El drama narcisista y el celibato.

La verdad detrás de la mascara.[1]

 

            El narcisismo es una situación contradictoria y dramática, el drama de no dejarse amar. El narcisista, en efecto, duda intensamente que sea digno de ser amado, y eso lo impulsa a cerrarse al amor de antes y de ahora, llevándolo a situar fuera el punto de referencia de su identidad, en la imagen que da ante los demás y en los resultados y éxitos que consigue. Así se explica su necesidad de llamar la atención, de sorprender, de ser aplaudido; lo que realmente cuenta para él es la imagen, la apariencia, la exterioridad…Y de lo que se enamora es de esta imagen, no de su yo real, que es débil y pobre, casi nulo y desde luego negativo, ni amable ni amado, incapaz de ampliar sus confines. El destino de Narciso es ahogarse en su propia imagen, seducido por un amor ficticio hacia si mismo.

           

            Para evitar equívocos, digamos que nadie estamos libres de cierta dosis de narcisismo, a veces bien arraigada. Por eso el narcisismo es una de las causas que en este momento desfiguran el celibato y la opción por él. Narciso, cura, (fraile o monja) que trata de mirarse en todo lo que hace, siempre pendiente del grado de aceptación ante los demás y ante si mismo, muy sensible a las muestras más pequeñas de aprecio o de rechazo. Desde fuera se le podría llamar soberbio o vanidoso, pero lo que pasa en realidad es lo contrario porque, en el fondo, su autoestima está bajo mínimos.

           

            “Narciso” es todo aquel que no se conforma con el amor que ha recibido; no es tanto quien no haya sido amado, sino el que valora muy poco y casi desprecia el afecto que le han dado, porque es imperfecto y se lo han dado personas imperfectas. Está convencido que se ha hecho a si mismo. Y no necesariamente por presumir, sino porque es incapaz de ver la totalidad de su vida como un bien, en cualquier caso recibido. La iglesia o la comunidad parroquial, o la institución religiosa son para él más madrastras que madres; dice que ni el obispo ni los superiores le tienen la consideración que se merece, que la parroquia o el trabajo que le han encomendado se le queda demasiado pequeño; cree que su imagen no es la que corresponde. El celibato es una parte más de la imagen, y sufre por ello, aunque le falte el valor para decírselo a si mismo.

 

            Ante esta situación, el narcisista reacciona en primer lugar con el celibato heroico, un celibato vivido con esfuerzo, a base de voluntad y convicción, un celibato voluntarista y cerebral, con poco amor y poca aceptación, pero con la convicción de que es un gesto noble, un adorno para lucir con más o menos dignidad. En líneas generales “Don Narciso” es fiel en la observancia, una observancia enojosa ciertamente, como la del hermano mayor en la parábola del hijo pródigo, muy puntual y muy cumplidor, eso sí, pero tan triste y tan serio que no alcanza a percibir la belleza en la casa del Padre. Todo es imagen y exterioridad; cumple “todo” lo que se le manda, pero “no ama lo que hace”, ni ama a su Padre, menos todavía a su hermano. El hermano mayor “quiere lo que Dios quiere”, pero “no ama lo que Dios ama”, de tal forma que no tiene, en realidad, ninguna razón para hacer fiesta.    

            El celibato del narcisista es, pues, el clásico celibato técnico, desprovisto casi por completo de alma y de calor, todo, menos la apariencia, es pura imagen sin pasión alguna por Cristo, el vacío o la confusión de un corazón, cuyo interior es como un bazar, donde hay de todo, incluso donde está también Cristo, pero mezclado con una multitud de pensamientos y compensaciones de todo tipo. Este es “Don Narciso”, que corre el riesgo de convertirse en consumidor oculto – aunque se trate de deseos inconscientes- de amores a medias, si es que no llega poco a poco a venderse en el mercado de los amores prohibidos, venderse a quien le ofrezca algo de atención y afecto. Narciso, que se enamora de su imagen, que no cesa de contemplarse extasiado, que se niega a abandonar ese lugar, y que acaba ahogándose al intentar abrazar esa imagen seductora y traicionera. Prescinde de los demás, tratando de evitar la confrontación con ellos y el riesgo del fracaso, cosa insoportable para él.[2] No confía en los demás, pero los necesita; no lo admite porque se avergüenza de necesitarlos. 

