niños y jóvenes. Mi tarea era la de ser cocinera de todos, la vocación de sierva se aterriza muy bien cuando de lo que se trata es servir, pues bien, la experiencia de los campamentos, ha sido providencial en este sentido.

 Tras nuestra estancia en Guijuelo mi hermano fue nombrado párroco del pueblo de Alaraz donde vivimos 14 años. En esta parroquia vivimos experiencias muy profundas y entrañables, fue un tiempo muy bueno y muy pleno. Aquí trabajé a fondo la catequesis de niños/as, fui costurera y modista para las obras de teatro que cada años se hacían en la parroquia, serví de cocinera en cuantos campamentos de verano hicimos, llevaba la liturgia de la iglesia, etc. Como experiencia que marcaría también de un modo muy intenso mi vida, aquí mi hermano inició en la parroquia el Camino Neocatecumenal y, con sorpresa y agradecimiento, vivimos la experiencia de ser hermanos entre hermanos con los feligreses de la parroquia  recorriendo juntos el itinerario de maduración en la fe que es el Camino Neocatecumenal (¡como no recordar nuestras primeras vigilias pascuales durante toda la noche y la alegría de las convivencias mensuales con aquellos/as hermanos/as!). 

    Cuando estábamos tan felices en esta parroquia, Don Mauro –el obispo de nuestra Diócesis en aquel momento- pidió a mi hermano que se hiciera cargo de la parroquia de Cristo Rey de Salamanca, donde había fallecido el párroco y en la que había cuatro comunidades neocatecumenales. Será aquí, en Salamanca, donde he vivido con mi hermano la última etapa de su vida y la penúltima mía. Ha sido aquí, en esta parroquia, donde he seguido madurando la fe junto a otros hermanos de comunidad. Ha sido también, en Salamanca, donde he sentido muy de cerca la comunión con otras hermanas, siervas como yo, en la vocación eclesial, que el Señor nos ha confiado dentro de su Iglesia. Y, ha sido aquí, en la parroquia de Cristo Rey, donde el Señor ha querido que viviera la enfermedad, la muerte y la pascua de mi hermano Sebastián, rodeada de mis hermanos, cuñada y sobrinos (Fernando y Pedro, Chani, Julio y Mª Teresa), de la Comunidad y de los feligreses de la Parroquia. Todos se han volcado en cercanía, atenciones para conmigo y para con mi hermano.  

  1. Junto  a la cruz de la enfermedad de mi hermano Sebastián

     A comienzos de mayo del 2005 se le detectó un tumor cerebral agresivo a mi hermano Sebas. Nos dimos cuenta de su enfermedad haciendo senderismo con los niños de catequesis. De pronto, aparecieron los síntomas: cansancio, no poder caminar lo que nos alarmó hasta el punto de traerlo a urgencias, en Salamanca para que lo vieran. El diagnóstico desde el principio fue muy claro: tiene un tumor maligno, le quedan pocos meses de vida, hay que intervenir para poder paliar el mal. Podéis imaginar la preocupación y el susto para todos. Yo, desde el mismo instante en que nos enteramos de la gravedad, comencé a pedir al Padre Juan el milagro de su curación, como se que hicisteis todas, por lo que os doy las gracias. Sin embargo, el mayor milagro que el Padre Juan ha hecho por nosotros (mi familia), ha sido la  aceptación, desde la voluntad de Dios, de la situación  de la enfermedad de Sebastián. A mi hermano, le comunicamos la verdad y la gravedad de su enfermedad y, desde el mismo instante  que lo supo, nos dijo: “No lloréis por mi, rezad para que pueda vivir con paz y serenidad mi enfermedad haciendo la voluntad del Señor”. El tiempo que el Padre del Cielo nos ha concedido vivir junto a la cruz de la enfermedad de mi hermano, ha sido un tiempo de gracia para todos, para él , en primer lugar, que ha dado un testimonio bellísimo de fe en el Señor y de esperanza en la Resurrección ante todos los amigos sacerdotes y ante la parroquia entera; para mí, como sierva, ha sido un tiempo dedicado a él plenamente y nunca he rezado tanto con él, para que él pudiera rezar; llevando a mi hermano en una silla de ruedas a todas las celebraciones y eucaristías para que él pudiera vivir su ministerio plenamente como pastor, como nos dijo en la homilía del día de Cristo Rey del año pasado: “Si yo soy el pastor y el Señor me está llamando el primero y llevo 19 años con vosotros, si vosotros no venís conmigo, no he estado haciendo nada aquí”.

