ENCUENTRO DE LOS MOVIMIENTOS Y NUEVAS COMUNIDADES CON EL PAPA BENEDICTO XVI


Santa Sede
Benedicto XVI se encuentra con más de 400.000 miembros de nuevos movimientos
 
«Regina Caeli»
Benedicto XVI: La Iglesia es un solo movimiento

Documentación
Homilía de Benedicto XVI en la misa de Pentecostés
Presentación del secretario del Consejo para los Laicos del encuentro del Papa con los movimientos
Saludo al Papa del presidente del Consejo para los Laicos en la Vigilia de Pentecostés
Mensaje de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, en nombre de los movimientos
Intervención del fundador de la Comunidad de San Egidio en el encuentro con el Papa
Intervención del presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación
Intervención del iniciador del Camino Neocatecumenal en el encuentro con el Papa
Palabras de agradecimiento al Papa del fundador del Movimiento de Vida Cristiana
Agradecimiento al Papa de una testigo de los inicios de la Renovación Carismática Católica

Santa Sede

Benedicto XVI se encuentra con más de 400.000 miembros de nuevos movimientos
En la vigilia de Pentecostés, en la plaza de San Pedro del Vaticano

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- El encuentro de Benedicto XVI con más de 400.000 miembros de nuevos movimientos y comunidades eclesiales, que tuvo lugar en la tarde de este sábado, se convirtió en una manifestación de la unidad en la diversidad propia de la Iglesia católica.

Era el segundo encuentro de estas características, después del convocado en Pentecostés de 1998 por Juan Pablo II. En esta ocasión, llegaron hasta la plaza de San Pedro representantes de algo más de cien nuevas realidades eclesiales (dos veces más que hace ocho años).

La multitud, de las diferentes razas y orígenes sociales, no pudo ser abrazada por la columnata de Bernini y se extendía como un río humano por la Vía de la Conciliación y las calles adyacentes.

«Si vemos esta asamblea, aquí, en la plaza de san Pedro», reconoció el Papa en una homilía dedicada a explicar la obra del Espíritu Santo, «nos damos cuenta de que Él suscita siempre nuevos dones, vemos cómo son diversos los órganos que crea, y como actúa siempre de nuevo corporalmente».

«Pero en él la multiplicidad y la unidad van juntas --aclaró--. Él sopla donde quiere. Lo hace de manera inesperada, en lugares inesperados, y de formas que antes no se habían imaginado».

El viento y una temperatura bastante más baja que la habitual para esas fechas parecían acompañar las palabras del Santo Padre, pronunciadas cuando el sol estaba llegando a su ocaso.

«La multiformidad y la unidad son inseparables», aseguró. El Espíritu Santo «quiere vuestra multiformidad, y os quiere para el único cuerpo, en la unión con los órdenes duraderos --las junturas-- de la Iglesia, con los sucesores de los apóstoles, y con el sucesor de san Pedro».

«¡Participad en la edificación del único cuerpo!», exhortó a los movimientos. «Los pastores prestarán atención para no apagar al Espíritu y vosotros no dejaréis de llevar vuestros dones a toda la comunidad».

El Papa alentó también el «empuje misionero» de los movimientos. «Quien ha encontrado lo que es verdadero, bello y bueno en su propia vida --¡el único tesoro, la perla preciosa!--, corre para compartirlo por doquier, en la familia, en el trabajo, en todos los ambientes de su propia existencia».

Por eso, el Papa pidió a los movimientos y comunidades «ser aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo».

«Este es el mejor servicio de la Iglesia a los hombres y de manera totalmente particular a los pobres para que la vida de la persona, un orden más justo en la sociedad y la convivencia pacífica entre las naciones, encuentren en Cristo la "piedra angular" sobre la cual construir la auténtica civilización, la civilización del amor».

Algunos de los peregrinos habían llegado muchas horas antes a la plaza de San Pedro para poder escuchar más de cerca la palabra del Papa. Otros le siguieron de lejos a través de grandes pantallas.

Antes de llegar el Santo Padre, se recordó con un vídeo algunos de los momentos del encuentro de Pentecostés de 1998 con Juan Pablo II.

Siguieron testimonios y reflexiones sobre los compromisos surgidos del segundo congreso de movimientos eclesiales y nuevas comunidades celebrado del 31 de mayo al 2 de junio en Rocca di Papa sobre «La belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo».

Fueron expuestos por Salvatore Martínez, coordinador nacional de la Renovación en el Espíritu Santo en Italia, y por Maria Luigia Corona, cofundadora de la Comunidad Misionera de Villaregia.

Un matrimonio del «Regnum Christi» dirigió el tercer misterio glorioso del Rosario, «La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y su Iglesia».

Cuando el Papa llegó, comenzó el rezo litúrgico de las vísperas. Una representante de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, leyó un mensaje dirigido al Papa por los movimientos.

A continuación Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, el sacerdote Julián Carrón, presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación, y Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal; comentaron los dos salmos y el cántico del Apocalipsis de las vísperas.

Tras la homilía del Papa, se dio paso a la memoria litúrgica del sacramento de la Confirmación, caracterizada por el rito del fuego, por la invocación del Espíritu Santo y por la profesión de fe.

Al final, los movimientos dieron gracias al Papa con las palabras de Luis Fernando Figari, fundador del Movimiento de Vida Cristiana, y de Patti Gallagher Mansfield, de la Renovación Carismática Católica.

«Regina Caeli»


Benedicto XVI: La Iglesia es un solo movimiento

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo antes de rezar el «Regina Caeli», al final de la misa de Pentecostés, celebrada en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

¡Queridos hermanos y hermanas!
La solemnidad de Pentecostés nos invita a volver a los orígenes de la Iglesia, que, como afirma el Concilio Vaticano II, «se manifestó por la efusión del Espíritu Santo» («Lumen gentium», 2). En Pentecostés, la Iglesia se manifestó una, santa, católica y apostólica; se manifestó misionera, con el don de hablar todas las lenguas del mundo, pues a todos los pueblos les está destinada la Buena Nueva del amor de Dios. El Espíritu «con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacía toda verdad y unifica en comunión y ministerio» (ibídem, 4).

