Tenemos el artículo en dos formatos diferentes: versión extendida y versión abreviada. Tenemos también la carta de una mujer que abortó. Te recomendamos la lectura de un libro. Un nuevo Milagro Pro-vida.

HERODES y JESÚS:

LA CULTURA DEL ABORTO CONTRA EL EVANGELIO DE LA VIDA

         Inmersos en la celebración del Nacimiento de un niño que llamamos Jesús y al que confesamos Hijo de Dios los cristianos; en estos días, cuando el corazón y la mirada de millones de creyentes la tenemos puesta en el acontecimiento  más definitivo y trascendental de la Historia de la Humanidad como es el Nacimiento del Hijo de Dios en la “plenitud de los tiempos, nacido de mujer” (Gal 4,4), hemos tenido acceso a los datos que aporta el Informe sobre la “Evolución del Aborto en España 1985-2005”, que ha presentado el Instituto de Política Familiar (IPF). Su lectura me he hecho evocar de forma reflexiva uno de los relatos más dramáticos acaecidos como consecuencia del Nacimiento del niño-Jesús. Se trata de la “maquinación” del Rey Herodes que tendrá como finalidad acabar con la vida del niño recién nacido, para lo cual se servirá de la mentira, las falsas insinuaciones, y al final, de sus reales intenciones homicidas: “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo” (Mt 2,16).

     El documento citado, señala que, en los últimos años, el número de mujeres que decide poner fin a un embarazo no ha dejado de aumentar. Su publicación coincide con el vigésimo aniversario de la aprobación en España de la ley del aborto, que tuvo lugar el 5 de julio de 1985. La lectura de dicho documento no puede dejar indiferente a nadie con una mínima sensibilidad humana: el aborto se ha cobrado un millón de vidas en España desde 1985: uno de cada seis embarazos termina en aborto, es decir, el 15,4% , lo que significa que  cada seis segundos se produce un aborto (para que nos hagamos  una idea, la cifra que se registró en 2003 equivale a la población total de ciudades como Soria y Teruel) , una cifra que puede parecer inverosímil, pero en nuestro país se practican 230 abortos voluntarios al día: Las cifras han ido creciendo de año en año. En 1987 se practicaron 17.180 abortos en España; en 1999, 58.399; en 2003, se alcanzaron los 80.000, y en 2004   se ha llegado hasta los 84.000 abortos practicados. El aborto es hoy en día  la principal causa de muerte en nuestro país, muy por encima del cáncer (53.209), de las enfermedades ligadas al corazón (33.791) y la carretera (6.100).

 El estudio del Instituto de Política Familiar (IPF) destaca también, entre otras cosas, la reducción de la edad media a la que la mujeres abortan. Si a principios de los 90 la mayoría de mujeres que abortaban superaban los 26 años, en 2003 son menores de 24 las que más recurren a esta práctica. Además, el IPF llama la atención, sobre todo, de los abortos en adolescentes, ya que en la actualidad uno de cada siete abortos se produce en niñas de 19 años. Los datos que aporta este estudio son tan abrumadores, que el mismo presidente del IPF, Eduardo Hertfelder, ha tenido que reconocer que  “la situación actual revela el fracaso evidente de   las Administraciones Públicas en materia de prevención para evitar embarazos no deseados, pues a pesar de la gran cantidad de medios económicos que han destinado a las campañas para fomentar las relaciones sexuales seguras, no han conseguido reducir el número de abortos”.

