Juan Pablo II: El Papa de los Jóvenes

Cuando el Cardenal Carol Wojtyla fue elegido Papa (16 de octubre de 1978) yo tenía 18 años recién cumplidos. Para siempre han quedado grabadas en mi memoria sus primeras palabras siendo ya el Papa Juan Pablo II: “No tengáis miedo” (Mt 28,10), “Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo”. En este su primer anuncio a toda la Iglesia Universal percibí el aliento y la fuerza del Pastor que abrazado a la Cruz nos invitada a todos a la confianza, a la apertura y a la acogida de Jesucristo Redentor de los hombres. Yo, formaba parte de la generación joven de finales de los ´70 y bajo su Pontificado he vivido la aventura hermosa de crecer en la fe, madurar como persona y descubrir con gozo la vocación al ministerio sacerdotal bajo la guía providente y sapiencial del Magisterio de Juan Pablo II.
A la hora de hacer “memoria agradecida” de su persona y de su Pontificado (1978-2005), no puedo menos de traer a la luz, a través de estas pobres líneas, los recuerdos imborrables ligados a las JORNADAS MUNDIALES DE LA JUVENTUD (JMJ) de las que Juan Pablo II fue inspirador, guía permanente y “alma” de una de las experiencias pastorales del postconcilio que más vitalidad y fecundidad han aportado a la vida de la Iglesia desde que estas se pusieran en marcha. El Magisterio de Juan Pablo II dirigido a los jóvenes en cada una de estas Jornadas (con sus 19 ediciones) conforman, sin lugar a dudas, un compendio de orientaciones, contenidos y sugerencias para la Pastoral vocacional y juvenil todavía por conocer, desarrollar y vivir. Las JMJ son y han sido la mejor “plataforma de pastoral vocacional” que la Iglesia Católica ha tenido y tiene para el encuentro en la comunión y para el despertar vocacional de los jóvenes en la Iglesia que ha vivido bajo la guía pastoral del Papa Juan Pablo II y que ha continuado su sucesor, el Papa Benedicto XVI, como pudimos constatar el verano pasado en Colonia (Alemania).
Mi primer encuentro con la figura y la palabra de Juan Pablo II tuvo lugar el año 1984. Con motivo del Jubileo de los jóvenes, último acto del Año Santo celebrado en Roma los días 11 al 15 de abril, nos dimos cita en la ciudad eterna unos 200.000 jóvenes. El lema de este Jubileo estaba tomado justamente de las palabras programáticas del inicio del Pontificado de Juan Pablo II: “Aperite portas Redemptoris”. La jubilosa procesión de jóvenes el Domingo de Ramos de aquel año, desde la Basílica de San Pablo Extramuros hasta la Plaza de San Pedro fue una manifestación de fe juvenil impresionante, y sin saberlo, estaba gestando en el corazón de nuestro Papa la iniciativa de la convocación de las JMJ a celebrar en su forma “binaria”: cada año en las diócesis (el Domingo de Ramos) y cada dos años en una Diócesis distinta de la Iglesia Universal. Al año siguiente se celebró la 1ª JMJ en Roma (1985) y allí acudí acompañado de jóvenes de nuestra Diócesis de Salamanca. Cada Jornada suponía la aventura de programar el viaje, preparar espiritualmente el itinerario de fe con los jóvenes, participar en el “baño de catolicidad” que suponía encontrarnos con jóvenes cristianos de diferentes nacionalidades, culturas y continentes. Y, en el horizonte, siempre la figura y la palabra del Buen Pastor encarnada por un Papa marcado por el “martirio” del atentado sufrido en su cuerpo el 13 de Mayo de 1981. Su palabra siempre encontró en el corazón de los jóvenes, acogida confiada y confirmación de la belleza y grandeza de la fe vivida, compartida y celebra en torno al Pastor Supremo de la Iglesia. Su figura y sus “gestos proféticos” en las grandes veladas, al caer de la tarde, bajo la luz de las velas encendidas son recuerdos que nos traen a la memoria la actitud orante del Papa, su “complicidad empática con el espíritu de los jóvenes” (desde la macro “ola” en la Vigilia de Tor Vergata en Roma, hasta sus “salidas espontáneas”: “El Papa también es joven”, “¡Gracias a Dios por el camino de las JMJ!” , “No tengáis miedo de caminar contracorriente!”, “¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos!”.
Tras la 1ª JMJ celebrada en Roma vinieron otras (Buenos Aires, Santiago de Compostela Czestochowa, Denver, Manila, París, Roma y Toronto). En todas ellas vivímos la misma experiencia de catolicidad de la Iglesia, de comunión entre los jóvenes, de descubrimiento gozoso de la vocación a la vida religiosa en todas sus formas, al ministerio sacerdotal, a la vida en matrimonio. El Papa Juan Pablo II fue un Papa que escuchó y amó a los jóvenes pero también las generaciones de jóvenes de los 70, 80, 90 y dos mil quisieron al Papa y lloraron su muerte como la de un padre, como la de un amigo que como dice la copla “algo se muere en el alma cuando se va”. Para ilustrar esta última afirmación que acabo de hacer, permitid que os cuente un relato vivo y real. Cuando el año pasado el Papa estaba agonizando y el “sensus fidei” hizo emerger una “ola inmensa” de peregrinos, más de tres millones de peregrinos confluyeron en Roma, , un joven amigo de una parroquia de Salamanca sintió que tenía que ir a despedirse del Papa y , sin pensarlo dos veces, cogió el tren, estuvo un día entero para llegar a la ciudad eterna y se puso a “la cola” de los que quisieron dar el ultimo adiós a Juan Pablo II. Al día siguiente regresó a Salamanca, sin apenas haber comido, macilento y cansado del viaje. Cuando le pregunté por qué había hecho esta “peregrinación”, me contestó: yo siempre me ha había sentido invitado por el Papa a participar de las JMJ, pero nunca me había decido a ir, y en este momento he sentido la necesidad de ir a despedirme personalmente de este Papa que ha creído y querido tanto a los jóvenes. Tenía una deuda personal con él. Todos los que hemos amado y querido a Juan Pablo II tendremos siempre una deuda de gratitud con este Papa anciano que caminó siempre con ritmo y corazón de joven.
Juan José Calles Garzón,
Sacerdote diocesano.

lunes 27 de marzo de 2006