Entre las realidades suscitadas por el Espíritu en la Iglesia están los movimientos y las comunidades eclesiales, con los que ayer tuve la alegría de reunirme en esta Plaza, en un gran encuentro mundial. Toda la Iglesia, como le gustaba decir al Papa Juan Pablo II, es un único y gran movimiento, animado por el Espíritu Santo, un río que atraviesa la historia para regarla con la gracia de Dios y hacer que sea fecunda de vida, de bondad, de belleza, de justicia y de paz.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. El Santo Padre saludó a continuación a los peregrinos en siete idiomas. Estas fueron sus palabras en español]

Saludo con afecto a los fieles de lengua española, exhortando a todos a invocar los dones del Espíritu Santo, que santifica la Iglesia, para robustecer la fe, vivificar la esperanza e iluminar el camino que lleva a renovar la faz de la tierra. ¡Feliz Pentecostés!

Documentación

Homilía de Benedicto XVI en la misa de Pentecostés

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la misa de Pentecostés que celebró este domingo por la mañana en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
¡Queridos hermanos y hermanas!
En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió con potencia sobre los apóstoles; de este modo comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección (Cf. Hechos 1, 3). Antes de la ascensión al Cielo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (Cf. Hechos 1, 4-5); es decir, les pidió que se quedaran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de este acontecimiento prometido (Cf. Hechos 1, 14).

Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo --el viento y el fuego-- recuerdan al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y había concedido su alianza (Cf. Éxodo 19,3 y siguientes). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar las lenguas de fuego (Cf. Hechos 2, 3), san Lucas quiere representar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la Alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la Tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se manifiesta con la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los apóstoles (Cf. Hechos 2, 9-11).

El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplia hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel, cuando los hombres que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo habían acabado destruyendo su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en el Pentecostés del Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos, pues restablece el puente de la auténtica comunicación entre la Tierra y el Cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

Pero, ¿cómo es posible entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo se puede comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico nos lleva hoy al Cenáculo, donde, terminada la última Cena, una experiencia de desconcierto entristece a los apóstoles. El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia Él y hacia los suyos, habla de una misteriosa partida suya y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los apóstoles no son capaces de cargar con el peso (Cf. Juan 16, 12). Para consolarles les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá, mientras tanto no les abandonará, no les dejará huérfanos. Enviará el Consolador, el Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les permita conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de Él que se ha entregado, amor del Padre que le ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el espíritu humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para hacerse más semejantes a Él, es decir, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de Él» («Deus caritas est», 33). Reunida junto a María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: «Veni Sancte Spiritus!» - «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos fel fuego de tu amor!». Amén.

Presentación del secretario del Consejo para los Laicos del encuentro del Papa con los movimientos

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el saludo de presentación que dirigió al inicio del encuentro de Benedicto XVI con los nuevos movimientos y comunidades eclesiales que tuvo lugar en la tarde de este sábado, víspera de Pentecostés, en la plaza de San Pedro del vaticano.

¡Queridos hermanos y hermanas!
Saludo cordialmente a todos vosotros aquí presentes, que habéis acogido con alegría y con prontitud la invitación del Papa Benedicto XVI al encuentro de esta tarde, que culminará con la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de Pentecostés con nuestro Santo Padre.

Quisiera expresar mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros, a aquellos que están más cerca, pero en particular a aquellos que se encuentran más lejos, al fondo de la Plaza de San Pedro y en Vía de la Conciliación. Todos sabemos que en una celebración de oración, como la nuestra, no importa tanto las distancias, pues lo que importa es la cercanía del corazón, lo que importa es la unidad, la única fe en Dios presente entre nosotros. Recordemos la promesa del Señor: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20).

Saludo cordialmente a los fundadores y responsables, saludo a todos los miembros y a todos los amigos de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades. Agradezco a todos por haber venido – de Italia y de toda Europa, y también de todas partes del mundo, de África, de Asia, de Oceanía y del continente Americano – a este segundo Encuentro de las nuevas realidades eclesiales con el Sucesor de Pedro. Es el segundo encuentro, después de la inolvidable tarde del sábado 30 de mayo de 1998 con el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II, en la misma Plaza de San Pedro.

Vuestra presencia tan numerosa es un gran signo de la vivacidad y de la juventud de la Iglesia. ¡La Iglesia es joven y la vemos hoy aquí en la Plaza de San Pedro! ¡La Iglesia es universal, no conoce ni edad, ni razas, porque toda ella es una cosa sola y porque es verdaderamente católica!

¡Queridos hermanos y hermanas!

En las meditaciones del “Tríptico Romano” de Juan Pablo II (2003) encontramos en la segunda poesía, “La fuente”, las siguientes palabras:

“Si quieres encontrar la fuente, debes proseguir hacia arriba, contra corriente”.

Hemos venido para “confesar” en esta vigilia de Pentecostés, y lo queremos hacer públicamente en esta Plaza de San Pedro, con modestia y sencillez y al mismo tiempo, con franqueza y sinceridad, que hemos intentando en estos años ir muy hacia arriba, y que, muchas veces hemos ido contra corriente, pero hemos encontrado la fuente del agua viva que apaga el deseo infinito de nuestro corazón, nuestra sed de verdad, de belleza, de felicidad.

Esta fuente no es una teoría, no es una filosofía ni una simple respuesta abstracta, es más bien una Persona. Sobre el tema el Santo Padre Benedicto XVI afirma en la encíclica “Deus caritas est”: “No se comienza a ser cristiano por poner una decisión ética o una grande idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y con ello la orientación decisiva” .

Por ello, el primer motivo de nuestro encuentro es el agradecimiento por los múltiples dones recibidos que nos han ayudado a encontrar la fuente, la presencia viva de Jesús “el más bello entre los hijos del hombre” (Sal. 45). La oración de las Vísperas es un momento privilegiado para agradecer a Dios por su bondad y por las maravillas que ha realizado en nosotros (“Magnalia Dei”) en la obra de la Redención. Queremos expresar nuestro total agradecimiento al Espíritu creador y queremos agradecer a aquellos hombres “tocados por Dios” que, con el testimonio de su fe vivida, han estado delante de nosotros “abriendo brecha” y nos acompañan en nuestro camino personal hacia la amistad con el Hijo de Dios, que nos da la vida y la verdadera libertad.

Agradecemos al Señor los fundadores y las fundadoras que han escuchado el soplo del Espíritu Santo; agradecemos a Dios la ayuda de nuestros padres, profesores y sacerdotes en el camino de nuestra fe, y en particular, queremos agradecer por el gran magisterio y el gran testimonio del inolvidable Papa Juan Pablo II.