 Con estos datos en la mano sabemos que el aborto se ha convertido en un auténtico negocio en España. Alrededor de 78.000 mujeres decidieron terminar con la vida de sus hijos en 2002. En España, el precio o recompensa promedio por matar a un niño es de 450 euros, habitualmente abonados por sus familias o por el Estado. La cifra de negocio total se eleva a más de cuarenta millones de euros (seis mil millones de pesetas) en clínicas abortistas. Un aborto practicado en un centro privado suele costar entre 400 a 3.000 euros, en función de lo avanzado que esté el proceso de gestación del feto. Las intervenciones suelen durar media hora. Un negocio que crece cada año. El número de abortos y de clínicas dedicadas a terminar con vida humanas han experimentado un crecimiento espectacular. En 1993 había 95 centros de aborto, mientras que en 2002 la cifra  se incrementó en un 30,5% situando la cifra actual en 124 clínicas, de las cuales 86 son privadas. Uno de los métodos abortistas más populares, para impedir que el bebé aún siga vivo al extraerlo, es la inyección salina: este procedimiento consiste en inyectar una sustancia tóxica en el vientre de la madre con una jeringuilla. Esta sustancia, normalmente un concentrado de salino, envenena al niño que hay en su interior, quemándole la piel y los órganos internos (¡un auténtico e infernal holocausto uterino!) . Normalmente la intervención se realiza de la manera más barata, de tal manera que los beneficios de la clínica se incrementen. Como consecuencia, el bebé sufre terribles dolores al morir quemado por una   sustancia química o despedazado con una legra: si tuviese aire en los pulmones, aullaría. Es exactamente la misma lógica que aplicaban los nazis en sus campos de la muerte: exterminio al menor precio posible, con total desprecio por la dignidad y el sufrimiento humanos.

 También la Iglesia ha estado celebrando en la primera quincena de diciembre el cuarenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II (8 de diciembre de 1965) y con este motivo se han escrito diversos ensayos valorativos de lo que supuso este magno acontecimiento para la vida de la Iglesia y de la humanidad. En la Constitución  Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes), la Iglesia se dirige a todos los hombres poniendo a su disposición la gracia que recibe de Cristo para salvar a la persona humana y edificar la humana sociedad. La Iglesia, sin sentirse movida por ambiciones terrenas, sino solamente por el deseo de servir, dando testimonio de la Verdad, examinará al hombre integral, en la plenitud de su naturaleza y de su vocación: su ser personal, su dignidad de criatura de Dios, su vocación  a la libertad, a la comunión; su ser social, su vocación al bien común y a ser protagonista en la sociedad en la que vive, etc.

 El Concilio quiso abordar algunos “problemas emergentes” que ya se planteaban con toda su crudeza en la década de los ´60, nos estamos refiriendo a la realidad del aborto. ¿Qué dicen los Padres conciliares en relación con este tema?. En el nº 51 de esta Constitución se aborda esta cuestión: se reconocen las nuevas situaciones y dificultades que hoy se encuentran los esposos, e incluso son conscientes de que “hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas (...) Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables”. Esta es la postura de la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, así lo reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica al decir que “desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un remedio, es gravemente contrario con la ley moral”, y más adelante sostiene que “la cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. ´Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae`(CIC can. 1398), es decir, ´de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC cano. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad” (nº 2272).

 El Papa Juan Pablo II comentando este texto conciliar (GS, nº 51) decía con la claridad con la que hablaba y exponía su pensamiento, lo siguiente: “La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis de sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del profeta: ´¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad`(Is 5,20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de ´interrupción del embarazo`, que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento. La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio” (cf. Evangelium vitae, 58).

 Con claridad se expresan también nuestros Obispos cuando afirman que “el aborto provocado es un acto intrínsecamente malo que viola gravemente la dignidad de un ser humano inocente, quitándole la vida. Asimismo hiere gravemente la dignidad de quienes lo cometen, dejando profundos traumas psicológicos y morales. Ninguna circunstancia, por dramática que sea, puede justificarlo. No se soluciona una situación difícil con la comisión de un crimen. Hemos de reaccionar frente a la propaganda que nos presenta el aborto engañosamente como una intervención quirúrgica o farmacológica más, higiénica y segura; o como una mera ´interrupción`de un embarazo no deseado, cuya ejecución legal consistiría una ´conquista` de libertad que permitiría el ejercicio de un supuesto derecho de autodeterminación por parte de la mujer. Estas falsas argumentaciones nunca podrán ocultar la cruda realidad del aborto procurado que, aun siendo higiénico y legal, constituye siempre un detestable acto de violencia que elimina la vida de un ser humano. La Iglesia, como experimentada pedagoga, ante este crimen, maquillado como un supuesto logro moderno y oculto bajo eufemismos y en ámbitos privados, alerta acerca de su gravedad determinando la excomunión para todos aquellos que colaboren como cómplices necesarios en su realización” (cf. CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, nº 111).

 Parece evidente que el derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituya un elemento constitutivo de la sociedad civil y su legislación. Sin embargo cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismos de un Estado de derecho.

