La familia, antídoto contra la muerte

¿Dónde encontrar el sentido de la vida en medio de la inestabilidad psicológica que origina la amenaza de la muerte? Una familia con fuertes lazos afectivos, transmisora de valores morales y fortalecida por la experiencia cristiana, puede hacer frente hoy al dolor de la muerte en un contexto secularizado que impide situarse con serenidad y esperanza ante tan destructor poder

Familia y oraciónLa vida familiar armónica (aquella en la que la reconciliación y la comunicación sincera entre sus miembros, jóvenes y ancianos, constituyen parte sustancial de su cotidianidad) expresa de modo especial un hecho antropológico de difícil negación: el amor es el núcleo y el sentido de la existencia humana. Soy alguien porque he sido amado por otros, y, a través del amor de los padres y de los hermanos, adquiero conciencia de mi ser y de mi dignidad; me siento querido gratuita y desinteresadamente. He aquí la experiencia antropológica que constituye la fuente de la plenitud humana: quien no conoce el amor, no conoce la felicidad. Pero es claro que la muerte, al cortar físicamente los lazos que nos unen, se nos manifiesta también como una amenaza para nuestra felicidad. Sin embargo, la cercanía de la muerte en tantas ocasiones fortalece los lazos afectivos, si no físicamente, al menos psíquica, moral y espiritualmente. ¿Por qué? Porque la muerte misma nos enseña de modo brusco, doloroso y dramático aquello que toda familia, siendo una realidad comunitaria, procura transmitir a sus miembros: el amor interpersonal es la fuente de la felicidad.

La muerte, por paradójico que resulte, nos desvela con una potencia inaudita lo más valioso de la vida humana, nos ilumina lo que de verdad importa por sí mismo (las personas) y lo que sólo interesa como mero medio (los bienes). La cercanía de la muerte -imaginemos que dentro de unos días vamos a morir- otorga a nuestra vida una luz especial sobre aquello que más íntimamente nos constituye: el deseo de amar y ser amado. Esto que nos enseña la propia muerte, al ser tan temida por nosotros, coincide con aquello que la familia nos transmite poco a poco a través del proceso de la educación: la absoluta primacía de las personas sobre cualquier otra realidad de este mundo. ¿Por qué podemos afirmar que coincide la enseñanza de la muerte con lo que aprendemos esencialmente en el seno de la familia? Porque aquello que más nos duele del morir ajeno es constatar de un modo un tanto inexplicable que la persona amada deja de ser definitivamente un alguien físico ante mí; y lo que más duele de mi propia muerte es que con ella dejaré de ser un alguien físico para quienes me aman. La muerte, pues, comporta algo así como un valor pedagógico: nos enseña a percatarnos, sin duda, con sufrimiento, de que vivir auténticamente consiste, sobre todo, en amar a otras personas. E, igualmente, la familia cumple su misión cuando llega a ser una comunidad de afecto en la que cada persona es una alguien con identidad y valor incondicionales. Por eso, cabe afirmar que lo tremendo del morir radica en que se nos revela como una fuerza irracional opuesta a nuestra voluntad de amar.

Comunidad de afecto

La familia, en tanto que comunidad de afecto, nos ha transmitido sensiblemente que, para ser feliz, lo que de verdad necesitamos es de las demás personas, no para utilizarlas como medios con el fin de obtener dinero, servicios, placeres, sino para ser amadas por sí mismas, por lo que son, no por lo que valen o tienen. La felicidad constituye la plenitud de la vida humana, y ésta depende esencialmente de las relaciones interpersonales. Pero la muerte se nos revela con especial poder exterminador: destruye a nuestros seres queridos y a nosotros mismos en tanto que amados por otros. Parece, pues, el mayor obstáculo para la felicidad humana.

Aunque la sociedad secularizada y tecnologizada impide las preguntas filosóficas y religiosas más genuinas, cabe afirmar que las dimensiones pragmáticas y económicas de nuestras vidas -que absorben en gran medida el transcurrir de lo cotidiano- no pueden detener la real e imparable persecución de la muerte, que provocará, pronto o tarde, el resurgir del anhelo de sentido en cada uno de los miembros de una familia herida por el dolor que aquella presencia amenazante suele originar. En este resurgimiento de las preguntas existenciales más profundas, desempeñan un papel clave, frente al anonimato y la masificación de las aglomeraciones urbanas, los enfoques pastorales capaces de revitalizar una fe cristiana compartida en pequeñas comunidades parroquiales, donde la relación espiritual y humana sea siempre face to face, e igualmente fomentadores de una vida familiar a semejanza de lo denominado por el Concilio Vaticano II como  Iglesia  doméstica (ámbito afectivo y litúrgico). Las preguntas por el sentido en dicho ámbito emergen explícita o implícitamente durante el diálogo sincero entre padres e hijos, ya sea sobre los contenidos de la fe cristiana, ya sobre el devenir de los asuntos cotidianos.
La experiencia de la muerte en el seno de la familia posibilita, pues, la pregunta por el sentido y la apertura a la trascendencia, dimensiones espirituales de la vida humana que el proceso laicista, a pesar de su difusión mediática, no puede sofocar del todo. ¿Por qué? Porque el hombre, hoy como ayer, se debate constantemente en su interior entre el anhelo de amar y el miedo a morir, tensión que origina preguntas que la fe cristiana ilumina.

Enrique Bonete.