El segundo motivo de nuestro encuentro es la renovación del compromiso que Juan Pablo II nos pidiera hace ocho años con tres imperativos: ¡Abrid! ¡Acoged! ¡No os olvidéis! El decía (gritaba) aquella tarde: “¡Abríos con docilidad a los dones del Espíritu! ¡Acoged con agradecimiento y obediencia los carismas que el Espíritu no cesa de donar! ¡No os olvidéis que cada carisma ha sido donado para el bien común, es decir para el bien de toda la Iglesia!”.

En esta celebración cada uno de nosotros tiene la posibilidad de hacer el propio examen de conciencia. ¿Cómo hemos respondido a estas tres exhortaciones de un auténtico Padre que nos quiere tanto? Podemos preguntarnos: ¿De qué manera nos hemos abierto al Espíritu Santo? ¿Hemos acogido sus carismas? ¿Hemos pensado al bien común de toda la Iglesia? Podemos interrogarnos como “comunidad de fe” sobre la nueva etapa de la “madurez eclesial” que el S. Padre Juan Pablo II hace ocho años ha abierto.

Acojamos las palabras del Santo Padre Benedicto XVI que marcan nuestro encuentro – “No hay nada más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Èl” –, con la ayuda del Espíritu Santo ¡tomemos un nuevo impulso, nuevas energías y una nueva fantasía para nuestro futuro camino común!

Quisiera agradecer nuevamente a todos vosotros vuestra presencia, vuestro compromiso misionero y sobre todo, vuestra fidelidad al don de la fe en Cristo Jesús y al sucesor de Pedro, que quiere confirmarnos en esta misma fe.

¡Una cordial bienvenida a todos!
_______________________________
1. Juan Pablo II, Trittico Romano. Meditazioni, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2003, 15 (= TR).

2. Benedicto XVI, Carta Enciclica, “Deus caritas est”, n. 1.

3. Juan Pablo II, “Apritevi con docilità ai doni dello Spirito!”, in: “Il Papa e i Movimenti”, a cura del Pontificio Consiglio per i Laici, ed. S. Paolo, pag. 48.

4. Benedicto XVI, Homilía de inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005.

Saludo al Papa del presidente del Consejo para los Laicos en la Vigilia de Pentecostés
Palabras del arzobispo Rylko en el encuentro de los movimientos con Benedicto XVI

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el saludo que dirigió a Benedicto XVI el arzobispo Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, en el encuentro del Papa con los nuevos movimientos y comunidades eclesiales que tuvo lugar en la tarde de este sábado, víspera de Pentecostés, en la plaza de San Pedro del vaticano.

Beatísimo Padre,
En torno a Vuestra persona se ha reunido el pueblo de los movimientos y de las nuevas comunidades rebosante de alegría y de agradecimiento por el don de este encuentro de oración, que será otra piedra miliar en sus vidas y en su servicio a la Iglesia. Respondiendo a la invitación de Vuestra Santidad, este pueblo se ha puesto en camino desde todos los ángulos de la Tierra hacia el corazón de la Iglesia, para revivir con el Sucesor de Pedro el misterio de Pentecostés. Y hoy, con toda la comunidad de los creyentes, regresa idealmente a aquel Cenáculo que se encuentra en los orígenes de la Iglesia y que es fuente perenne desde la cual tomar la llama viva del amor apasionado por Cristo y el impulso misionero generado de aquel «ruido que como una impetuosa ráfaga de viento, llenó toda la casa en la que se encontraban» (Hech. 2, 2). Haciendo memoria de la venida del Paráclito, los movimientos y las nuevas comunidades desean invocar junto a Ud., Beatísimo Padre – como hace ocho años sucedió con el Siervo de Dios Juan Pablo II – una nueva y abundante efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.

Junto a Vuestra Santidad, este pueblo desea dar gracias al Espíritu por el don de la esperanza que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades representan para la Iglesia. Porque es gracias a estos carismas que una muchedumbre de hombres y mujeres de nuestro tiempo, a pesar de los vientos contrarios, han descubierto la belleza de ser cristiano y han encontrado la alegría de comunicarlo a los otros. Como prueba de ello, su presencia festiva en Plaza San Pedro convertida en un cenáculo al abierto, testimonia al mundo que ser discípulos de Cristo es bello, que encontrar a Cristo es la más grande y fascinante aventura que se pueda vivir.

Beatísimo Padre, usted nos ha enseñado, que siempre donde irrumpe el Espíritu Santo suscita sorpresa, desconcierto, estupor porque transforma las personas, cambia el curso de la historia, genera frutos que no habrían podido nacer de la planificación humana. Y hoy queremos elevar nuestro canto de alabanza por los frutos de santidad de vida, de comunión, de valentía y de fantasía misionera que estos carismas hacen florecer en la Iglesia de nuestro tiempo y que son signo de una renovada primavera cristiana.

«Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?» (Is. 43, 19-21), dice Dios en la profecía de Isaías. ¡El momento histórico que estamos viviendo es un extraordinario reflejo de las palabras del Profeta! Esta Plaza pone ante los ojos de todos una maravillosa epifanía de la multiplicidad de los dones con los cuales el Espíritu de Dios continúa a enriquecer y a adornar la Iglesia. Si bien muy diversos entre ellos, están profundamente unidos en el misterio de la comunión eclesial y unánimemente volcados hacia la misión, un milagro de unidad que san Pablo nos explica cuando escribe: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor. 12, 4-7).

Los movimientos y las nuevas comunidades se han reunido aquí para expresarle una vez más al Sucesor de Pedro: ¡Estamos listos para la misión! ¡La Iglesia puede contar con nosotros! ¡El Papa y los obispos pueden contar con nosotros!

Santidad, bendiga este pueblo movido por la pasión de la gran causa del reino de Dios y sediento de escuchar vuestra palabra de padre y maestro en la fe.

Mensaje de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, en nombre de los movimientos

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que dirigió a Benedicto XVI Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, en nombre de los movimientos y comunidades, presentes en la plaza de San Pedro del Vaticano durante el encuentro del Papa con estas nuevas realidades eclesiales. Dado que Chiara Lubich no pudo estar presente por problemas de salud, leyó el mensaje una representante.