 Jesús y Herodes “representan” dos formas de existencia delante de Dios y de comportamiento en relación con los hombres. Jesús es el Hijo de Dios nacido del seno virginal de María como niño para asumir toda la condición humana, también la de los “no nacidos”. En el misterio del Verbo encarnado (sólo en él) , nos ha recordado el Vaticano II, “se esclarece el misterio del hombre. Cristo el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (...) En Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. (...)Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (GS, nº 22). Jesús ha “venido al mundo para que los hombres tengamos vida, y la tengamos en  abundancia”. La vida en plenitud que Él nos ofrece es un regalo que se acrecienta cuando nosotros estamos dispuestos a ofrecerla y entregarla por amor a los hermanos. Esa es la paradoja que cuando damos la vida, la encontramos, que cuando nos ofrecemos a los demás nos encontramos y cuando más nos entregamos a los otros más nos  reconocemos a nosotros mismos. Ya lo decía un dicho de la antigüedad: “da la vida y recibe la Vida”.

 Herodes, el Herodes de torno, el de ayer (Faraón, Antioco, Nerón, Hitler), el de hoy (estados totalitarios que vulneran el derecho sagrado de la vida y de la dignidad de las personas; políticas antinatalistas y programas en pro y a favor del aborto) y el de siempre, representa el lado más oscuro de la humanidad, al servicio del “misterio de Iniquidad”, representado en el libro del Apocalipsis por “el gran dragón” que amenaza con devorar  al hijo de una Mujer que “está encinta y grita con los dolores de parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12,2). En cada generación se reproduce este “combate  histórico y escatológico” a la vez, en que  muerte y vida se enfrentan en un prodigioso duelo. En el tiempo de Jesús, Herodes fue el autor de la matanza de los niños inocentes de Belén, hoy, en nuestros días,  “Herodes” tiene muchas personificaciones. En el tiempo de Jesús, Él fue la encarnación misma del Hijo de Dios, en nuestros días, esta encarnación se prolonga en su Iglesia que es su Cuerpo y por tanto en cada uno de nosotros los cristianos. Este es el dilema que se nos plantea: yo: ¿de parte de quien estoy? ¿de Jesús o de Herodes?, ¿qué cultura estoy favoreciendo a construir: la cultura de la vida o la cultura de la muerte?.

 Esta Navidad tendré presente a los 84.000 niños que tendrían que haber nacido el año pasado y a los que se les negó su derecho  a la vida. Estoy seguro que desde el Cielo intercederán con su inocencia para que los seres humanos nos abramos a la Vida con mayúsculas.

                                     Juanjo Calles (Presbítero)

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VERSIÓN ABREVIADA

HERODES y JESÚS:

LA CULTURA DEL ABORTO CONTRA EL EVANGELIO DE LA VIDA

         Inmersos en la celebración del Nacimiento de un niño que llamamos Jesús y al que confesamos Hijo de Dios los cristianos; en estos días, cuando el corazón y la mirada de millones de creyentes la tenemos puesta en el acontecimiento  más definitivo y trascendental de la Historia de la Humanidad como es el Nacimiento del Hijo de Dios en la “plenitud de los tiempos, nacido de mujer” (Gal 4,4), hemos tenido acceso a los datos que aporta el Informe sobre la “Evolución del Aborto en España 1985-2005”, que ha presentado el Instituto de Política Familiar (IPF). Su lectura me he hecho evocar de forma reflexiva uno de los relatos más dramáticos acaecidos como consecuencia del Nacimiento del niño-Jesús. Se trata de la “maquinación” del Rey Herodes que tendrá como finalidad acabar con la vida del niño recién nacido, para lo cual se servirá de la mentira, las falsas insinuaciones, y al final, de sus reales intenciones homicidas: “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo” (Mt 2,16).

