EL ARTE DE SABER DESCANSAR

El arte de saber descansarVenid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco” (Mc 6,31). Esta invitación de Jesús a tomarnos un merecido descanso, después de la dura brega del trabajo cotidiano, me da pie a esta sencilla reflexión en torno a la necesidad y el deber que todos tenemos de vivir unos días de descanso.

Estamos en tiempo de vacaciones y el descansar de las actividades ordinarias que venimos realizando a lo largo del año (trabajo, estudios, etc) se presenta como una “tarea” necesaria. Dios mismo al terminar su obra creadora se tomó un día (el sabbat) para descansar: “Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él cesó Dios toda la tarea creadora que había realizado” (Gn 1,31). El sábado (sabbat) es una institución divina: el mismo Dios ha descansado (sabat) ese día. Hoy, vemos a Jesús, también, recomendándonos la necesidad de retirarnos a un sitio tranquilo para reponer fuerzas.

Si el trabajo es un derecho al que toda persona debe tener acceso, no lo es menos el descanso. El ritmo frenético y competitivo al que hoy nos vemos sumergidos en la sociedad actual, hace más necesario que nunca encontrar, espacios, tiempos y lugares donde poder cambiar de actividad y creativamente dedicarnos hacer cosas y desarrollar  tareas que normalmente no estamos en disposición de realizar. De aquí la importancia de fijar en nuestros calendarios algún tiempo para el descanso.

En un lugar idílico y propio para el descanso y la meditación como es el “desierto de las Batuecas”, hay escrita una frase lapidaria de San Juan de la Cruz que nos da una “clave” para vivir en el descanso, que no es fácil. La frase en cuestión reza así: “El que anda en amor ni cansa, ni se cansa”, a la que habría que añadir también su contrapunto: “El que no anda en amor ni descansa ni deja descansar”.

 ¿Cómo andar en amor para vivir el secreto del descanso? Jesús nos da la clave: viviendo en humildad y disfrutando con gratuidad de todos los bienes que Dios ha puesto a nuestro alcance: saber retirarse a la montaña y dejarse acariciar por el aire puro de un cielo no contaminado; visitar pueblos y rincones de nuestro mundo rural que son testigos de un rico patrimonio humano, cultural y religioso en donde las piedras y los ancianos, que aún quedan en nuestras aldeas, todavía nos hablan de la importancia del silencio, del encuentro sin prisas y de la conversación amena al abrigo de un buen árbol centenario; el compartir unos días con la familia, con los hijos y abuelos en la  playa dedicándoles el tiempo que les hurtamos en el transcurso de nuestra vida loca y acelerada; el retiro en un monasterio compartiendo liturgia, oración y cercanía con los monjes y las monjas, testigos del Absoluto y de la sonoridad del silencio; el permanecer en la ciudad disfrutando del rico patrimonio cultural, artístico y religioso tantas veces desconocido para los propios habitantes del lugar; la dedicación a la lectura de un libro que nos deje un hondo poso en el alma. Todas estas actividades y tareas son saludables y recomendables para todos y, sin duda alguna, contribuirán a sofocar preocupaciones, a curar  estreses y a rehacer relaciones.

Saber descansar no es fácil, saber guardar silencio es muy difícil, aprender a compartir tiempo gratuito con la familia, con los hijos y los amigos es todo un arte, vivir gozosamente el “tiempo vacacional” requiere una pedagogía sabía para valorar los tiempos, los lugares y las personas. Jesús nos invita a DESCANSAR y él mismo nos dice dónde está el secreto de este regalo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

 

Juanjo Calles Garzón
(Sacerdote)