Beatísimo Padre:
Me dirijo a Usted en nombre de todos los Movimientos y de las Nuevas Comunidades Eclesiales que están representados en esta Plaza.
En primer lugar queremos expresarle nuestro vivo y profundo agradecimiento por haber vuelto a convocarnos y a reunirnos a todos aquí junto a Usted, en la cátedra de Pedro.
¿Cómo podemos dejar de recordar hoy a su amadísimo Predecesor, el Santo Padre Juan Pablo II, y nuestro memorable encuentro con Él la vigilia de Pentecostés de 1998?

Ese día él nos había preanunciado que delante de nosotros se abría “una etapa nueva: la de la madurez eclesial”. Había dicho: “La Iglesia se espera de vosotros frutos ‘maduros’ de comunión y de empeño”.

Estas palabras suyas, al igual que todas las demás con las cuales había definido nuestro lugar en la Esposa de Cristo, como una expresión significativa de la dimensión carismática de la Iglesia, coesencial a la institucional , para nosotros estaban cargadas de comprensión y de reconocimiento, pero también de mucha responsabilidad. Queremos ser dignos de tanta confianza.
En esa ocasión, de acuerdo con otros fundadores, le había prometido al Santo Padre Juan Pablo II que nos empeñábamos en incrementar la comunión entre los Movimientos y las Nuevas Comunidades.

Hoy podemos decir que el amor recíproco y la unidad entre todos han crecido, superando todas nuestras previsiones.

En efecto, nuestras Comunidades y nuestros Movimientos podemos verlos como muchas redes de amor que Dios está tejiendo en Europa y en el mundo, continuando la obra admirable de las Órdenes y las Congregaciones religiosas, casi como para anticipar –a nivel de laboratorio- la unidad de la familia humana.

Y nuestro inmenso agradecimiento se dirige a Aquél que sabemos que es el verdadero Protagonista del florecimiento de nuestros Movimientos: el Espíritu Santo, que siempre nos colma con sus dones.

Él está actuando en nuestra época y a lo largo de los siglos continúa su acción a favor de la Iglesia, la cual, edificada “sobre los cimientos de los apóstoles y los profetas” (Ef.2,20) es levadura de la civilización del amor.

A Usted, Santidad, queremos asegurarle que continuará la colaboración y la comunión entre los Movimientos y las Nuevas Comunidades, para que, en la más completa comunión y obediencia a Usted y a los Pastores de la Iglesia, trabajemos para la realización de los mismos fines que perseguía Jesús, el primero de todos, la unidad.

Y nuestra amada Iglesia será más una, más familia, más acogedora, más hermosa en su variedad. Dará testimonio de Cristo en sus múltiples prerrogativas, y de María, la Madre de Dios, la carismática por excelencia.
_______________________________
1. A los pertenecientes a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, en la vigilia de Pentecostés discurso de Juan Pablo II, 1998.

2. Cf. Mensaje de Juan Pablo II a los participantes del Congreso mundial de los movimientos eclesiales (Roma, 27-29 de mayo de 1998)


Intervención del fundador de la Comunidad de San Egidio en el encuentro con el Papa
El profesor Andrea Riccardi comenta el Salmo 112

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al Salmo 112 que expuso el profesor Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, en las Vísperas que se celebraron este sábado durante el encuentro de Benedicto XVI con los nuevos movimientos y comunidades, en la plaza de San Pedro .

Santo Padre,
Padres y amigos todos,
rezar con los Salmos en la Vigilia de Pentecostés junto a la tumba del apóstol Pedro es una ocasión espiritual por la que Le estamos muy agradecidos, Santo Padre. Para nosotros que no sabemos rezar, los Salmos son algo precioso: el don de un alfabeto con el que dirigirse al Señor. Él, con su Palabra, nos enseña a rezar: “¡Alabad, siervos de Yahvé, alabad el nombre de Yahvé!”. Laudate pueri: quien reza, a cualquier edad, encuentra el corazón del niño. Grita el nombre del Señor, como un niño que en la oscuridad busca a su madre. En esto hay una enseñanza para nosotros, nuevas Comunidades y Movimientos: “si no cambiáis y os hacéis como los niños...” (Mt 18,3). Un carisma fructifica con la oración y con el corazón de niños. ¡Porque es don!

“De la salida del sol hasta su ocaso”. El apóstol exhorta: “Orad constantemente” (1 Tes 5, 17). Sin descanso: ¿cómo es posible? Somos laicos, inmersos en las cosas del mundo: atraídos y distraídos por ellas. Pero la oración no sólo es posible, sino que es necesaria. Dice Jesús: “separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Es verdad. Vuelvo a ver muchos momentos: las tempestades, las fragilidades, la desesperación, la necia banalidad del pecado, el mal o las miserias demasiado grandes. Sin la oración nos habríamos resignado. Puedo decirlo al menos por mí, por mis amigos de Sant Egidio.

Cuanto más pasa el tiempo, más sentimos que debemos rezar. La vida comunitaria es escuela de oración para todos, jóvenes y ancianos: “¡Bendito el nombre de Yahvé, desde ahora y por siempre!”. La oración es el tejido donde el carisma no se apaga ni se vacía en el orgullo, sino que fructifica. Porque el carisma es un don, no una utopía, ni una ideología, ni un proyecto de poder.
A lo largo de los años hemos visto cómo se encendían y se apagaban las estrellas de las utopías que prometían un mundo nuevo; por otra parte, hemos visto crecer la resignación, indiferente al dolor ajeno, complaciente con un mundo viejo. Pero la Palabra de Dios, la liturgia y la oración nos han formado con otro sentir: un amor tenaz y paciente. Es el amor de Jesús, don de Pentecostés, fondo de todo carisma, que se comunica a nuestros corazones gracias al Espíritu.

El Salmo canta a Dios, “Excelso sobre los pueblos”. Los devotos judíos lo imaginaban más allá de los cielos: “más alta que los cielos su gloria”. Lejano de las miserias de la tierra. En nuestro mundo crecen las distancias (entre grandes y pequeños, entre pueblos y civilizaciones): las grandes distancias preparan los conflictos en el desprecio. Sin embargo, Aquel que está verdaderamente alejado de nuestro mundo mezquino es el más cercano: “¿Quién como Yahvé, nuestro Dios, con su trono arriba, en las alturas, que se abaja para ver el cielo y la tierra?”. El Excelso se inclina. Está escrito en muchas páginas de la Escritura: “En lo excelso y sagrado yo moro, -dice Isaías (57, 15)- y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados”.