 

            No es raro que “D. Narciso” pase a ser “D. Juan”, o que tenga algunos de sus rasgos, esto es, que sea un sutil seductor y un hábil manipulador con artimañas veladas o engañosas que ni él mismo percibe. Sucede, pues, con frecuencia que la persona virgen, que es narcisista, entabla a veces relaciones con mujeres a las que les envía con bastante descaro – aunque no siempre con malicia – mensajes ambiguos, que necesariamente afectan la sensibilidad femenina, y luego las deja plantadas como si nada hubiera pasado, vanagloriándose de su gran atractivo e incluso maravillándose – entre la sorpresa y la ficción imbécil- de que alguna se desespere o entre en crisis por su culpa. No hay que exagerar, pero es claro que estamos frente a una crueldad sutil, frente a un drama que a menudo tiene aspectos de los que el individuo no es responsable de inmediato. El problema es más psicológico que moral. De esta forma la llamada del célibe a la auto trascendencia del amor a Cristo será en él narcisista (que todos llevamos dentro), esclavitud, repliegue sobre si mismo y retirada a, los propios amores siempre pequeñísimos si se comparan con “la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor a Cristo, que sobrepasa todo conocimiento y colma a quien se consagra por completo a ese amor con la plenitud de Dios.”

 

 

 

 

 

 

 

Es solo cuestión de tiempo; el narcisista debutará muy pronto como experto en los procesos de compensación, por ejemplo:

- abuso de la comida y del alcohol

- acumulación de dinero y objetos

- ostentación de superioridad y autosuficiencia

- protagonismo y búsqueda del propio éxito

- brusquedad en el trato

- racionalismo exasperado y exasperante

- descuido general o, por e contrario, afectación excesiva en el vestir

- poco cuidado en la decoración de los ambientes

- falta de creatividad apostólica

- ausencia de gusto estético

- mediocridad como norma de vida

- malhumor y nerviosismo constantes

- sutil falsedad existencial.

 

El problema no se resuelve sin más con un acto de conocimiento, sino con una experiencia más completa de contacto con la raíz del yo, una especie de “descenso a los infiernos” de la propia personalidad, donde surgen pasiones y deseos, a veces inconfesables, para captar el mapa general del yo. Para que el sujeto descienda en lo más profundo de su persona, adonde en la medida que avanza disminuye la luz, y las sombras invitan a no entrar, es necesario que “alguien” lo acompañe: “Alguien” que conozca el camino, que pueda hacer luz, es decir, que pueda manifestar la verdad. Se alcanza a descubrir que la mascara narcisista no es la única (ojalá lo fuera) y encontramos otras máscaras, ocultas, que se extienden  debajo de la piel, cada una con su nivel de peligrosidad y su malicioso ingenio que por colocarse en la esfera del subconsciente no siempre son perceptibles. 

 

            La máscara del orgulloso; de “quien se hace discípulo de sí mismo, y  se convierte  así en el discípulo de un necio”. Del que no escucha la voz de alguien más; no sea que otro le diga lo que hay que hacer (alguien distinto que él mismo). Es el caso del “discípulo” que, de manera muy sutil, se cree más que su Maestro y se atreve a buscar una manera de evadir la cruz  presumiendo cuando encuentra caminos más “razonables”; solo dará “culto” a Dios, pero nunca “amará” a Dios. La cruz para él es solo madera y no un “tesoro escondido”; no es una “ocasión” para amar, es algo que hay que evitar. De nuevo estamos frente a lugares oscuros del yo, que ni el mismo sujeto percibe; no alcanza a ver lo que su orgullo ha ocultado

 

La máscara del hipócrita, del que intentada hábilmente adornar un “no” de tal forma que parezca un “si”; del que dice “si” pero no dice “cuando”; quizá no lo ha pronunciado con los labios, pero su corazón (en lo oculto que solo él conoce) ha dicho: “si te quiero Señor… pero tu en mi cama no entras.” ¿Puede acaso alguien que tiene una cicatriz profunda en su cuerpo esconderla, por mucho tiempo, a quienes lo conocen íntimamente, como su esposa, su padre, etc.? En realidad no existe un manto, un adorno o vestido que pueda esconder mis secretos a los ojos de quien me ama. El hipócrita piensa engañar a Dios, (esconderle su cicatrices y su poco amor), pero lo único que alcanza es engañarse a si mismo.

 

            La mascara del independiente, de quien descubre demasiado tarde que el precio de la independencia es la “soledad”, ya que el problema del infierno no es si esto sea “frío” o “caliente” sino en que es un lugar adonde Dios no habita. El independiente está dispuesto a pagar cualquier precio para autoproclamarse rey, de tal forma que escoge y crea un mundo en donde Dios viene “exiliado”, obligado a ceder su reinado a otro.  El hombre llega a ser soberano de un mundo absurdo, sin Dios, sin luz,  un “rey” que escogió no servir y no ser servido, cuyo destino es la soledad. La independencia, detrás de su mascara, es una de las llaves que silenciosamente abre “puertas infernales”; es la chispa que enciende una llama solitaria, fría, que intenta arder pero no alcanza a brillar, en un mundo absurdo en donde no hay nada más, condenada (porque quiso) a subsistir y no apagarse nutriéndose de si misma (de falsa autosuficiencia) y así quedará para siempre.