     El documento citado, señala que, en los últimos años, el número de mujeres que decide poner fin a un embarazo no ha dejado de aumentar. Su publicación coincide con el vigésimo aniversario de la aprobación en España de la ley del aborto, que tuvo lugar el 5 de julio de 1985. La lectura de dicho documento no puede dejar indiferente a nadie con una mínima sensibilidad humana: el aborto se ha cobrado un millón de vidas en España desde 1985: uno de cada seis embarazos termina en aborto, es decir, el 15,4% , lo que significa que  cada seis segundos se produce un aborto (para que nos hagamos  una idea, la cifra que se registró en 2003 equivale a la población total de ciudades como Soria y Teruel) , una cifra que puede parecer inverosímil, pero en nuestro país se practican 230 abortos voluntarios al día: Las cifras han ido creciendo de año en año. En 1987 se practicaron 17.180 abortos en España; en 1999, 58.399; en 2003, se alcanzaron los 80.000, y en 2004   se ha llegado hasta los 84.000 abortos practicados. El aborto es hoy en día  la principal causa de muerte en nuestro país, muy por encima del cáncer (53.209), de las enfermedades ligadas al corazón (33.791) y la carretera (6.100).

 El estudio del Instituto de Política Familiar (IPF) destaca también, entre otras cosas, la reducción de la edad media a la que la mujeres abortan. Si a principios de los 90 la mayoría de mujeres que abortaban superaban los 26 años, en 2003 son menores de 24 las que más recurren a esta práctica. Además, el IPF llama la atención, sobre todo, de los abortos en adolescentes, ya que en la actualidad uno de cada siete abortos se produce en niñas de 19 años. Los datos que aporta este estudio son tan abrumadores, que el mismo presidente del IPF, Eduardo Hertfelder, ha tenido que reconocer que  “la situación actual revela el fracaso evidente de   las Administraciones Públicas en materia de prevención para evitar embarazos no deseados, pues a pesar de la gran cantidad de medios económicos que han destinado a las campañas para fomentar las relaciones sexuales seguras, no han conseguido reducir el número de abortos”.

 También la Iglesia ha estado celebrando en la primera quincena de diciembre el cuarenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II (8 de diciembre de 1965) y con este motivo se han escrito diversos ensayos valorativos de lo que supuso este magno acontecimiento para la vida de la Iglesia y de la humanidad. En la Constitución  Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes), la Iglesia se dirige a todos los hombres poniendo a su disposición la gracia que recibe de Cristo para salvar a la persona humana y edificar la humana sociedad. La Iglesia, sin sentirse movida por ambiciones terrenas, sino solamente por el deseo de servir, dando testimonio de la Verdad, examinará al hombre integral, en la plenitud de su naturaleza y de su vocación: su ser personal, su dignidad de criatura de Dios, su vocación  a la libertad, a la comunión; su ser social, su vocación al bien común y a ser protagonista en la sociedad en la que vive, etc.

 El Concilio quiso abordar algunos “problemas emergentes” que ya se planteaban con toda su crudeza en la década de los ´60, nos estamos refiriendo a la realidad del aborto. ¿Qué dicen los Padres conciliares en relación con este tema?. En el nº 51 de esta Constitución se aborda esta cuestión: se reconocen las nuevas situaciones y dificultades que hoy se encuentran los esposos, e incluso son conscientes de que “hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas (...) Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables”. Esta es la postura de la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, así lo reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica al decir que “desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un remedio, es gravemente contrario con la ley moral”, y más adelante sostiene que “la cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. ´Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae`(CIC can. 1398), es decir, ´de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC cano. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad” (nº 2272).

 Parece evidente que el derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituya un elemento constitutivo de la sociedad civil y su legislación. Sin embargo cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismos de un Estado de derecho.

 Jesús y Herodes “representan” dos formas de existencia delante de Dios y de comportamiento en relación con los hombres. Jesús es el Hijo de Dios nacido del seno virginal de María como niño para asumir toda la condición humana, también la de los “no nacidos”. En el misterio del Verbo encarnado (sólo en él) , nos ha recordado el Vaticano II, “se esclarece el misterio del hombre. Cristo el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (...) En Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. (...)Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (GS, nº 22). Jesús ha “venido al mundo para que los hombres tengamos vida, y la tengamos en  abundancia”. La vida en plenitud que Él nos ofrece es un regalo que se acrecienta cuando nosotros estamos dispuestos a ofrecerla y entregarla por amor a los hermanos. Esa es la paradoja que cuando damos la vida, la encontramos, que cuando nos ofrecemos a los demás nos encontramos y cuando más nos entregamos a los otros más nos  reconocemos a nosotros mismos. Ya lo decía un dicho de la antigüedad: “da la vida y recibe la Vida”.