Las vidas humanas no discurren en el olvido, sólo bajo las miradas indiferentes de la gente. Dice el salmo 11: “sus pupilas examinan a los hombres” (4). Dios no está distraído ni indiferente. Sus ojos desgarran la indiferencia. Muchas veces Jesús mira a los hombres en su dolor, incluso a Pedro después de que le negase. El Excelso se inclina y mira. Esto no deja igual la vida de los hombres y de las mujeres. El Salmo lo canta en dos pequeñas pero eficaces imágenes: el pobre y la estéril.
El pobre. Quien conoce las periferias del mundo ha visto con frecuencia montañas de basura sobre las que a veces juegan los niños. Ha caminado por caminos polvorientos. Pienso en África. Pero tengo en mente también a los pobres cuya casa es un basurero; a los ancianos abandonados; a los que viven en las cárceles. Así es una buena parte del mundo. Pero los hombres no ven ni se inclinan. Dios, en cambio, no es indiferente: “Levanta del polvo al desvalido, alza al pobre del estiércol, para sentarlo en medio de los nobles, en medio de los nobles de su pueblo”. El pobre, levantado, se sienta con dignidad entre los nobles. Éstos, si no tienen en cuenta al pobre, pueden convertirse en una asamblea de malvados. Es un mundo al que el amor le ha dado la vuelta. Sucede: lo hemos visto. No es una utopía. Nace del amor paciente y tenaz que Dios derrama en los corazones. Dios escucha el lamento de los pobres: “fuiste fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aprieto, parapeto contra el temporal, sombra contra el calor...” (Is 25, 4).

La estéril. No estamos condenados a la esterilidad de vivir para nosotros mismos. La estéril del Salmo recuerda las vidas estériles: mujeres de la Biblia, pero también hombres de hoy, ricos de recursos, pero incapaces de dar vida. Hay un mundo de gente rica y estéril. También sobre ellos se inclina el Señor: “Se asoma Yahvé desde los cielos hacia los hijos de Adán” (Sal 14, 2). El Señor se inclina sobre nosotros. Se ve en Jesús: “No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató” (Is 63, 9). Es la Pascua que hemos celebrado.
Hoy cantamos la fecundidad de la vida en el Espíritu: “Asienta a la estéril en su casa, como madre feliz con hijos”. Esto es válido para mucha gente rica y estéril. Es ahora la alegría de esta tarde, de nosotros ricos y estériles, convertidos en humildes y fecundos, padres de hijos en esta bella casa sin muros, y al mismo tiempo tan extrañamente fraternal e íntima.

Nosotros, Comunidades y Movimientos, somos gente estéril que, gracias al amor de Dios que se inclina, hemos recibido un carisma fecundo. Ahora habitamos gozosos como hijos en la Iglesia. Hoy con Usted, Santo Padre, con los Obispos, con todos vosotros. Además de los presentes, esta tarde hay otros en esta plaza: un gran “pueblo humilde y pobre” -dice Sofonías (3, 12). Hay muchos pobres levantados por el amor de estos humildes que somos nosotros.

Es la original alianza de los pobres y de los humildes que vive en la Iglesia, fruto del Espíritu. Se celebra lo que Usted, Santo Padre, ha escrito en su encíclica: “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí”.

Juan Crisóstomo, obispo en tiempos difíciles, decía: este salmo invita al acuerdo de la oración. En efecto, exige caridad y estima entre nosotros. Somos diferentes, pero no distantes: llamados por Usted, Santo Padre, a comunicar con más amor y fuerza este Evangelio. Por esto damos gracias al Señor con el Aleluya que abre y cierra el Salmo. En nuestra debilidad, somos revestidos por una fuerza que viene de lo alto. Por esto decimos: “¿Quién como Yahvé, nuestro Dios?”.

Intervención del presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación
Don Julián Carrón comenta el cántico del Apocalipsis del capítulo 15 (versículos 3-4)

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al cántico del Apocalipsis (Capítulo 15, versículos 3-4) que expuso el sacerdote Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, en las Vísperas que se celebraron este sábado durante el encuentro de Benedicto XVI con los nuevos movimientos y comunidades, en la plaza de San Pedro.

«El verdadero protagonista de la historia es el mendigo: Cristo, mendigo del corazón del hombre, y el corazón del hombre, mendigo de Cristo». Con estas palabras, don Giussani acabó, hace ocho años, su intervención precisamente aquí, en la Plaza de San Pedro, arrodillado ante Juan Pablo II. Hoy volvemos como mendigos, todavía más deseosos de Cristo, maravillados por cómo Cristo ha seguido mendigando nuestro corazón.

1. «Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios Todopoderoso;
justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!» (Ap 15,3)

También nosotros podemos decir, como los mártires del Apocalipsis tras haber visto Su victoria: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso». ¿Cuáles son las obras que nos hacen cantar? La resurrección de Cristo que, por obra del Espíritu Santo, nos ha aferrado en el bautismo, y nos ha convertido en “suyos”.

La victoria de Cristo nos hace exultar de gozo y de gratitud al ver como Él, aferrando toda nuestra humanidad, la lleva a una plenitud sin igual, empujándonos a no vivir ya para nosotros mismos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros (cf. 2Co 5,14-15). Es en la carne, dentro de los acontecimientos de la vida, que se nos concede la gracia de vivir esta novedad: «Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20). El estupor del amor de Cristo por cada uno de nosotros domina nuestra vida, porque «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). De este modo hemos experimentado «el poder de su resurrección» (Flp 3,10).

Ésta es la derrota de la nada que siempre se cierne sobre cada hombre, y que tantas veces les hace dudar de que exista una respuesta que corresponda a las exigencias de verdad, de belleza, de justicia, de felicidad de su corazón, porque nada es capaz de fascinarlo totalmente durante mucho tiempo. En efecto, «sin la resurrección de Cristo sólo existe una alternativa: la nada». En Cristo resucitado, en cambio, vemos la victoria del Ser sobre la nada, y, por tanto, se reaviva en nosotros la única esperanza que no falla (Rm 5,5).

Gracias al encuentro con el carisma de don Giussani, en el gran cauce de la Iglesia, Cristo ha llegado a ser cada vez más familiar para nosotros, más que nuestro padre y nuestra madre, hasta provocar en nosotros la pregunta: «¿Quién eres Tú, Cristo?», según el mismo método que ha llevado a los discípulos de la experiencia del encuentro con la humanidad de Cristo a la gran pregunta sobre su divinidad. De este modo nosotros, bautizados, nos hemos revestido de Cristo (cf. Ga 3,27). Éste es el atractivo inatacable del cristianismo: nos hace participar en un acontecimiento que aferra todo nuestro yo y nos rescata cada vez que flaqueamos, como sucedió a los discípulos de Emaús, que decían conmovidos: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Así, a la luz de los dones de Espíritu, toda la realidad y toda la vida demuestran que la fe en Cristo, destino y salvación del mundo, es razonable.