 

            La máscara de Judas, del que no se levanta del pecado adonde ha caído solo porque para “levantarse”, necesariamente, tiene primero que “arrodillarse”. Ve puras sombras frente de sí porque le ha dado las espaldas al sol, y en esta oscuridad insoportable, busca una manera de terminar su vida, sólo porque esta le recuerda cada instante que él no ama a nadie y aunque haya Alguien que si le ama a él, esto….Judas…ya no te importa.

 

            Todas las demás máscaras, que yo mismo he forjado, pero no me acuerdo cuando y como, que ni yo alcanzo a ver, pero se que allí están; ellas son la única explicación de mis actitudes mediocres, ingratas e indiferentes con las que respondo al océano de la misericordia de Dios.   

 

            Aún así la verdad detrás de las máscaras sigue siendo integra, esplendente: allí es donde brilla la imagen de Cristo.

 GREGORIO DE NISA ØEl cielo no es imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni los astros, ni nada de cuanto hay en la creación. Sólo tu eres semejante a la belleza incorruptible, el sello de la divinidad verdadera, el lugar de la bienaventuranza, la huella de la luz verdadera, reflejo del esplendor eterno, creado a imagen de Dios”.[3]

 

            Mirada parcial y mirada total.

 

Las raíces del ojo – dice Guardini en la línea de S. Agustín – están en el corazón, en su actitud más honda ante los demás, que atraviesa el centro personal del hombre. Puede decirse que no es ciego quien no ama, sino quien no sabe amar, porque en realidad nada se conoce si no se ama. Existen distintos tipos de miradas:

 

            La mirada erótica, mirada parcial que solo ve las “porciones interesantes” del otro o de la otra, y se entretiene con él o “lo rompe en mil pedazos” (en la mente, en el sueño, da lo mismo) como si fuera un objeto.

             La mirada superficial, que solo se fija en las apariencias, y por ellas juzga y condena, rechaza o acepta.

            La mirada consumista, que atrapa y “roba” al otro o a la otra exclusivamente aquello que puede satisfacer su curiosidad, o llenar el vacío que hay en él/ella, y lo consume y quema instantáneamente, para dirigirse en seguida a otro sitio.

            La mirada adúltera, de quien sueña y consuma, en lo más intimo de su corazón, amores prohibidos y fraudulentos, y se cree que es fiel solo porque su adulterio es oculto y nadie lo sabe.

            La mirada narcisista, típica de quien quiere verse reflejado en el otro, y por tanto solo se ve a si mismo; finge querer e incluso enamorarse, pero en realidad no es capaz de amar a nadie, ni siquiera a si mismo.

            La mirada redentora de Cristo, que supo ver la bondad por encima del pecado; es el caso de la adúltera, a la que no condena, sino que la pone ante si misma, amándola como nadie la había amado, y pidiéndole que amara como nunca había amado a nadie.

 

“La virginidad es poner la mirada más allá de todas las cosas de este mundo”. Ser vírgenes por el Reino significa aprender a tener una mirada límpida y penetrante; el puro es transparente, no esconde nada, el impuro esconde algo. Como el agua de un arroyo tan limpia que permite que se vea el fondo, el puro es el que deja ver que al fondo de su corazón está Dios; son puros sus labios, sus manos, su rostro, su corazón.

 

“El cuerpo del virgen (y del célibe) se convierte así en el libro adonde el mundo lee con claridad que solo Dios basta.”

             

 

              

 

 



[1] Cfr. Amedeo Cencini, “Por amor, con amor, en el amor”, ed. Sígueme, Salamanca 2001 pag. 607 a 709.

[2] El mito expresa la eterna tentación auto erótica del narcisista, que en el caso del consagrado puede dar lugar a debilidades sexuales específicas: . La masturbación, por ejemplo, tiene una clarísima raíz narcisista. La homosexualidad puede también ser signo de narcisismo, porque expresa la búsqueda de si mismo en el otro “igual a sí”. Lo que busca en el otro no es más que su mismo yo, aunque mejorado, o incluso más frecuentemente su yo fallido

[3] GREGORIO DE NISA, Homilía sobre el Cantar de los cantares 2,12 trad. Cast. Semillas de contemplación, Bac, Madrid 2001, pp. 37-38