Comencé a pintar un cuadro, mi cuadro. Lleno de alegrías y sonrisas, de vidas soñadas y cuentos de hadas. Llegué a meterme en ese cuadro de los dos; en el que solamente tu presencia era capaz de pintar un mundo de color; pero un día de esos que llamamos malos, un día que amaneció gris, tiraste mi cuadro al sueño, y dolorido y rasguñado lo volví a colocar en su atril y seguí pintándolo.

Esta vez no pintaba mi vida, ni siquiera mis sueños, que se fueron con la primera paliza que me diste; esta vez intentaba maquillar esa parte dolorida de mi cuadro detrás de una de las muchas sonrisas dibujadas en él. Así, repitiéndose la misma historia poco a poco  y cada vez mas rutinaria, mi cuadro inacabado fue cambiando de color; las sonrisas y alegrías, los sueños y cuentos de hadas pasaron a estar dibujados en un lienzo roto, dolorido y lleno de mentiras y falsedades, pero aun tenia color, aun ese cuadro seguía pareciendo alegre aunque sin embargo detrás de cada pincelada se escondía un moratón o una paliza dada. Mirándolo, me di cuenta de que todo era una farsa; y una lágrima tras otra fue cayendo poco a poco sobre mi cuadro de sonrisas dibujadas. Después de agotar mis lagrimas y de arrepentirme  de tantas cosas, lo miré de nuevo y ví que las lágrimas habían limpiado todas las mentiras pintadas.

    Ahora ante mi, se encontraba un viejo lienzo rasgado con un gran manchón dibujado. Y entonces, llorando, me di cuenta de que ese era el cuadro de mi vida, de una vida llena de promesas sin cumplir, de sueños imposibles y de sonrisas dibujadas en un rostro de dolor y sufrimiento, amoratado y dolorido con un corazón roto en pequeños pedazos demasiado tarde para intentarlo reconstruir; ya solo me quedaba esperar una vez mas que tu volvieras, porque con un solo golpe mi cuadro se rompería en pedazos. Y tú, como siempre, no me hiciste esperar; y en pocos segundos diste la pincelada final a mi cuadro dolorido. Cayó al suelo y se rompió en pedazos a la vez que ese manchón negro se tiñó de un rojo helado.