2. «¿Quién no temerá, Señor,
y no glorificará tu nombre?
Porque sólo Tú eres santo» (Ap 15,4)

El reconocimiento del Señor es fácil por la imponencia de Su amor, que resplandece en Sus obras. Como fue para el pueblo de Israel, que ante la mano potente de Dios, «temió al Señor y creyó en él» (Cf. Es 14,31). Basta que nuestra libertad ceda y, como Su Santidad nos ha recordado de manera admirable en su encíclica, se deje implicar por Cristo en la «dinámica de su entrega» a nosotros (Deus caritas est, n.13). Esta entrega llega en la persona de Jesucristo a un «realismo inaudito» (n.12): el Dios encarnado se convierte en un atractivo tan irresistible que «nos atrae a todos hacia sí» (n.14). El hombre que se encuentra con Él siente que corresponde de tal modo a la espera del corazón, que no duda en exclamar ante la manifestación de la belleza de su santidad: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69).

Pero, como el mismo Pedro, muchas veces advertimos también todo el drama de la humana libertad que, en lugar de abrirse confiada en el reconocimiento sorprendido y agradecido del Señor, presente, puede cerrarse en la pretensión orgullosa de autonomía o en el escepticismo, hasta llegar a la desesperación, frente a la propia impotencia y a la imponencia del mal. Pero como Su Santidad nos ha recordado también en la encíclica, la santidad de Dios se muestra como amor apasionado por su pueblo, por cada hombre, amor que a la vez perdona (cf. Deus caritas est, n.10). Toda la fragilidad del hombre, su traición, todas las negras posibilidades de la historia son atravesadas por aquella pregunta planteada a Pedro aquel amanecer a la orilla del lago: «¿Me amas?» (Jn 21,17). A través de esta pregunta, sencilla y definitiva, la santidad única de Dios revela en la humanidad de Cristo su inconcebible y misteriosa profundidad: Dios es misericordia. En ella el hombre, cada uno de nosotros, es recreado en la verdad de su dependencia original, y la libertad florece de nuevo come adhesión humilde y dichosa, llena de petición: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). En este “sí” libre de la criatura, dentro de cada circunstancia de la vida, se refleja y actúa la gloria de Dios: «Gloria Dei vivens homo» (San Irineo, Adversus Haereses, IV,20,7)). La gloria de Dios es el hombre que vive.

3. «Todas las naciones vendrán, Señor,
y se postrarán ante ti,
porque han quedado de manifiesto tus justos designios» (Ap 15,4)

El juicio del Apocalipsis nos revela la verdad del día final, cuando todos vendrán y se postrarán en el reconocimiento de que Jesús es el Señor, y Cristo será definitivamente «todo en todos» (Col 3,11). Este juicio luminoso no está en contradicción con un mundo que parece alejarse de Dios. Sin embargo, a causa de la dramática situación en la que vivimos, es más fulminante la vehemente pregunta de Cristo: «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18,8).

Responder a esta pregunta nos hace más conscientes de la importancia de este encuentro. Reunirnos hoy alrededor de Pedro nos da la seguridad de que aquella realización final vive en la pertenencia a la Iglesia, al «pequeño rebaño», anticipo de la manifestación final. Pero, al mismo tiempo, nos consume la urgencia de la tarea a la que estamos llamados. Como en el primer Pentecostés, también nosotros hemos sido elegidos, llamados a convertirnos en testigos de la belleza de Cristo ante todas las naciones. ¡Qué sencillez de corazón hace falta para dejarse plasmar por Cristo, de manera que toda nuestra vida cotidiana resplandezca de novedad, desde el trabajo a la familia, desde las relaciones a las iniciativas! Lo único que podrá suscitar en aquellos que encontraremos el deseo de venir con nosotros a postrarse ante el Señor es que vean realizada en nosotros la promesa de Cristo de que quien le siga recibirá el ciento por uno aquí y ahora (Mc 10,29-30).

Intervención del iniciador del Camino Neocatecumenal en el encuentro con el Papa
Kiko Argüello comenta el Salmo 146

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al Salmo 146 que expuso Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, en las Vísperas que se celebraron este sábado durante el encuentro de Benedicto XVI con los nuevos movimientos y comunidades, en la plaza de San Pedro.

Queridísimo padre:

Gracias por la oportunidad que se me ofrece para decir una palabra.
Hemos escuchado el Salmo 146 en el que se nos invita a alabar a Dios porque «el Señor reconstruye Jerusalén».

Jerusalén y sobre todo su Templo fue reconstruido por Zorobabel y Josué, un laico y un sacerdote. Antes lo hicieron Moisés y Aarón, después Pedro y Pablo, que son los dos testigos de los que habla el Apocalipsis; podemos decir: carisma e institución. Carisma e institución, unidos, son coesenciales a la misión de la Iglesia, dijo el Papa Juan Pablo II en Pentecostés de 1998.

Refiriéndose a la fiesta de Pentecostés que hoy celebramos, el Papa Juan Pablo II, en el Simposio de los obispos europeos del año 1986 dijo: «Para realizar una eficaz obra de evangelización, tenemos que volver a inspirarnos en el primer modelo apostólico. Este modelo, que sirve de fundamento y es paradigmático, lo contemplamos en el Cenáculo: los apóstoles están unidos y perseveran con María, en espera de recibir el don del Espíritu. Sólo con la efusión del Espíritu comienza la obra de evangelización. El don del Espíritu es el primer motor, el primer manantial, el primer soplo de la auténtica evangelización. Es necesario, por tanto, comenzar la evangelización invocando al Espíritu y buscando dónde sopla el Espíritu (Cf. Juan 3, 8). Algunos síntomas de este soplo del Espíritu están ciertamente presentes hoy en Europa. Para encontrarles, para apoyarles y desarrollarles es necesario en ocasiones dejar esquemas atrofiados para ir allí donde comienza la vida, donde vemos que se producen frutos de vida "según el Espíritu"».