 Herodes, el Herodes de torno, el de ayer (Faraón, Antioco, Nerón, Hitler), el de hoy (estados totalitarios que vulneran el derecho sagrado de la vida y de la dignidad de las personas; políticas antinatalistas y programas en pro y a favor del aborto) y el de siempre, representa el lado más oscuro de la humanidad, al servicio del “misterio de Iniquidad”, representado en el libro del Apocalipsis por “el gran dragón” que amenaza con devorar  al hijo de una Mujer que “está encinta y grita con los dolores de parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12,2). En cada generación se reproduce este “combate  histórico y escatológico” a la vez, en que  muerte y vida se enfrentan en un prodigioso duelo. En el tiempo de Jesús, Herodes fue el autor de la matanza de los niños inocentes de Belén, hoy, en nuestros días,  “Herodes” tiene muchas personificaciones. En el tiempo de Jesús, Él fue la encarnación misma del Hijo de Dios, en nuestros días, esta encarnación se prolonga en su Iglesia que es su Cuerpo y por tanto en cada uno de nosotros los cristianos. Este es el dilema que se nos plantea: yo: ¿de parte de quien estoy? ¿de Jesús o de Herodes?, ¿qué cultura estoy favoreciendo a construir: la cultura de la vida o la cultura de la muerte?.

 Esta Navidad tendré presente a los 84.000 niños que tendrían que haber nacido el año pasado y a los que se les negó su derecho  a la vida. Estoy seguro que desde el Cielo intercederán con su inocencia para que los seres humanos nos abramos a la Vida con mayúsculas.

                                     Juanjo Calles (Presbítero)

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Conmovedora carta de una mujer que abortó

LIMA, 6 Ene. 01 (ACI).- Una mujer que sufre las terribles consecuencias de haber abortado decidió contar su experiencia a la organización "Provida" de España, a la vez que solicitó que la misiva fuera difundida por la página web de la entidad, para así servir de advertencia para otras mujeres.

La carta, difundida por la pagina en red de Provida (www.ctv.es/USERS/provida), que posee un servicio de asistencia a distancia, está escrita por una mujer que desde Navidad viene siendo asistida por la organización a través del correo electrónico.

En ella, la autora describe así su desgarradora experiencia:

"Veréis, son las siete menos cuarto de la mañana del 25 de diciembre del 2000, otra noche más en blanco. Hace cuatro días, a pesar de todo, dormía, aunque mal mejor. Ahora el sueño es una utopía. Tengo 31 años y he matado deliberadamente a mi hijo".

La anónima autora relata que cuando supo que estaba embarazada decidió no contárselo a nadie, ni siquiera a su novio, con quien estaba pasando un tiempo en Estados Unidos. "Pasé un mes y medio de angustia controlada, fingiendo que todo iba bien, pero estaba embarazada y angustiada. Todas mis preguntas eran, ¿Qué voy a hacer? ¿engordaré? ¿se me notará? ¿que voy a hacer yo con un niño?", explica.

"Absurda, completamente absurda, egoísta, estúpida, calculadora y fría como un témpano. Volví a España tan pronto como pude, calculando el tiempo que tenía para llevar a cabo mis planes: librarme de aquello que me incordiaba", sigue la mujer con su relato.

Al día siguiente de su llegada, la mujer se dirigió a la clínica acompañada de una amiga, con quien hablaba "de todo, contándole que yo no quería ni muerta llevar a cabo aquel embarazo, que era una pesadilla, e intercalando temas triviales, como si estuviera a punto de ir al dentista. !Dios santo! que imbécil soy. Ahora, cada minuto pienso en mi niño, pienso que soy egoísta, fría, criminal... no puedo dejar de pensar en ello".

La autora de la desgarradora carta señala que poco después del aborto se dio cuenta que hubiera podido salir adelante "como tantas y tantas mujeres".

"Ni siquiera se lo conté a mi novio, que me quiere, que me respeta… por miedo a que me dijera que adelante, que tuviera el niño... ¡que m…(interjección) soy!. Y ahora, quién me perdonará esto? Mi niño ya no está, yo estoy vacía, completamente vacía".