 Podría contar y contar tantos momentos entrañables que no acabaría,   pero por resaltar algunos aspectos que me parecen realmente reseñables, nos impresionó a todos, cómo en Navidad del año pasado, Sebas nos dijo que quería preparar su entierro y así fue: eligió las lecturas, los cantos, hablamos con él de su muerte, dónde quería ser enterrado y todo lo dejó por escrito. Firmó también su testamento vital y se lo iba entregando a cuantos sacerdotes le visitaban, decía: “esta es la forma que tengo ahora de evangelizar”.

 Sí, el Señor, a través de le enfermedad, hizo a mi hermano como un niño pequeño en todo. Ha sido un año lleno de gracias y de dicha: lo hemos querido y disfrutado, nos hemos reído con él como nunca. Ha sido para nosotros (mis hermanos y para mí también) una gracia del Cielo, la presencia y ayuda de Juanjo, el sacerdote que Don Carlos (nuestros obispo) nombró como Administrador diocesano para ayudar en este tiempo a mi hermano. Juanjo ha vivido en nuestra casa, ha compartido conmigo los momentos de alegría y sufrimiento de esta misión durante los 15 meses de enfermedad de Sebas, ha sido un consuelo del Señor tenerle cerca y una gran fortaleza para mi hermano con el que hemos celebrado el Sacramento de la Unción rodeado de todos los hermanos y sobrinos.

 La muerte de Sebastián tuvo lugar el 28 de Agosto a las 12 de la mañana, murió en mis brazos como un niño pequeño. Las celebraciones de su pascua, fueron, como él había querido, un testimonio pascual de fe y esperanza en la Resurrección: su cuerpo fue velado durante toda la noche en el templo parroquial. Jamás podré olvidar en esa noche llena de dolor, pero un dolor aquietado y pacificado por el resplandor de la luz pascual, la oración de los misterios íntegros del Rosario, la contemplación del Vía Crucis, la lectura continuada de todo el Evangelio de San Marcos, los cantos pascuales de los salmistas de las comunidades..., han dejado en todos un recuerdo imborrable. Al día siguiente tuvieron lugar en nuestro pueblo natal, San Martín del Castañar, su funeral y posterior entierro. Fue otro motivo de gozo pascual, la presencia de Don Ricardo, el obispo de Bilbao, amigo entrañable de mi hermano y la presidencia de la celebración por parte de Don Carlos, obispo de nuestra diócesis, rodeado por más de 60 sacerdotes, junto a una iglesia abarrotada de feligreses, fue la expresión emocionada de un adiós a un sacerdote que había ejercido el ministerio pastoral durante 46 años, y de los que yo, su hermana, he sido una testigo excepcional, desde el carisma de sierva al que el Señor me llamó desde muy pequeña en el seno de una familia sencilla y piadosa   de un pueblo rural de la Sierra de Francia en Salamanca.

 Mi hermano se ha ido al Cielo, y el Señor me llama a mi a Madrid. A partir de este momento, se abre una nueva etapa de mi vida. Me he puesto al servicio del Instituto para llevar adelante la misión que el Padre del Cielo me encomienda. Espero poderla realizar con la ayuda del Señor y vuestras oraciones. Gracias de nuevo, por vuestra oración, cercanía y cariño que me habéis manifestado, cada una de vosotras, durante este último tiempo. Están rotas mis ataduras, pagadas mis deudas, me voy con el Señor a todas partes (por de pronto a Madrid, allí nos veremos).                   

                                                                 Carmen Peña Tapia