Les dijo esto a los obispos europeos después de haber hablado de la destrucción de la familia y de la secularización de Europa, afirmando que el Espíritu Santo ya ha dado la respuesta. Está dando la respuesta: aquí estamos, Santo Padre, los nuevos carismas, las nuevas realidades que el Espíritu Santo suscita para ayudar a los sacerdotes, a las parroquias, a los obispos, al Papa. «El Señor reconstruye Jerusalén». La Iglesia está siempre en combate contra la bestia. Sólo una fe adulta de los cristianos que llevan en su cuerpo el morir de Jesús salvará al mundo.

Pero, Santo Padre, ¡qué difícil es el que las instituciones entiendan que tienen necesidad de los carismas! Por eso tenemos necesidad de que se aplique la eclesiología del Vaticano II, una eclesiología de comunión, de la Iglesia como cuerpo. En definitiva, lo que urge hoy más que nunca es la aplicación del Concilio Vaticano II. De este modo, se entiende por qué el Papa Juan XXIII, en la constitución apostólica «Humanae salutis» (1961), con la que convocaba el Concilio, comenzaba diciendo: «La Iglesia asiste hoy a una crisis que tiene lugar en la sociedad. Mientras la humanidad da un giro hacia una nueva era, tareas de una gravedad y amplitud inmensa esperan a la Iglesia, como en las épocas más trágicas de la historia. Se trata de confrontar al mundo moderno con las energías vivificantes y perennes del Evangelio».

El Papa Juan XXIII supo profetizar la «era nueva», la posmodernidad, el ateísmo visible, en que estamos sumergidos. Tenemos que comprender que sólo el Cordero degollado vence a la bestia y para que los cristianos se conviertan en este cordero tienen necesidad de los carismas, tienen necesidad de una fe adulta, de la iniciación cristiana: esta es la misión del Camino Neocatecumenal.

Santidad, termino diciendo que el Camino Neocatecumenal, junto a otros muchos que hoy están presentes en esta plaza, son el signo de la aplicación de este Salmo: «El Señor reconstruye Jerusalén».

Espero que este hecho, en estas vísperas admirables de Pentecostés de 2006, sea para usted y para todos nosotros un gran consuelo.

Palabras de agradecimiento al Papa del fundador del Movimiento de Vida Cristiana
Luis Fernando Figari interviene en nombre de las nuevas comunidades

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras de agradecimiento a Benedicto XVI que pronunció en nombre de los movimientos Luis Fernando Figari, fundador del Movimiento de Vida Cristiana, al final del encuentro de nuevas comunidades con el Papa, celebrado en la tarde de este sábado en la plaza de San Pedro.

Beatísimo Padre:
En esta fiesta de fe quiero compartir la intensa experiencia que me produce meditar sobre aquel bello pasaje de la Escritura que dice: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. El Señor Jesús se presenta como quien pide ser recibido. Toca respetuosamente la puerta del corazón y pide ser admitido, para ingresar al ámbito personal. ¡Qué humildad la del Señor! ¡Su amor misericordioso no conoce límite! Llama insistente a la intimidad de cada uno, y pide ser escuchado. ¡Qué fiel perseverancia! Se descubre una finalidad escatológica, pero su dinámica empieza aquí en esta tierra con el llamado de Jesús. Oír y abrir al Señor es encontrarse con Él, es guardar su Palabra, es hacerse partícipe de su amor transformante. Quien responde según lo que dice la Virgen María en Caná, “Haced lo que Él os diga”, escucha y obedece a Cristo, y se abre también al Padre, quien pone su morada en él. La cena nos habla de la comunión a la que estamos invitados, pero también del camino en comunión y amistad con Jesús. Pienso que es una de aquellas magníficas síntesis que nos ofrece la Escritura para alentarnos a recorrer la senda hacia el encuentro plenificador.

El Verbo Eterno hecho hombre en la Inmaculada Virgen María para redimir a los seres humanos, viene al encuentro de cada uno para introducirnos en el maravilloso regalo de la reconciliación, con Dios, con uno mismo, con el prójimo, con la creación toda. Él nos llama con amorosa insistencia a vivir la vida cristiana en cada momento, nos enseña desde su luminosa presencia entre nosotros a ser personas según el Plan de Dios, Él hace manifiesta nuestra identidad más profunda, y responde a las preguntas existencialmente más acuciantes que se hace el ser humano.

Hoy existe un mundo que se cierra a la voz y a la luz de Cristo. La Iglesia, Ecclesia Sua, busca con amor iluminar y dar calor a los seres humanos. Como las llamas de fuego de Pentecostés, hoy también el fuego del Espíritu busca incesante iluminar las mentes, arder en los corazones, irradiar en la vida. Por ello el Señor Jesús toca a nuestra puerta e invita a una respuesta libre a los hombres y mujeres de hoy.

Cada tiempo tiene sus oscuridades; son los desafíos de esa época. Las crisis personales, la ruptura entre fe y vida, el secularismo asfixiante, el relativismo, el agnosticismo funcional, la pérdida de la identidad cristiana, la hegemonía de lo superficial y rutinario, la incomprensión de lo que significa la realización humana según Dios, nuevas y viejas ideologías y psicologismos que alejan al hombre de su senda, la masificación, las injusticias, el flagelo de la pobreza, la violencia, son todas voces que muchas veces sin saberlo están clamando por una respuesta veraz, de amor, que traiga paz y reconciliación a las personas y a los pueblos. ¡Ése es un clamor por el Señor Jesús! ¡Y es que sólo Él es la respuesta a las rupturas e inquietudes del ser humano!

El Espíritu que cubrió a la Virgen en la Anunciación-Encarnación, Aquel que con la manifestación de ardientes lenguas de fuego tocó las mentes y los corazones en Pentecostés, es el mismo que ha suscitado en este tiempo una ola de movimientos eclesiales y otras comunidades de fieles para vivir la vida cristiana, para anunciar al mundo que Cristo es real, que reconcilia al hombre, que le muestra su identidad y lo invita al amor y a la comunión, a participar de la naturaleza divina. Es Dios que viene en auxilio de los seres humanos y, como en tantas otras ocasiones en nuestra bimilenaria historia, suscita en el seno de la Iglesia movimientos que, mostrando la riquísima pluralidad eclesial, contribuyen desde la comunión con Pedro y bajo Pedro a la gran misión de la Iglesia: anunciar al Señor Jesús al mundo, invitando a la transformación del hombre y de las realidades terrenas según el divino Plan.