Con evidente dolor y una desesperanza que "Provida" ha venido sanando a través de un diálogo vía correo electrónico, la autora de la carta señala que "quiero que Dios me perdone, pero creo, que lo que he hecho es tan duro, tan cruel, tan bestial, que ni siquiera Dios puede perdonarme. Ni mi niño, que no ha tenido la oportunidad de ver el sol, ni el mar, ni de respirar... de nada".

"He sido su juez y le he condenado a muerte sólo por el hecho de ser, de estar dentro de mi, ¡¡¡pobrecito mío!!!! mi niño, por el que ahora estoy llorando, y del que no tenía conciencia antes", agrega la angustiada misiva. "Ahora le pido perdón, con todo el dolor de mi alma y me sigo sintiendo mal, cada vez peor. No sé por que no salí adelante, con mi tripita, tan contenta".

"Ahora le pongo carita, lo veo en cualquier sitio, el pobre, mi niño, estaba ahí, sin hacer nada, tan solo estando, sin saber nada, sin pedir nada, estaba por que sí, pero estaba, ahora ya no está, no se donde está, no se lo que siente... sólo quiero que este bien, a salvo de mí", agrega la conmovedora carta.

Reflexionando sobre su situación, la mujer agrega: "no creo que esté neurótica, sólo pienso que he liquidado textualmente a mi propio hijo y me siento sola, vacía e insensible. Incluso pienso que no sé si alguna vez sabré ser madre. Necesitaré ayuda por muchos años, y creo que no lo olvidaré jamás".

La terrible autocensura, que el personal de "Provida" ha venido combatiendo en la autora de la misiva, se expresa en nuevas preguntas: "¿Por qué no me hice cargo? ¿por qué no le dejé vivir? ¿por qué he sido tan calculadora?... ¿Sólo hay un ‘por qué’ con respuesta: ¿por qué me siento tan mal? Es sencillo, porque lo he matado, sin pensarlo apenas, sin el más mínimo remordimiento inicial, pero ahora me gustaría tenerlo dentro de mí, creciendo, esperando su momento para llegar al mundo, y esperar el momento de tenerlo entre mis brazos, de besar esa piel tan suave que tienen los bebés, de decirle que es mi hijo y que le quiero, que le cuidare ¡ya no puedo! mi niño o mi niña no está, lo maté, y yo sigo caminando, y el mundo se sigue moviendo sin el, sin ella, y yo ya no soy la misma, ahora no me quiero, me desprecio profundamente, ahora cuando ya no tiene solución me arrepiento... ya ves que estúpida, que inútil, ahora lo quiero sentir, como antes".

La carta concluye con una terrible nota de desesperanza: "Pero ya, no puede ser... espero mi niño, que algún día me puedas perdonar… yo no me lo perdonaré mientras viva".

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"Yo sobreviví a un aborto"


(Cuatro Historias de mujeres que vivieron para contarlo)
Alejandro Bermúdez
Editorial Planeta - Colección Testimonio

 

Sinopsis: Es la primera vez que un protagonista directo del aborto puede hablar. En este caso no es sólo uno, sino cuatro. Son cuatro mujeres norteamericanas que sobrevivieron milagrosamente tras efectuarles un aborto. Se llaman Gianna Jessen, Sarah Smith, Audrey Frank y Bridget Hooker. Sus testimonios no poseen la más mínima nota de resentimiento, amargura o prejuicio contra nadie. Son más bien un alegato en favor del perdón, la reconciliación, la perseverancia y la alegría de vivir. En cada uno de los relatos, como en los diversos matices del arco iris, brillan características diversas que hacen de estas historias verdaderas epopeyas domésticas. Todas ellas, como un único haz de luz, irradian un profundo amor a la vida. Su lectura no le dejará indiferente.

Lea extractos de los capítulos:

Introducción

La Historia de Gianna Jessen

El Testimonio de Sarah Smith

Habla la "decana": Audrey Frank

La Historia de Bridget Hooker

Dónde comprar el libro

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Nuevo Milagro Pro-Vida

Imagen captada por Michael Clancy en el preciso momento en que el bebé Samuel Armas -de sólo 21 semanas de gestación- sostiene el dedo del médico Joseph Bruner desde el interior del útero de su madre. Fotografía captada durante una intervención fetal por espina bífida realizada en la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EE.UU.) en agosto de 1999.

Conozca la historia de la familia Armas

La foto de Samuel recién nacido puede ser vista AQUÍ

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