Beatísimo Padre, con inmensa gratitud por sus muy apreciadas enseñanzas y por su aliento tan entusiasta, los integrantes de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades hemos de sentirnos, a pesar de nuestra fragilidad, impulsados a un mayor compromiso en la Nueva Evangelización, avivando el ímpetu por la coherencia y el ardor testimonial en la Iglesia, buscando nuevos y audaces métodos y expresiones para anunciar a Cristo y sus enseñanzas, desde la experiencia de quien ha escuchado Su llamado, ha oído Su voz y se ha abierto a Él en un encuentro vital, dando testimonio, según nos sea concedido por el Espíritu, de la fe, la esperanza y la caridad hasta los confines de la tierra y en todas las realidades de la humanidad.

Con corazón profundamente agradecido, Beatísimo Padre, le decimos: ¡Ayúdenos a seguir el camino de Cristo! ¡Guíenos! ¡Confírmenos en la fe! Muchísimas gracias por todo.

Agradecimiento al Papa de una testigo de los inicios de la Renovación Carismática Católica
Intervención de Patti Gallagher Mansfield al final del encuentro con los movimientos

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras de agradecimiento a Benedicto XVI que pronunció al final del encuentro de nuevas comunidades con el Papa, celebrado en la tarde de este sábado en la plaza de San Pedro, movimientos Patti Gallagher Mansfield, quien es testigo de los inicios de la Renovación Carismática Católica.


Querido Santo Padre:

De todo corazón queremos darle las gracias por habernos invitado a reunirnos con usted en esta gloriosa fiesta de Pentecostés. Somos sus hijos e hijas; somos hijos e hijas de la Iglesia, hijos de María, y el fruto del Concilio Vaticano II.

Santo Padre, tuve la gracia, en febrero de 1967, en un retiro para estudiantes de la Universidad de Duquesne, de experimentar el bautismo en el Espíritu Santo, que constituye el origen de la Renovación Carismática.

Todo movimiento y comunidad tiene su historia particular, pero en cada uno existe esta misma realidad: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5, 5).

Santo Padre, gracias por amarnos. Gracias por su constante apoyo y aliento. Gracias por decir que es un amigo de los movimientos y que somos un signo de la nueva primavera. Queremos devolver amor por amor. Jesús dijo: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra» (Cf. Juan 14, 23); estamos listos para recibir su palabra, Santo Padre, y para seguir sus orientaciones.

Le queremos, Santo Padre. Santa Catalina de Siena llamaba al Papa de sus tiempos: «Papá, el dulce Cristo en la tierra». Nos hacemos eco de su ternura y cariño hoy llamándole a usted, Papa Benedicto XVI, «el dulce Cristo en la tierra» para nosotros. Ponemos toda nuestra disponibilidad a su servicio en la nueva evangelización. No nos predicamos a nosotros mismos, no predicamos a nuestros movimientos, a nuestras comunidades o a nuestras obras, no, sino a Jesucristo como Señor y a nosotros como siervos suyos por Jesús (Cf. 2 Corintios 4, 5).

Usted ha gritado a la Iglesia y al mundo: «Deus Caritas Est!». Que nosotros nos unamos a usted en la proclamación de que Jesús es esa perla de inestimable valor y el tesoro escondido en el campo por el que vale la pena dar todo lo que se posee (Cf. Mateo 13, 46).

Gracias, Santo Padre, por invitarnos a venir aquí, al corazón de la Iglesia, porque aquí descubrimos la vocación que compartimos como movimientos y nuevas comunidades eclesiales. ¡Nuestra vocación es el amor! Hoy hacemos nuestras las palabras de santa Teresa de Liseux: «En el corazón de la Iglesia, nuestra Madre, nosotros seremos el amor»

Los movimientos, «signo luminoso de la belleza de Cristo y de su Iglesia»; afirma el Papa
Les pide obediencia a los obispos

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 31 mayo 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha escrito un mensaje para manifestar el reconocimiento de la Iglesia a los nuevos movimientos y comunidades eclesiales y pedirles obediencia y comunión con el Papa y los obispos.

«Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades hoy son un signo luminoso de la belleza de Cristo y de su Iglesia, su esposa», afirma el pontífice en la misiva, que fue leída en el segundo Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y de las Nuevas Comunidades.

El encuentro que se celebra del 31 de mayo al 2 de junio es organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos, en Rocca di Papa, cerca de Roma, con el lema «La belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo».

La iniciativa congrega a 300 representantes de más de cien realidades católicas, procedentes de todo el mundo, en preparación del encuentro con el Papa del 3 de junio, en la plaza de san Pedro, con motivo de la vigilia de Pentecostés, en la que se espera la participación de unas 300.0000 personas.

«Llevad la luz de Cristo a todos los ambientes sociales y culturales en los que vivís», exhorta el Papa a los miembros de estos movimientos, en el mensaje que fue leído por el obispo Josef Clemens, secretario del Consejo Pontificio para los Laicos y antiguo secretario del cardenal Joseph Ratzinger.

«¡Iluminad la oscuridad de un mundo confundido por los mensajes contradictorios de las ideologías!», añade.

«¡Qué mal produce en la vida del ser humano y de las naciones el deseo de poder, de poseer, del placer! Llevad a este mundo turbado el testimonio de la libertad con la que Cristo nos ha liberado», insiste.

«Donde la caridad se manifiesta como pasión por la vida y por el destino de los demás, irradiándose en los afectos y en el trabajo y convirtiéndose en una fuerza constructora de un orden social más justo, se construye la civilización capaz de afrontar el avance de la barbarie. Sed constructores de un mundo mejor, según el "orden del amor" ("ordo amoris") en el que se manifiesta la belleza de la vida humana"»

«Pertenecéis a la estructura viva de la Iglesia», asegura el Papa a los movimientos y nuevas comunidades.

«Ella os da las gracias por vuestro compromiso misionero, por la labor de formación amplia en las familias cristianas, por la promoción de las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada».

Al mismo tiempo les agradece « vuestra disponibilidad para acoger las indicaciones operativas, no sólo del Sucesor de Pedro, sino también de los obispos de las diversas iglesias locales que, junto al Papa, son custodios de la verdad y de la caridad en la unidad».

«Confío en vuestra inmediata obediencia», concluye. « Los movimientos deben afrontar todos los problemas con sentimientos de comunión profunda, en espíritu de adhesión a los pastores legítimos».